La Primera República

 

Francisco de Asís López Avellaneda en revistadehistoria.es

La Primera República es uno de tantos capítulos de nuestra dilatada historia de guerras y enfrentamientos, culmen del llamado “sexenio revolucionario”, iniciado unos años antes, en 1868. Consta, en realidad, de dos tiempos muy nítidos, cada uno de ellos poco inferior a un año. El primero, la República propiamente dicha, entre el 11 de febrero y el 3 de enero de 1874, cuando el sablazo del capitán de Madrid acabe con semejante dislate parlamentario.

A partir de ese momento, comienza la segunda parte del susodicho periodo, siendo uno de los momentos más rocambolescos en toda la historia de España, que coincide con el año 1874, y que bajo la jefatura del general Serrano, duque de la Torre, en realidad se prolonga la República sin declaraciones expresas ni pro ni contra, siendo zanjado a fines de ese mismo año por el general Martínez Campos en Sagunto, con la entronización del monarca Alfonso XII.

Desgobierno y disputas internas

La primera experiencia republicana en España es sinónimo del desgobierno y de disputas internas que, lejos de resolver los problemas acuciantes que en aquel momento tenía el país, los multiplica y divide aún más a una nación extremadamente frágil en la faceta política tras un siglo marcado, en buena medida, por la pérdida de las colonias de ultramar en los primeros años del siglo XIX.

El rey Amadeo de Saboya, ante el desconcierto imperante, decide abandonar España y el 11 de febrero de 1873, Martos y Ruiz Zorrilla, ambos pertenecientes a la masonería, proclamaron la Primera República. Aniquilada la monarquía existente, la experiencia republicana ulterior resultó insostenible, primero, porque sus impulsores no fueron capaces de articular un sistema que diera cabida a todas las ideologías existentes, que respetara a todos y que, en suma, procurara el bien de todos; segundo, porque la nación emprendió un camino de desintegración que amenazaba la unidad forjada a finales del siglo XV por los Reyes Católicos; y, tercero,  porque la facilidad con que los opositores recurrieron a las armas para defender sus propios intereses y la contundencia empleada en los últimos meses de dicho periodo por los distintos gobiernos dieron al traste con una etapa que no caracterizó, lamentablemente, por ser modélica ni ejemplarizante.

Por tanto, nos encontramos con una República que en menos de un año tuvo una cifra nada desdeñable de cuatro presidentes. Fue el primero don Estanislao Figueras, que solía repetir con verismo: “Yo no mando ni en mi casa”, y que tuvo que enfrentarse con un desfonde total de la disciplina cívica y militar. Al morir su esposa, el presidente de la República pide una temporada de permiso y le sustituye interinamente don Francisco Pi y Margall, teórico del federalismo, quien finalmente se hace cargo de forma definitiva del poder en el mes de junio, cuando es conminado para ello por un coronel de la Guardia Civil que se presenta en el Congreso. Durante la presidencia de Pi se redacta el proyecto de Constitución, de corte federalista, que implicaba en la práctica la desarticulación de la unidad nacional recuperada desde hacía cuatrocientos años y se asistió, en paralelo, a la irrupción de los cantones, pequeñas entidades que pretendían independizarse de cualquier poder, incluido el de las posibles entidades federadas. “Las regiones ABCD, Estados soberanos- rezaba el proyecto-, declaran en uso de su autonomía que quieren formar parte de la Federación española…”.

Bajo la presidencia de Pi, la unidad nacional se va, poco a poco, desgarrando. Los cantones pudieron ser reprimidos con suma facilidad por las autoridades, pero Pi y Margall se negó. Aquella erupción de entidades autónomas, al contrario de lo que se pueda pensar, no contradecía su visión de la nación sino que la reafirmaba. Se declaran las repúblicas independientes de Cataluña, Málaga, Cádiz, Sevilla, Granada, Valencia, Castellón…Para más inri, la de Granada declara la guerra a la de Jaén, la de Jumilla amenaza a todas las naciones vecinas, incluso a la murciana. Un pequeño pueblo junto a la raya de Toledo y Ciudad Real, Camuñas, se declara independiente y soberano. Sin duda, el cantón más tenaz fue el de Cartagena, donde el caudillo huertano Antonete Gálvez se apoderó de la plaza y de la escuadra, ordenó desde el puente de la Numancia el abordaje de las naves leales al gobierno- “¡a toa máquina!” y encabezó una marcha sobre Madrid que logró llegar hasta Chinchilla, a las puertas de Albacete.

La reacción de la República fue mantenerse en medio del desmoronamiento nacional y de una ofensiva carlista mediante el cambio de rumbo hacia un unitarismo preconizado por Nicolás Salmerón, a la sazón sustituto de Pi y flamante presidente de la República, el cual no tuvo más opción que recurrir a las fuerzas armadas para imponer el orden en medio del caos y el desconcierto. Los carlista, totalmente incapaces de capitalizar políticamente la desintegración republicana y el anhelo del país entero para salir del caos, trataban de lograrlo en los campos de batalla.. En 1873 toman Estella y entran en la ciudad de Cuenca bajo la dirección del hermano de su rey, don Alfonso Carlos proclamado como Alfonso VIII.

La agonía del régimen republicano

La presidencia de Castelar (7 de septiembre- 2 de enero de 1874)- un personaje al que se había vinculado repetidamente con la masonería, fue en la práctica, una dictadura en la que el régimen, cada vez con menos apoyo social, apenas consiguió atacar infructuosamente el cantón de Cartagena. El 2 de enero de 1874, el general Pavía hizo su entrada en el Parlamento en un acto que, con bastante frecuencia, suele interpretarse como el epílogo de la República cuando la realidad es que tan sólo pretendió sustentarla sobre bases más sólidas.  Preside la escena don Emilio Castelar, el cual asevera: “Yo, señores, no puedo hacer otra cosa más que morir aquí el primero con vosotros”.

El gesto de Pavía, secundado silenciosa y unánimemente por todas las fuerzas armadas, fue el primer pronunciamiento de la historia en que participó todo el Ejército como tal; todos los casos anteriores fueron pronunciamientos políticos de un militar o un grupo de militares en apoyo de un grupo político. Con el general Serrano al mando del ejecutivo, la República continuó la trayectoria dictatorial que ya se había iniciado con Castelar tan sólo unos meses antes.

Como todo el mundo estaba convencido de que la raíz de todos los males que aquejaban a la nación era política y cívica, se gestaba en los medio políticos un dramático cambio de escena como remedio universal. El autor material del hecho fue el general Arsenio Martínez Campos, que proclamó rey de España a don Alfonso XII el 20 de diciembre de 1874 en la plaza de Sagunto, ante dos batallones del brigadier Dabán. El jefe del Ejército del Centro, general Jovellar, y el capitán general de Cataluña, don Fernando Primo de Rivera, le ofrecen su cooperación inmediata. El jefe del ejecutivo, general Serrano, se inhibe en cuanto comprueba la actitud del ejército del Norte, favorable a don Alfonso, el hijo de Isabel II. No iba a encontrar oposición. La nación que trataba de recuperarse de tantas veleidades revolucionarias que la habían sumido en el caos y de la división jamás experimentada con tanta intensidad en tan poco tiempo, ansiaba tranquilidad.

El castillo de Miravet, símbolo de la épica templaria

 

Por Iván Sánchez Raya para revistadehistoria.es

 

El castillo de Miravet se erige imponente sobre una colina desde la que se domina una magnífica panorámica de los frondosos meandros del río Ebro.

De hecho, es uno de los mejores ejemplos de arquitectura románica de transición de la Orden del Temple en Occidente y fue la sede de los templarios en la Corona de Aragón.

Aunque los templarios son probablemente los que han dejado más huella en Miravet, este castillo ha sido testigo de algunos de los capítulos más importantes de nuestra historia. Así, en este emplazamiento se han encontrado restos íberos del siglo II antes de Cristo. Entre finales del siglo XI y principios de los XII, los andalusíes reformaron y ampliaron la fortaleza para poder hacer frente a la presión militar de los condados catalanes. Sin embargo, el castillo de Miravet cayó finalmente en manos cristianas y Ramón Berenguer IV se lo cedió a la Orden del Temple, que entre la segunda mitad del siglo XII y XIII construyó el bloque rectangular del recinto superior.

Con la caída de los Templarios, el castillo pasó a manos de la Orden del Hospital hasta el siglo XIX. Estos tuvieron que adoptar medidas de repoblación tras la expulsión de los moriscos por parte de la monarquía hispánica en 1609. Durante la guerra de Sucesión, el castillo es tomado por las fuerzas felipistas. También fue escenario de las guerras carlistas del siglo XIX y de la guerra civil española. En este último caso, fue inicialmente ocupado por las tropas franquistas y en abril del 38 fue recuperado por las fuerzas republicanas, para pasar definitivamente al bando nacional durante el mes de noviembre de ese mismo año.

Recorrido 

Entramos por una barbacana de pequeñas dimensiones pero que cumplía perfectamente su función: impedir que el enemigo hiciera un ataque directo sobre la puerta de entrada. Accedemos así al recinto inferior, una amplia explanada a los pies de la puerta principal del castillo rodeada por una larga muralla. Este gran espacio protegido servía para impedir cualquier asalto organizado sobre el núcleo principal de la fortificación, además de ofrecer refugio a los aldeanos y su ganado.

El recinto superior está constituido por un bloque rectangular con torres en los ángulos y unos muros realmente imponentes. Accedemos por una pequeña bóveda de cañón que a la izquierda tiene un pequeño cuerpo de guardia y a la derecha se puede ver una cisterna de gran tamaño para resistir largos asedios. El patio de armas es quizás el lugar más emblemático del recinto. Es fácil imaginarse a los monjes-guerreros entrenando bajo un sol de justicia. Fácil quedar impresionado ante su resistencia y contundencia con las armas. No olvidemos que los templarios eran los primeros que entraban en batalla y los últimos que se retiraban. Cómo debían imponer a las filas enemigas con sus cánticos de salmos.

Alrededor del patio de armas, que parece transportarnos a una fortaleza de Tierra Santa, se distribuyen las principales estancias de la fortaleza, como un refectorio con bóveda de cañón apuntada por donde entra una luz tenue llena de misticismo. De hecho, mientras los templarios consumían sus comidas frugales, un clérigo leía textos piadosos. En la planta baja también encontramos el granero, el almacén y la bodega, donde se guardaba el grano y los víveres procedentes de los vasallos.

A las estancias del primer piso se subía por una escalinata de madera que, en caso de proximidad del enemigo, se podía desmontar para dificultar el acceso a la planta noble.

Una galería da a la iglesia románica, marcada por su aspecto austero como obligaba la regla templaria. En una de sus esquinas encontramos la escalera de caracol a través de la cual se sube a la terraza. Desde allí la vista es impresionante. Es fácil imaginar las túnicas blancas de los caballeros y negras de los sargentos ondeando al viento, al igual que la enseña blanca y negra de la Orden.

¿Qué pasaría por la cabeza de aquellos hombres durante el asedio de las tropas del rey Jaime II en 1307 y 1308? Lo habían dado todo por el Cristianismo, se habían convertido en un aliado fiel a la Corona, participando de manera decidida en las conquistas de plazas musulmanas como Lleida o Fraga, habían educado al pequeño Jaime I… y ahora se les trataba como criminales. Qué trago más amargo por aquellos hombres.

Suerte que aquí al menos Jaume II declaró finalmente la absolución de los templarios y otorgó a aquellos hombres una pensión vitalicia. Quizás porque era consciente de la gran injusticia que el rey francés Felipe IV y el Papa Clemente V habían cometido con esta organización. Pero aquí siguen en pie estos muros, desafiantes, para recordar el sacrificio de unos hombres que resistieron la injusticia con dignidad.

La toma de Melilla

 

La toma de Melilla hace pensar en un gran asedio o una cruenta batalla, nada más lejos de la realidad.

A partir de la Guerra Civil, se difunde con fines políticos la idea de una conquista de Melilla, atribuida a Pedro de Estopiñán. Sin embargo, la supuesta sangrienta conquista de Melilla no es más que un mito, es más, Melilla tiene una larga tradición de ciudad de paz, y sus fortificaciones siempre han sido defensivas, con un ojo puesto siempre en frenar el expansionismo turco de la época.

Pedro de Estopiñán, actuó como contador de la Casa de Medina Sidonia, y si bien es cierto que incorporó Melilla a la Corona de España, lo hizo por pacto, y no por conquista. Cuando la expedición española llega a Melilla, se encuentra con una ciudad prácticamente en ruinas y abandonada, hasta tal punto que se han de hacer pregones para repoblarla.

La ciudad se puso voluntariamente bajo la soberanía del Duque de Medina Sidonia, al igual que otras ciudades del norte de áfrica, una incorporación pacífica fruto de un pacto entre los Reyes Católicos y Andrés y Lorenzo, dos moriscos españoles, que querían neutralizar la ciudad como base de piratas Berberiscos.

Lo que sí consiguió Pedro de Estopiñán con su desembarco, en septiembre de 1497, fue fortificar la ciudad y reparar sus murallas, gracias a que en su contingente llevaba una buena cantidad de ingenieros y obreros con abundante material de construcción, lo que permitió que los musulmanes que habitaban en las cercanías y que no veían con buenos ojos la entrega voluntaria de la ciudad a los españoles, no pudiesen reaccionar, para regocijo de los pocos habitantes que quedaban en Melilla, que estaban hartos de las guerras entre los reyes musulmanes de Fez y Tlemecen, que tanto daño habían causado a la pacífica ciudad.