Historia

La constitución de Irlanda 1937

Por Enrique González Calleja para revistadehistoria.es

La constitución de 1937 es uno de los textos jurídico-políticos más importante dentro de la historia política irlandesa, en cuanto a leyes supremas. Sus dieciséis títulos y cincuenta artículos que estructuran la nueva ley constitucional definirán el nuevo Estado irlandés.

No obstante,  la futura Carta Magna tuvo que pasar por una serie de procesos necesarios para transformar el estatus político de la isla de Irlanda entre los años de 1934 a 1937. Era imprescindible desmarcarse de la herencia dejada por el Tratado Anglo-Irlandés de 1921. Pese al cambio de status político que convirtió a Irlanda en un Estado Libre, dejando de ser Colonia, tras 700 años de presencia británica, lejos de solucionarse, aparecería otro contratiempo: la división de la isla en dos zonas “Irlanda del sur” e “Irlanda del Norte”. Provocando con ello la división de los nacionalistas, entre los partidarios y detractores del nuevo tratado.

Este desgraciado cenit llevaría  a la isla a un enfrentamiento sangriento con el estallido de la guerra civil  entre 1922-1923. Con el triunfo de los partidarios del tratado, Irlanda comenzaría a andar a través de la constitución de 1922 en la que el “Estado Libre Irlandés” debía de realizar…el juramento a la Corona Británica, en aquellos momentos bajo el soberano rey Jorge V (1864-1936). Además de pertenecer a la “Comunidad de Naciones” o “Commonwealth” tras la Conferencia Imperial en 1926…

Es cierto que durante la posguerra Irlandesa los cauces en la lucha política por parte del nacionalismo republicano irlandés cambiarían. La fase política más trascendental hacia la construcción del Estado Irlandés será la entrada  en escena de la formación política Fianna Fail, liderada por Eamon De Valera (1882-1975). Su ascenso en militancia como en intención de voto le hace vencer en las elecciones de 1932 frente al Fine Gael de W T. Cosgrave (1880-1965). Sin embargo, los objetivos políticos seguía siendo  conseguir  la independencia y la república. A partir de esa base el republicanismo irlandés tuvo que adentrarse en los organismos institucionales del estado libre.

Con el ascenso al poder de Eamon de Valera, se irán a producir las respectivas transformaciones legales que abrirían los cauces hacia el proceso de elaboración del proyecto constitucional para  Irlanda. Con la futura ley fundamental del Estado comenzará el proceso de elaboración  del borrador constitucional entre 1934 a 1935. Será en medio de la Abdicación de Eduardo VIII y el ascenso al trono de Jorge V, donde se realizarán ciertos cambios transcendentales en la futura carta magna.  Siendo la abolición del juramento a la monarquía británica a la desaparición de la figura del gobernador general de Irlanda entre otros.

Ya en el verano de 1937 se lleva a cabo el plebiscito, donde el pueblo irlandés aprobaba  la carta magna irlandesa  cuyos títulos y articulados reemplazarían el organigrama del estado libre vigente desde 1922. Fue también el pilar del nuevo edificio político irlandés. Posteriormente la República y la independencia vendrían con el Acta de Irlanda de 1949 ante el debilitado imperio británico.

 

Cape Bon: El legado de Cartago en el Magreb

Autor: José Alejandro Ortiz para revistadehistoria.es

Cape Bon es el cabo peninsular más nororiental del actual Túnez. En la antigüedad era también conocido como Promontorio de Mercurio. En la actualidad, Cape Bon está ahí esperando a que alguien lo cambie, dispuesto al servicio del turismo mayormente europeo y dentro del vasto complejo situado en la orilla del Golfo de Túnez frente a la Cartago histórica y siguiendo la línea de costa que da contorno al cabo.

En él se incluyen las actuales ciudades tunecinas de Nabeul, Kélibia o Menzel Temime. El propósito del trabajo es deshojar, levantar la solapa a la que los arqueólogos denominarían como “unidad estratigráfica 00” y mostrar la riqueza arqueológica de sus yacimientos, relacionarlos en el contexto de los siglos IV y III a.C. dentro del protectorado de Cartago y trazar la importancia de estos restos que nos hablan del legado arqueológico cartaginés en el Magreb.

Sobre el terreno, lo primero que llama nuestra atención es la inmediatez de la metrópoli cartaginesa. Esta potencia se vendría desarrollando en el Mediterráneo desde siglos antes, herederos de los primeros colonizadores fenicios en tierra africana. En cuanto a éstos, resaltar que ya sus primeros asentamientos en la costa magrebí se situaron preeminentemente en puntos costeros y próximos a los ríos. Así se fueron disponiendo los puertos que, en su gran mayoría aprovechaban las formaciones geográficas naturales (ensenadas, lenguas) para amoldarlos y acomodarlos al modelo portuario. Cuando éstas colonias fenicias fueron perdiendo su importancia, Cartago toma el papel de protectorado aglutinando bajo su influencia política y económica la presencia púnica en África.

Esta metrópoli se ubicaba en el Golfo de Túnez, una formación de bahía de pocos kilómetros de distancia entre una orilla y la otra, la que la cae en el Cape Bon. Y es en esta orilla del susodicho cabo donde se desarrollan los asentamientos que todavía hoy presentan construcciones de tipo defensivo, como son los ejemplos conocidos de Ras Fortas y siguiendo la costa más al noreste el de Ras Drek en El Haouaria. Esto vendría a explicar la necesidad de proteger bien toda la bahía que precede al Golfo de Túnez, un fenómeno que vendrá a darse entre los siglos IV y III a.C. todo ello previo y con previsión del inminente roce con Roma en la I Guerra púnica. Sin embargo, en la orilla Este del cabo y a lo largo de la línea de costa que nos lleva desde Kerkouane hasta Menzel Temime más al Sur, parece que solamente existía la bonanza económica que se refleja en asentamientos urbanos parapetados por el poder defensivo desarrollado en la bahía tunecina. Así, nacerían asentamiento a priori desprovistos de puertos y estructuras defensivas: lo que hoy denominaríamos como “zonas residenciales” destinadas al goce y disfrute de la población cartaginesa. Cape Bon es remunerado con halagos en las fuentes clásicas por la calidad de sus aguas, lo que nos deja ver al mismo tiempo la fertilidad de sus tierras. Todo ello hace que podamos comparar al Cape Bon con un locus amoenus a la manera cartaginesa.

Para acercarnos a la idea de cómo se articulaba este lugar agradable, debemos de hacer referencia a las vías de comunicación que articulaban el cabo. Algunas de ellas debemos de suponer que existían, pero de otras tenemos mayor certeza. Sin duda, salvar el promontorio por vía terrestre sería harto complicado, por lo que la mejor opción era rodearlo, creando así un cinturón de vías que unían los puntos costeros. Los yacimientos (todos del IV-III a.C.) los veremos en dos grandes grupos según su utilidad: los de carácter defensivo y los de carácter poblacional o residencial.

Los yacimientos de carácter defensivo

Centraremos la atención en los yacimientos de Ras Fortas y Ras Drek. El primero se ubica cerrando la bahía del golfo de Túnez en su extremo Este, dentro del Cape Bon. Todavía se conservan restos del emplazamiento que sin duda responde al sistema defensivo dirigido a proteger a la propia Cartago. Consiste en un conjunto de baterías y dependencias militares que sin duda por su ubicación preveían la cercanía de naves enemigas en el conflicto con Roma. Por su parte Ras Drek se sitúa siguiendo la línea de costa hacia el Norte del Cape Bon, en la punta noroeste, cerca de Haouira. Este emplazamiento quizás estuviera destinado a parapetar la entrada en el Golfo de Túnez por un lado y a proteger la costa Este del Cabo, adónde se situaban las zonas residenciales desprovistas de estructuras defensivas.

Los yacimientos poblacionales

Estos son de Norte a Sur: Kerkouane, Kélibia, Sidi Jamel-Eddine y Menzel Témime. Destaca Kerkouane por su excelente conservación, un lugar provisto de ricos pavimentos y de lujosas estructuras hidráulicas (cisternas, baños, salas de baño) que harían a buen seguro las delicias de la población cartaginesa allí afincada. Como hemos señalado arriba, estos asentamientos costeros debieron de estar articulados por vías terrestres siguiendo la costa. Así nos desplazamos hacia el Sur por los restantes Kélibia, Sidi y Témime, de los que se conservan principalmente sus necrópolis, la que nos hablan de que vivieron un esplendor habitacional entre los siglos IV y III a.C.

Volviendo a Kerkouane, esta ciudad aparece desprovista de lugares públicos, de puntos defensivos, eran sólo viviendas de lujo que no fueron arrasadas a la llegada de los romanos, pero que tampoco fueron reutilizadas. Por un momento parece que Kerkouane pasó desapercibida para la barbarie romana. Los ricos pavimentos basados en la arcilla roja ya dejan ver los antecedentes del opus signinum que luego harían famosos los romanos, incluso existe la teoría de que Roma “copió” muchos de los rasgos arquitectónicos de los cartagineses para adaptarlos a su urbanismo.

No hay razones para pensar que la riqueza arqueológica y la disposición de los yacimientos nos permita hablar del Cabo como el suelo del legado arquitectónico y cultural de la metrópoli cartaginesa en el Magreb. Parece ser que Roma, con el lema de Carthago delenda est, pasó por alto estos puntos, gracias a lo que hoy podamos disfrutarlos.

Historia

Carteia, la vigía del estrecho

Por José María Gil Román para revistadehistoria.es

Cerca de la siempre impresionante Baelo Claudia se encuentra otro de los yacimientos arqueológicos más importantes de la provincia de Cádiz. A unos kilómetros de la desembocadura del río Guadarranque y contemplando toda la Bahía de Algeciras, se haya Carteia. Durante más mil años la ciudad púnica de Carteia fue el epicentro de la economía de la bahía.

Su enclave estratégico, así como su materia prima de una gran calidad, proporcionaron al asentamiento un gran prestigio dentro de la esfera mediterránea. Fundada por los fenicios en el s. VII a.C, se convirtió en una de las ciudades antiguas más importantes del sur de España.

La importancia de la ciudad es conocida en gran parte por los restos arqueológicos, aunque también se debe a los escritos antiguos, que constatan como Carteia fue relevante tanto para la cultura púnica, como para la romana. Plinio, Estrabón o Mela asemejaron la primitiva ciudad con la mítica Tartessos.

La elección de su localización no fue deliberada, sin duda obedece a un tema estratégico. Puesto que se sitúa frente al Estrecho de Gibraltar, asegurando así toda la visibilidad y control sobre el comercio que pasaba rumbo a Gadir. Con la llegada romana, esto hecho fue clave hasta tal punto que se reestructuró la ciudad y otorgó mayor prestigio a los edificios ya existentes.

La ciudad aportaba a Roma una basa naval para custodiar el estrecho, por lo que los romanos utilizaron las estructuras urbanísticas ya existentes para su nuevo propósito. Fue tal su importancia para Roma que en el 171 a.C. se convirtió en la primera ciudad latina en ser colonia romana (Colonia Libertinorum Carteia).

Sobre la ciudad pesa también un halo de misterio y mito. Incluso Estrabón escribió sobre el carácter mítico de la ciudad. El geógrafo e historiador griego recoge las palabras del navegante Timóstenes de Rodas, para el cual Carteia había sido fundada por el mismísimo Heracles. En su opinión el nombre ancestral y olvidado de esta misteriosa ciudad había sido en tiempos antiguos el de Herakleia. Este vínculo de la ciudad con el mítico semidios es más que patente en los restos arqueológicos encontrados en las inmediaciones de la ciudad. Monedas o epígrafes con la imagen masculina de un posible Melkart/Hércules junto a unos delfines así lo constatan. Incluso la cueva-santuario de Gorham (Gibraltar) es considerada parte de este mito. La cueva, junto con las columnas de Hércules dotaron de un carácter místico y mitológico al enclave de Carteia.

La figura clave de Julio Martínez Santaolalla

En cuanto a las excavaciones arqueológicas, debemos mencionar que desde el s.XVI algunos autores y eruditos constataron la existencia de vestigios y restos arqueológicos en las inmediaciones del Cortijo del Rocadillo. Acueductos, teatros e incluso termas fueron identificados. Pero, no sería hasta la llegada de D. Julio Martínez Santaolalla que las excavaciones en el yacimiento se tomarían en serio.

Desde ese momento, hasta ahora distintas universidades y empresas han puesto sus ojos en el yacimiento. Entre los años 1971 y 1985, la Universidad de Sevilla, llevó a cabo una serie de excavaciones sistemáticas con la intención de conocer más a fondo el foro, la zona de los templos y las termas. Gracias a lo cual, descubrieron por completo la estructura de uno de los templos. A su vez, desde los años noventa la Universidad Autónoma de Madrid viene realizando excavaciones sistemáticas en la ciudad con el fin de sacar a la luz todo su esplendor. Gracias a lo cual, se ha podido documentar que la ciudad republicana, se solapó con la púnica expandiendo el área de culto y las murallas de la primitiva ciudad fenicia.

En conclusión, Carteia lleva siglos vigilando y contemplando el Estrecho de Gibraltar. Un lugar que ha visto un sinfín de acontecimientos históricos que han cambiado la historia de la humanidad. Desde la llegada de los primeros fenicios a estas costas, hasta la incursión de las tropas árabes rumbo a Hispania. Pero la ciudad romana se ha mantenido impertérrita, esperando el momento de ser redescubierta.

 

La otra caída de Constantinopla. La IV Cruzada (1202-1204)

Autora: Patricia Judith Tamayo Hernández para revistadehistoria.es

En nuestro imaginario colectivo existen acontecimientos, como la caída de Constantinopla (1453), que han sido considerados hitos definitorios del “fin de una época”. Esta sensación se acrecienta por el hecho de que el último bastión del Imperio romano y símbolo de la civilización grecolatina cayó, precisamente, en manos del otro: el Imperio otomano.

Sin embargo, podemos rastrear atisbos de decadencia con anterioridad: concretamente, en el cese del esplendor de la que fuese capital del Imperio bizantino, en el que tuvieron un papel fundamental las potencias occidentales, mediante el sitio y saqueo de Constantinopla.

La Cuarta Cruzada: Venecia y el comercio mediterráneo

Aunque Venecia se había convertido en la potencia comercial-marítima del mediterráneo, a fines del siglo XII su hegemonía fue puesta en entredicho tras la pérdida de Zara, en la costa de Dalmacia, y por la merma de su influencia en Constantinopla, donde los privilegios concedidos a genoveses y pisanos hacían peligrar su liderazgo en Pera. Pera era un distrito situado en el exterior del casco urbano y al norte del Cuerno de Oro, donde se asentaron los comerciantes europeos. En la costa sur del Cuerno de Oro se ubicaban, asimismo, los barrios de venecianos, pisanos y genoveses.

En este contexto, la Cuarta Cruzada (1202-1204) se desvió de su ruta hacia Egipto y se convirtió en una “expedición de mercenarios” que ayudaría a Alejo Ángelo, hijo del emperador depuesto Isaac II (r. 1185-1195), a recuperar el trono bizantino, a cambio de que este abonase la deuda cruzada contraída con Venecia, que había aportado la flota naval. No es de extrañar que esta cruzada terminase recibiendo el apelativo de mercantil/comercial, pues Venecia la orientó hacia la materialización de sus objetivos comerciales: recuperación de Zara (1202) y toma de Constantinopla (1204).

El sitio y saqueo de Constantinopla (1203-1204)

En julio de 1203, los cruzados entraron en Constantinopla y colocaron efímeramente en el trono imperial a Alejo IV Ángelo (r. 1203-1204), quien poco después moría asesinado. Ni Alejo ni sus sucesores consiguieron abonar la suma pactada con Venecia, hecho que terminó provocando el sitio y saqueo de Constantinopla.

En un contexto de inestabilidad política, 20.000 soldados cruzados y venecianos, que permanecían apostados tras las murallas, conseguían entrar en la ciudad el 12 de abril de 1204. Se iniciaba así el saqueo y la destrucción de los principales edificios, calles y riquezas de la ciudad: sus iglesias, el palacio de Blanquerna, el hipódromo o el Augustaion, una plaza pública ubicada junto a Santa Sofía, que fue arrasada en 1204 y cayó en desuso.

El hipódromo fue uno de los edificios que más sufrió el expolio latino: la Columna Serpentina, que conmemoraba la victoria griega en las Guerras Médicas, quedó seriamente desmembrada; y la cuadriga de bronce que coronaba las carceres del hipódromo desde el siglo IV, terminó decorando la fachada de la Basílica de San Marcos (Venecia).

Entre el sitio y la entrada definitiva en Constantinopla tuvieron lugar una serie de incendios, provocados por los latinos, que devastaron el centro y norte de la ciudad: en julio de 1203, uno destrozó el 50% de la urbe, dañando seriamente el hipódromo, Santa Sofía y dejando sin hogar ni bienes a unas 20.000 personas. En abril de 1204, otro incendio destruía el tercio oriental de la urbe.

Como suele suceder, la barbarie también se perpetró sobre las personas, especialmente durante los primeros días de saqueo. En Constantinopla, la tensión adicional entre dos formas de entender la Cristiandad motivó que los religiosos y los edificios eclesiásticos se convirtieran en un blanco especial de la violencia latina: destrucción y expolio de decenas de iglesias (Santa Sofía, Iglesia de los Santos Apóstoles…) y de sus iconos sagrados (como el de la Virgen o el de San Demetrio), asesinatos de sacerdotes, violaciones de monjas…Dichas humillaciones marcaron la ruptura definitiva entre la Cristiandad latina y la griega-ortodoxa.

El impacto de la presencia latina en la capital

Tras la presencia latina, y aunque Constantinopla siempre mantuvo cierto orbe de opulencia y majestuosidad, la ciudad ya nunca recuperaría su antiguo esplendor. El gobierno quedó en manos de aristócratas europeos -condes de Flandes-, inaugurando el Imperio latino (1204-1261).

El paisaje urbano se colmó de edificios ruinosos y los asentamientos comenzaron a reutilizar inmuebles tardoantiguos y altomedievales. Se produjo, asimismo, un éxodo de población hacia las áreas donde los linajes bizantinos se habían refugiado y organizado políticamente, caso de Nicea, que será la base de la restauración paleóloga en 1261. Se estima que, en 1204, los latinos encontraron una población de 400.000 habitantes, la cual fue decayendo hasta que, a principios del siglo XV, no superaba los 70.000.

Cuando en 1261 Miguel VIII Paleólogo (r. 1259-1282) recuperó Constantinopla, la encontró en un estado lamentable. Además de las ruinas, se había convertido en un complejo rural de núcleos dispersos, en que las grandes cisternas se habían secado y servido de base para el desarrollo de jardines, huertos amurallados y campos de cultivo que se esparcían por el interior desértico de las murallas. La población escaseaba tremendamente en los distritos céntricos del casco urbano y se concentraba en torno a los extremos del triángulo: Santa Sofía y su vida religiosa, el suburbio noroeste de Blanquerna, y las orillas del Cuerno de Oro, centro de la vida comercial.

Aunque Miguel intentó restaurar la autoridad política reconstruyendo algunas estructuras urbanas significativas -las murallas, el Palacio Blanquerna, el Gran Palacio y Santa Sofía entre otros; esta leve restauración resultó imposible de mantener para sus sucesores, como prueba, por ejemplo, el estado de abandono en que los otomanos encontraron el Gran Palacio. Los emperadores se vieron frustrados por el deterioro económico-territorial del Imperio, la expansión otomana y la indiferencia de Occidente. Por su parte, los genoveses, que habían participado en la restauración de 1261, se fortalecieron en Pera, donde constituyeron un asentamiento fortificado e inmune a los peajes imperiales.

 

Imperio romano: El triunfo del Cristianismo

Por Níssim de Alonso para revistadehistoria.es

El pueblo hebreo se  podía  dividir en dos grandes partidos: los saduceos y los fariseos. Los saduceos eran los nobles, la casta política y sacerdotal dominante y que tras la llegada de los romanos procuraron estar de su parte por propia conveniencia, no creían en una vida después de la muerte. Dios premiaba las buenas acciones en esta vida y si  ellos eran poderosos y ricos era simplemente porque ése era el deseo de Dios. El pueblo no los apreciaba  por su sumisión a Roma, que suponía anteponer las costumbres romanas a las judías.

El partido de los fariseos estaba compuesto por la pequeña burguesía y los comerciantes, creían en una vida tras la muerte, estaban mucho más cercanos al pueblo y trataban de conservan la esencia de las tradiciones judías y sus ritos. Procuraban no mezclarse con los “gentiles” que no pensaban como ellos para preservar la pureza de sus creencias.

Por eso la llegada  de aquel nuevo predicador judío llamado Josué (Jesús para nosotros) enfureció tanto a fariseos como a saduceos. Jesús decía abiertamente a sus seguidores que no debían parecerse a unos ni a otros. A los fariseos, a los que llamó “sepulcros blanqueados”, por ocuparse solamente de cumplir los ritos y olvidar el amor que todos debían tener hacia sus semejantes y a los saduceos por su falta de creencia en que Dios recompensaba sus buenas obras en la otra vida y por su entrega al poder romano.

Sus enseñanzas sencillas, tan cercanas al pueblo, que hablaban del amor de Dios, de amar al enemigo y de perdonar “hasta setenta veces siete”, le granjearon numerosos seguidores. Hasta entonces la idea de Dios para los judíos era  la de un ser poderoso, cruel y vengativo que sólo miraba por el pueblo de Israel, el pueblo elegido. Pero Jesús decía que Dios amaba a todos, judíos o gentiles y eso era inaceptable.

Temerosos de que creara un nuevo y poderoso “partido político” que disminuyera su poder ya  que sus seguidores aumentaban peligrosamente de día en día,  saduceos y fariseos se unieron por una vez y lo acusaron de sedición ante los romanos. La oposición al poder romano era una acusación   muy grave castigada con la muerte, así que Jesús fue crucificado cuando Poncio Pilatos era el gobernador de Judea como un vulgar delincuente. El imperio romano dominaba entonces gran parte del mundo conocido, desde Europa hasta Asia y norte de África.

Su poder era indiscutible y  había comenzado 39 años antes del nacimiento de Jesús con  el primer emperador romano, Octavio Augusto, que dominaba su imperio con mano de hierro y que logró imponer en sus territorios la Pax Romana,  un periodo de paz que  promocionó un  gran auge del comercio, una pax rota de vez en cuando por la insurrección de algún país dominado, como Judea.

Tito, Adriano y la primera diáspora

En el año 70 d.C, los judíos se rebelaron. Tito, el hijo del emperador Vespasiano,  marchó contra ellos y destruyó Jerusalén y el segundo templo que Herodes el Grande había reconstruido, también Masada fue tomada y destruida (Herodes era judío de religión pero no de raza ya que era idumeo, a pesar de su conocida crueldad rayana en la locura, fue un gran constructor, no sólo reconstruyó el Templo de Jerusalén, también edificó la ciudad de Cesárea,  la  impresionante fortaleza-palacio de Masada y Herodión, su tumba)

Tras la  derrota más de un millón y medio de judíos fueron masacrados o vendidos como esclavos. Los que pudieron  escapar marcharon a otros países constituyendo la primera diáspora y los saduceos desaparecieron ya que su poder político ya no le era necesario a Roma.

En el año 135 los judíos volvieron a rebelarse. Adriano como venganza  eliminó la  provincia romana de Judea y anexionó sus tierras a la de Siria-   Palestina, prohibiendo a los judíos su entrada en Jerusalén. Adriano tenía una educación helenística y algunas costumbres, como la circuncisión, le parecían  propias de pueblos bárbaros.

Muchos de los  desolados seguidores de Jesús también habían abandonado Judea tras la muerte del Maestro y se habían esparcido por todo el mundo conocido  llevándose  con ellos aquella nueva forma de pensar que llamaron cristianismo (seguidores de Cristo) y que muchos gentiles adoptaron.

 Los cristianos no siempre fueron bien tolerados a pesar de que los romanos  aceptaban sin prejuicios otras religiones, allí estaba todo el panteón romano y griego, la religión egipcia, la religión mitraica de origen persa que adoraba al sol y a la que muchos militares pertenecían y los zoroastristas entre otros, todas  las religiones convivían en armonía en el imperio romano.

 Pero los cristianos tenían un problema importante: no aceptaban la idea de que el emperador era el máximo representante político y religioso y por lo tanto  debía ser adorado como una divinidad, para ellos sólo había un Dios y el emperador no era sino un hombre, así que fueron perseguidos y muchos de ellos murieron de una forma brutal por no renunciar a sus ideas. Fueron encarcelados, crucificados o usados en los juegos circenses para ser devorados por las fieras o asesinados por los gladiadores y sus bienes pasaron al erario público. Contra todo pronóstico, la sangre derramada  de aquellos mártires lejos de acabar con el cristianismo ayudó a su pervivencia.

Algunos de sus seguidores trataron de escribir lo que se podría llamar una biografía sobre la vida de Jesús para que su doctrina no se olvidara, pero para entonces habían transcurrido más de cien años de su muerte y  ninguno de  aquellos bienintencionados escritores había conocido personalmente a Jesús, es muy probable que muchos hechos  de su vida se hubieran magnificado o contado sus enseñanzas a modo de “parábolas”, narraciones muy del gusto oriental que acababan con una sentencia moral  para adoctrinar a los oyentes. Estos escritos se llamaron Evangelios (buena nueva) y había 270 de diferentes autores, algunos muy diferentes entre sí.

 Constantino

El imperio romano también había cambiado, tras la muerte de Teodosio se dividió (aunque sólo a efectos administrativos) en el imperio romano de Oriente y de Occidente. En el año 306 Flavio Valerio Aurelio Constantino,  fue aclamado emperador de Occidente por sus tropas tras la muerte de su padre Constancio Cloro que en aquel momento estaba luchando contra los pictos en Britania. Constantino estableció su capital en Mediolanum (Milán)

Comenzaron entonces unos años de luchas entre los diferentes candidatos al poder, de forma que en el año 310 había nada menos que siete augustus, pero las luchas entre ellos los redujeron a tres: Majencio, Constantino y Licinio. Dos años después, Roma nombró emperador a Majencio así que Constantino y Majencio se enfrentaron por el mando de Occidente en la batalla del Puente Milvio y Constantino fue el vencedor, durante la batalla Majencio cayó al  Tiber y se ahogó, había reinado durante seis  años.

Aunque Constantino atribuyó  su victoria a un milagro del dios cristiano la verdad era que Majencio tenía un ejército muy inferior al de  Constantino, apenas contaba con sus pretorianos, Roma estaba escasa de dinero. Ahora sólo quedaban Constantino como emperador de Occidente y Licinio, que era su cuñado, como emperador de Oriente

En el año 313, Constantino y Licinio promulgaron el Edicto de Milán  por el que se prohibía perseguir a los cristianos y a otros grupos religiosos minoritarios. Pero  los cristianos no eran  ya ni mucho menos un grupo minoritario. Existían en el imperio 1.500 sedes episcopales y unos seis millones  de habitantes de los cincuenta con que contaba el imperio practicaban el cristianismo.

Sin embargo este edicto de tolerancia no fue respetado en numerosas ocasiones y  los cristianos siguieron siendo perseguidos y ejecutados, sobre todo en el imperio de Oriente en el que mandaba Licinio. Eso le dio la excusa a Constantino para comenzar la guerra contra su cuñado, en el año 324 marchó a Oriente y le venció en la batalla de Crisópolis. A  pesar de su promesa de respetar su vida, Licinio fue asesinado por Constantino.

Ahora todo el imperio le pertenecía, era importante que los habitantes de Oriente y Occidente se sintieran igualmente romanos, unidos por la misma lengua y la misma religión. ¿Pero qué religión elegir?

Dos religiones con mucho en común

Él mismo pertenecía a la religión mitraica que adoraba al sol como muchos militares porque esta religión exhortaba al valor, a la honradez y al compañerismo, valores fundamentales para un soldado. Mitra era un dios  joven, austero y puro.

El mitraismo era de origen persa y no tenía una doctrina escrita, era la tradición oral la que la trasmitía. En ella sólo eran admitidos los hombres y su acto principal era un banquete en el que se consumía pan y vino como en la religión cristiana y también como en la cristiana había ritos y misterios que no debían ser desvelados a los paganos. Tenían una trinidad de dioses como ellos, existía un rito de  iniciación muy semejante al bautismo y  eran ungidos en la frente.  Creían que Mitra era un dios salvador que daría su recompensa tras la muerte y que sus seguidores debían llevar una vida ejemplar.

Su día festivo era el domingo, día del sol y no el sábado como los judíos. El 25 de diciembre se consideraba el día del natalicio del sol (solsticio de invierno) y festejado  por su gran sacerdote que portaba los tres símbolos sagrados: gorro frigio, vara y anillo mientras que los obispos cristianos llevaban mitra, báculo  y anillo, es decir, prácticamente lo mismo.

Pero había algo en el cristianismo que le hacía  superior al mitraismo: admitían a las mujeres en su culto y  los cristianos eran mucho más numerosos, sobre todo en Oriente y él pensaba trasladar la capital  del imperio a Bizancio. Sería la Nueva Roma y se llamaría Constantinopla en su honor, a fin de cuentas él había nacido en Naissus, ciudad situada en los Balcanes a medio camino entre Europa y Asia. Además la nobleza romana no le era muy propicia.

Por otra parte los mitráicos no superaban los 10.000 en todo el imperio y en la parte oriental eran muy escasos. No ocurría lo mismo con  los cristianos,  era  una opción más segura apoyar al cristianismo, esa opción  afirmaría su masiva lealtad.

Así que cuando pensó en una religión común se decidió por el cristianismo, a fin de cuentas era muy semejante a la suya propia (tanto que siguió siendo mitráico hasta el final de sus días y sólo fue bautizado poco antes de morir)

El cristianismo se había constituido en base a unos primitivos ritos judíos mezclados con creencias helenísticas, lo que hacía que fuera bien aceptado por mucha gente, Pablo de Tarso había predicado el cristianismo a los gentiles y conseguido muchas conversiones, sus preceptos eran ampliamente asumidos por todas las razas y culturas, ahora  no era sólo una religión judía.

Nicea, el primer Concilio Ecuménico

Comenzó a preparar su conversión a la nueva religión pero su dignidad como emperador no podía consentir que un hombre inferior a él le hubiera iluminado: su nueva fe debía venir directamente de Dios, así que declaró que antes de la batalla de Milvio, al mirar al sol, cosa que hacían los mitraicos para pedir su protección, vio dibujarse en el cielo un cruz (es decir, que vio un  destello del sol que le deslumbró) esto  significaba que con la protección del nuevo Dios ganaría la batalla, como así fue (y  a lo que  también ayudó mucho el hecho de que Majencio tuviera un ejército muy reducido, prácticamente su guardia pretoriana y poco más)

Después de la batalla mandó modificar los lábaros (estandartes) del ejército romano que estaban coronados por el águila imperial para sustituirla  por el crismón, una X y una P, primeras letras de la palabra griega Cristo como muestra de su respaldo a la nueva fe.

Pero no pudo sustraerse totalmente a los antiguos dioses: el arco de Constantino construido en Roma para  conmemorar su victoria, tiene labrados en sus piedras los dioses paganos Apolo y Diana y también a Hércules, pero no hay en él ninguna simbología cristiana.

Al cristianismo le habían surgido problemas, había en su seno distintas corrientes encontradas y las refriegas entre los obispos eran frecuentes y a veces violentas. Constantino, como emperador designado por Dios, convocó el primer Concilio  Ecuménico (universal) de Nicea en el 325 para poner orden en “su” iglesia.

Él mismo lo presidió ricamente vestido a la usanza persa, con telas bordadas en oro y  cubierto  de joyas  como “Pontificex Máximus”, es decir, como el mayor  representante de Dios en la tierra, un  título fue luego  heredado por los papas  de Roma.

Pero esta vez los cristianos no protestaron de aquel esplendor tan contrario a la sencillez de la primitiva iglesia: de los 300 obispos asistentes la mayoría eran griegos (sólo cinco no lo eran) y  ya se sabía cuánto amaban el lujo  los griegos. Además, Constantino se hizo cargo de los gastos de comida, alojamiento y transporte de todos ellos. En este concilio se condenaron las ideas de Arrio, presbítero de Alejandría que sostenía que Jesús no tenía la misma condición divina del Padre sino que era inferior a él.

Atanasio, obispo de Alejandría opinaba sin embargo que Padre, Hijo y Espíritu Santo tenían la misma condición divina y constituían la Santísima Trinidad. Arrio fue vencido, sus ideas fueron consideradas sacrílegas y todos sus escritos quemados. Pero en el fondo de su corazón Constantino pensaba como Arrio, de forma que la aplicación de la sentencia fue muy benevolente y los arrianos siguieron existiendo dentro del seno de la iglesia.

Se redactó el primer credo griego que contenía los dogmas de fe de la doctrina cristiana. Hay que hacer constar que Constantino tenía unos muy pobres conocimientos de teología, cosa que a nadie le importó mucho. “Doctores tenía la iglesia” para subsanarlo.

También se pusieron de acuerdo en declarar el 25 de diciembre Pascua o festividad de la Navidad  como día del nacimiento de Jesús, casualmente para los mitraicos el solsticio de invierno era el día más importante del año: el día del Sol Invictus.

Los cuatro evangelios

Ya unos años antes, una orden suya incitaba a cristianos y no cristianos a considerar el domingo como  “venerable día del sol“  y de descanso para todos y lo constituyó como primer día de la semana.

Ese día no se podía trabajar y talleres, mercados y oficinas estaban cerrados, era la primera vez en la historia de la humanidad que se instituía un día de descanso para los trabajadores y fue la iglesia católica la que lo impuso.

Otra cosa que hizo este concilio fue elegir de entre los 270 evangelios los que contuvieran la verdad El método fue, por lo menos, original: se colocaron  todos los evangelios bajo una mesa en una habitación cerrada con llave y durante la noche Dios elegiría los verdaderos evangelios, el resto serían quemados. A la mañana siguiente sólo cuatro evangelios  estaban sobre la mesa: los conocidos de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, el resto se consideraron  equivocados y fueron quemados. Nunca se ha sabido quién custodiaba la llave aquella memorable noche.

Los obispos también sufrieron cambios. Hasta entonces todos los obispos eran igual de importantes, pero a partir de Nicea los obispos de Alejandría, Roma y Jerusalén serían considerados superiores a los demás  obispos y se llamarían Patriarcas. Se justificó en la importancia  de sus ciudades y  en la antigüedad de su tradición cristiana.

¿Y Constantinopla?

Pues desde luego que no tenía ninguna tradición cristiana anterior, pero también tuvo su patriarca, no iba a ser menos que Roma, Alejandría o Jerusalén. Ni qué decir tiene que las luchas entre los cuatro patriarcados fueron frecuentes.

Un año después, en el 326, las  ideas de Constantino se hicieron muy poco tolerantes: mandó destruir las imágenes de los dioses paganos y en el 330 confiscó cuanto había en los ricos templos de Grecia. Estatuas, ornamentos de oro y cuanto había en los templos paganos viajaron hasta oriente para adornar la Nueva Roma que era Constantinopla.

Ahora fueron los cristianos los que persiguieron a los paganos, derribaron sus templos y asesinaron a sus sacerdotes, el mismo Constantino mandó destruir el templo de Esculapio de Aigeia y otros muchos. Pero Constantino no podía llegar a separar del todo el paganismo del  cristianismo, las familias romanas paganas siguieron teniendo presencia en la corte y cuando se “reinauguró”  Constantinopla se puso una cruz sobre el carro del sol que presidía la plaza del mercado.

Desde luego se prohibió la crucifixión por motivos obvios y  se sustituyó por la horca. Constantino favoreció el auge del cristianismo construyendo iglesias por todo el imperio. San juan de Letrán  en Roma se erigió sobre un palacio que pertenecía a la guardia pretoriana de su enemigo Majencio, también prohibió la magia y los sacrificios a los dioses y concedió grandes ventajas fiscales a la iglesia cristiana.

El “decimotercer apóstol”

Un año más tarde, en el 337 murió después de  reinar 31 años,  antes de morir fue bautizado y curiosamente lo hizo un obispo arriano. Fue enterrado en Constantinopla, su ciudad, en la iglesia  de los Santos Apóstoles, una pequeña iglesia con planta de cruz griega y coronada por cinco cúpulas, en un sarcófago de pórfido colocado en el espacio central y rodeado por las estatuas de los doce apóstoles.

Él fue llamado por la iglesia bizantina “el decimotercer apóstol”. El mausoleo se hallaba en una colina cercana a las murallas, la  iglesia no se ha conservado, sólo tenemos la descripción que de ella hizo Eusebio de Cesárea. La iglesia ortodoxa no tardó mucho en declararle santo,  lo mismo que a su madre Helena, pero la iglesia de Roma no le santificó, lo de su bautizo por un arriano les escocía, además de que la iglesia bizantina había recibido muchas más prebendas que la romana, cosa que  les escocía todavía más.

También el hecho de que hubiera asesinado a su cuñado, a su hijo y a su segunda mujer pesaba en su historial. Aunque verdaderamente el hecho de sorprender juntos en la cama a su hijo y a su madrastra fuera una injuria difícil de perdonar aun siendo cristiano. Pero a pesar de todos los beneficios otorgados a la religión cristiana, Constantino no  la declaró  religión oficial, fue el emperador Teodosio el que lo hizo cuarenta y tres años más tarde por el edicto de Tesalónica.

Teodosio era español y había nacido en Segovia, fue el último emperador de todo el imperio romano, a su muerte se dividió  en  Imperio de Oriente y de Occidente. Con el respaldo del poder oficial, la iglesia cristiana creció triunfalmente. El paganismo, en medio de prohibiciones de culto incluso de forma privada, falto de apoyo económico y expoliado de todos sus tesoros, se fue hundiendo lánguidamente  en el olvido.

 

Fernando del Rey, Premio Nacional de Historia 2020

En Retaguardia Roja estudia la violencia en territorio republicano durante los primeros meses de la Guerra Civil

LQYTD (5-11-2020

Fernando del Rey, catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y especialista en historia de Europa y España en el siglo XX, ha obtenido el Premio Nacional de Historia 2020, que concede el Ministerio de Cultura y Deportes, por su obra "Retaguardia Roja. Violencia y revolución en la Guerra Civil española"

Se trata de un estudio sobre la violencia en el territorio republicano durante los primeros meses de la guerra y lo ha editado Galaxia Gutenberg.

Desde una perspectiva centrada en los ciudadanos de a pie, "Retaguardia Roja" indaga en las lógicas subyacentes a la violencia que se desplegó contra los adversarios políticos en la zona republicana durante la guerra civil española (1936-1939).

El proceso electoral en los Estados Unidos de América

Autor: Luis Pueyo para revistadehistoria.es

Fue en el territorio de las 13 colonias inglesas de Norteamérica donde triunfó, por vez primera, una revolución que dio como resultado la aplicación en la práctica del ideario político de la Ilustración. Se trataba por tanto de la primera de las  “Revoluciones Atlánticas“, ciclo que se trasladaría a la vieja Europa poco tiempo después para regresar más tarde al nuevo mundo con la independencia de la América española.

Entre estos principios básicos se encontraban los derechos inalienables del Ser Humano: vida, libertad, igualdad jurídica pero también los derechos a la propiedad y conceptos tan importantes como la soberanía nacional o la separación de poderes.  Entre los documentos más destacados que nos dejó aquella epopeya tenemos la Declaración de Derechos del estado de Virginia y, por encima de todos, la Constitución de los Estados Unidos de América, todavía en vigor aunque modificada por enmiendas sucesivas.

Pero lo más importante fue que el nuevo régimen republicano se asentó en la doctrina de la Separación de Poderes segregando de manera clara la figura del Presidente de la República, provisto del poder ejecutivo, de la Cámara de representantes, que tendría toda la capacidad legislativa, si bien se establece para el jefe del estado la prerrogativa del veto temporal de cualquier ley.

Para la elección del Presidente y jefe de estado se estableció el sufragio, primero censitario, después universal masculino, con la excepción de las minorías étnicas y raciales y finalmente universal, incluyendo también a todas las mujeres mayores de edad ya en el siglo XX. Finalmente la elección del presidente se consolidó como uno de los momentos decisivos del proceso político norteamericano.

Podemos observar la consolidación de un sistema político bipartidista. Esto nos podría indicar falta de pluralidad política por la escasez de partidos. En realidad el sistema electoral permite la participación de infinidad de formaciones pero dificulta la elección de candidatos de partidos pequeños o no mayoritarios.

Se trata por tanto de un sistema mayoritario.  Quizás lo más interesante es el proceso de pluralidad dentro de los dos grandes partidos. No son partidos monolíticos, dirigidos por un líder que controla todos y cada uno de los nombramientos sino que diversos candidatos se miden en una dura y larga batalla por la elección como candidato

Para garantizar esa pluralidad, el candidato de cada partido es elegido en un largo y duro proceso de elecciones primarias. Dentro de un mismo partido (Demócrata-Republicano) se presentan diversos candidatos de manera individual, alejados en muchas ocasiones de la dirección del propio partido, que no suele interferir en el proceso y facilita la pluralidad de ideas y opiniones. Así  se llega a unas votaciones en las que son electores no solamente los simpatizantes de uno u otro partido, sino que cualquier ciudadano puede inscribirse en el proceso y votar a uno u otro candidato, dependiendo del estado. Normalmente acaban por enfrentarse dos candidatos, porque son los que más apoyos congregan. Los votantes eligen entre uno u otro y el más votado en cada estado obtiene unos delegados  o representantes que elegirán posteriormente  en una convención al candidato federal a la presidencia del país. Por tanto partimos de un proceso previo, transparente, con numerosos debates públicos entre candidatos, con numerosas propuestas que los votantes, sean o no afiliados al partido pueden votar.

Así llegaríamos al verdadero proceso electoral, a las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos.

La campaña electoral

Tras una dura y larga campaña electoral (que consume ingentes cantidades de dinero que no financia el estado sino diferentes actores sociales y empresariales, de manera pública) en la que se suceden debates electorales en televisión, que  son una tradición relativamente cercana, desde los 70, se llega al día de las votaciones. Es curioso que, como indica la propia Constitución, siempre se vota el primer martes después del primer lunes de Noviembre (tradición asociada a festividades religiosas y al final de la cosecha  y que se mantiene de manera simbólica). Hay que reconocer que los americanos han convertido la democracia en toda una tradición y en una gran fiesta nacional.

Aunque parezca lo contrario, la elección no es directa. No se elige directamente al presidente, sino a una lista de compromisarios o grandes electores que después se reúnen y eligen por mayoría al presidente. Es muy raro que un candidato que ha obtenido más votos populares obtenga menos compromisarios. Esto sólo se ha dado un par de veces en la historia de EE.UU. En definitiva, lo más importante es que, a pesar de no ser directa, los ciudadanos son conscientes de que es una elección presidencial, para elegir al presidente del país, y votan en consecuencia.

Tras el recuento estatal, es decir, en cada estado (no a nivel nacional-federal) el candidato más votado obtiene todos los compromisarios que tiene asignado ese estado-distrito. Finalmente se citan los 538 grandes electores y por mayoría absoluta eligen al nuevo presidente, que jura su cargo en enero del año siguiente, en concreto el 20 de enero, en una gran ceremonia en la capital federal, Whashington.  Así se elige al presidente, que es Jefe del Estado y Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas. Además en este proceso se elige también, en listas separadas a los representantes del Congreso de los EEUU.

Historia

La primera victoria de Viriato

Revistadehistoria.es (18-09-2020)

Viriato consiguió su primera victoria contra los romanos en 147 a.C. Cuando Roma, durante la Segunda Guerra Púnica contra Cartago, decidió conquistar Hispania, poco podía imaginarse que iba a tardar 200 años en hacerse completamente con ese territorio, librando innumerables y fieras batallas e incurriendo en ignominiosas traiciones.

Una de esas traiciones fue la que empujó a Viriato a la rebelión. En 185 a.C. tras años de guerra contra los Lusitanos, unos 30.000 de ellos acudieron pacíficamente a ver al Pretor Servio Sulpicio Galba animados por su promesa de tierras fértiles para establecerse, cultivarlas y habitarlas con sus familias, bajo la protección de Roma, con la única condición de permanecer leales a Roma.

Sin embargo el pretor mató a la mayoría, entre 9.000 y 10.000, y al resto los mandó como esclavos a la Galia. Entre los pocos que pudieron escapar estaba Viriato.

En 147 a.C., Viriato, que ya había conseguido gran fama entre los Lusitanos con sus acciones de guerrilla, se puso al frente de 6.000 guerreros para incursionar Turdetania.

Lo curioso es que los romanos consiguieron cercarlos, y les ofrecieron la paz, pero Viriato, con razón, desconfió de la palabra de los romanos y  rechazó su oferta.

Dispuso a sus tropas en línea de batalla como si pretendiera combatir, pero les dio órdenes de dispersarse tan pronto como montara a su caballo, alejándose de la ciudad de Tribola por distintas rutas, y le esperaran allí. (…) eligió a mil hombres de su confianza y combatió todo el día a los romanos, atacando y retrocediendo gracias a sus rápidos caballos. Tan pronto como conjeturó que su ejército se hallaba a suficiente distancia y a salvo, huyó, salvando así a sus hombres de una situación desesperada.

Tras huir del cerco y haciendo uso de sus tácticas guerrilleras a gran escala, Viriato emboscó a las tropas de Cayo Vetilio en el desfiladero del río Barbesuda. Vetilio disponía de 16.000 legionarios con caballería, cuatro legiones en total, pero Viriato conocía el terreno, y usándose a sí mismo como cebo, los condujo al desfiladero, donde sus hombres habían cavado zanjas ocultas con ramas, que se tragaban aquí y allá a la caballería romana, mientras los hostigaban con bolas de fuego arrojadizas, causándoles 4.000 bajas, entre ellas la del mismo Cayo Vetilio.

Esta victoria abrió las puertas de Carpetania, y abrió un período de grandes triunfos para Viriato.

 

Los primeros navegantes de al-Andalus

Por Leopoldo de Trazegnies Granda para revistadehistoria.es

En el manuscrito conocido como la Crónica del Moro Rasis y supuestamente escrita por la familia de Muhammad ibn Musa ar-Razi, dice:

“Las Espanias son dos […] una Espania es á Levante del sol, et la otra es al Poniente; et la Espania que es contra el Poniente, corren sus rios contra la mar grande que cerca todo el mundo”.

El autor de la crónica daba por sentado que la tierra era redonda y que un mar la rodeaba en su totalidad. Los árabes habían traducido a los filósofos griegos y por tanto, sabían perfectamente que Eratóstenes de Cirene en el siglo III a.C. había medido la circunferencia de la Tierra dando la cifra de 39.614 kilómetros.

Los andalusíes estaban acostumbrados a navegar por las costas de al-Andalus tomando como referencia los accidentes geográficos del litoral, como el macizo del Montgó en la costa de Denia en Alicante, o el Mulhacén de Granada que podían divisarse desde el mar. La navegación sólo era posible en primavera y otoño; con los vientos del este y el oeste, se podía llegar al punto más extremo del Próximo Oriente Mediterráneo, que era el puerto de Acre en la bahía de Haifa, actual Israel, y  por otro lado a la bahía de Cádiz.

La brújula constituyó un gran adelanto para la navegación europea de los siglos XIII y XIV. Generalmente se acepta que se inventó en China en el siglo XI. Los árabes no demostraron gran interés por este instrumento de navegación. Es probable que para ellos no fuera  imprescindible, acostumbrados a cielos despejados, eran expertos en la interpretación de la geometría del firmamento ya que desde tiempos antiguos cruzaban los desiertos con la única guía de las estrellas. Les sería más útil el astrolabio descrito por al-Biruni que la aguja imantada, a diferencia de los navegantes del norte de Europa que tenían que valerse de la brújula bajo cielos frecuentemente nublados.

El mundo medieval tenía sus límites bastante precisos en Occidente. Allí se encontraban las columnas de Hércules. La idea popular era que a partir de allí  se extendía “El mar de las Tinieblas”, el Mare Tenebrosum para los latinos y el Bahr az-Zalam (بحر الظلام) para los árabes. Más allá no había tierra según el lema “Non Terrae Plus Ultra”. Sin embargo, en los manuales cultos de geografía árabe se negaban estas creencias populares. Como dice el historiador Paul Lunde, una de las hazañas más grandiosas del espíritu humano fue llegar a suprimir la partícula “Non” del lema latino.

Para los navegantes el límite de las Columnas de Hércules sería más político que físico. En el siglo X magrebíes y andalusíes ya habían recorrido los mares del Atlántico y el Índico y dominaban por completo el Estrecho de Gibraltar (Vernet). Pero no eran los únicos, posiblemente los barcos bizantinos utilizaban los puertos del sur de la Península Ibérica cuando aún se hallaban bajo el poder del Imperio Romano de Oriente. Y a partir del siglo X las costas del océano eran patrulladas por la potente armada andalusí de Abderrámán III.

No solamente se navegaba por el Atlántico, sino que desde la antigüedad había faros construidos por griegos y romanos para orientar a los navegantes a todo lo largo del litoral atlántico europeo hasta llegar a Inglaterra donde se encontraban los dos faros romanos de Dover, como dos ojos mirando al Continente desde su punto más cercano.

Así pues, la mitología medieval sobre el miedo al océano Atlántico se basaba en leyendas populares que poco tenían que ver con los conocimientos científicos de la época. Las islas de Madeira y las Azores fueron conocidas por los navegantes hispanoárabes. Los árabes conocían las Canarias como las Islas Eternas y transitaron por el Atlántico y el Mediterráneo a tal punto que al decir de Ibn Hayyam (987-1075) en su Muqtabis:

“no navegaba por la costa andalusí ningún navío sin conocimiento del gobernador de Pechina-Almería” que era el principal puerto de al-Andalus.

Reinhard Heydrich, el verdugo de Hitler

Josep Torroella Prat en Revistadehistoria.es

Lidice es un pueblo checo situado a unos veinte kilómetros al noroeste de Praga. El 10 de junio de 1942 los nazis lo destruyeron después de ejecutar a toda la población masculina joven y adulta y enviar a campos de concentración y reeducación a las mujeres y a los niños. ¿Qué crimen habían cometido sus pobladores para merecer semejante castigo?

Ellos, nada. Pero algunos días antes se había perpetrado en Lidice un atentado mortal contra Reinhard Heydrich, Protector de Bohemia-Moravia, brazo derecho de Heinrich Himmler y una de las personas más apreciadas por Hitler. El Führer, enfurecido, quería represalias y las hubo. Como Oradour, en Francia, Lidice es un pueblo mártir que recuerda hasta donde podía llegar la barbarie de los que lucían brazaletes con la cruz gamada cuando alguien osaba levantar la mano contra ellos.

Heydrich era un hombre alto, esbelto, rubio, de ojos azules, bien parecido. Nada que ver con otros altos dirigentes nazis como Göring, Himmler o Hitler. El sí podía presumir de pertenecer a la raza aria. También era frío, calculador, inteligente, soberbio, ambicioso, despiadado… Por otra parte, practicaba muy bien la esgrima y era un amante de la música clásica, incluso tocaba el violín y el piano. Algunos biógrafos le han definido como un “bruto refinado”. Claro que esto también se podría decir de otros criminales nazis.

Cuando Hitler empezó a bramar contra el diktat de Versalles, los judíos y los comunistas, Heydrich era un joven oficial de marina. Tenía un futuro prometedor en la Reichmarine. Pero su carrera se vio truncada por un asunto de faldas. Entonces, sin ocupación alguna, Heydrich ingresó en el NSDAP y en las SS, y escaló posiciones rápidamente en la maquinaria represiva del régimen.

La carrera política de Heydrich dio un salto cuando, el 20 de abril de 1931, fue nombrado jefe de la Gestapo, cargo que compartió con Himmler. A partir de aquel momento el nombre de Heydrich quedó asociado para siempre a una serie de acciones criminales. La primera fue el descabezamiento de las SA durante la Noche de los Cuchillos Largos. Después Heydrich fue el cerebro de varios complots contra altos cargos considerados persona non grata por los máximos dirigentes nazis. Si, para hacerlos caer en desgracia, hacía falta acusarlos de homosexuales o de tener gotas de sangre judía, se hacía.

Cuando estalló la guerra, en setiembre de 1939, Heydrich dirigió los grupos móviles de las SS, los Einsatzgruppen, tropas especiales encargadas de limpiar los territorios ocupados por la Wehrmacht. Judíos, gitanos y comunistas fueron sus víctimas principales. Pero también escritores, funcionarios, docentes, banqueros, periodistas…O sea, la élite cultural, política y económica. Cientos de miles de persones murieron durante aquellas acciones de limpieza étnica e ideológica, sobre todo en los países del este.

El nombre de Heydrich también está asociado a la Solución Final. Acérrimo enemigo de los judíos –quizás porque sospechaba que podía tener alguna gota de sangre hebrea– planeó junto con otros líderes nazis la eliminación industrial del pueblo judío. Fue el principal protagonista de la reunión de Wannsee del 20 de enero de 1942, a la que acudieron una quincena de jerarcas del régimen convocados por Heydrich. Adolf Eichman, que actuó como secretario, presentó un documento con la población judía que habitaba en cada uno de los países de Europa. En poco más de una hora y media, aquellos hombres decidieron el destino de millones de seres humanos. Dieron el “gran salto”: se pasó de los asesinatos en masa al genocidio.

Con todo, Heydrich será recordado sobre todo como Protector de Bohemia y Moravia. Hitler creó este protectorado tras la ocupación de Checoslovaquia, meses después de anexionar los Sudetes al III Reich. En Praga, Heydrich actuó como un virrey, un alter ego del Führer. Hizo y deshizo a su antojo. En los tres primeros meses de ocupar el cargo descabezó la resistencia checa. Fueron ejecutadas más de 500 personas y muchas más enviadas a la cárcel. Naturalmente, Heydrich actuó también contra los judíos, muy numerosos en Praga. El Protector recordaba a los checos sus obligaciones con el esfuerzo bélico alemán y les amenazaba con terribles castigos si no las cumplían. Los checos le temían y pronto le apodaron El carnicero de Praga, El verdugo de Hitler, La Bestia Rubia…

Heydrich creía que había acabado con la resistencia, pero estaba equivocado. Una noche del mes de diciembre de 1941 un comando procedente de Gran Bretaña fue lanzado en paracaídas en territorio bohemio. Los componentes del comando, que pronto contactaron con miembros de la resistencia interior, eran oficiales checos que habían huido de su país tras la ocupación de éste por la Wehrmacht. Su misión era matar a Heydrich. El atentado comportaba un alto riesgo. Hasta entonces ningún alto cargo nazi había sucumbido a un atentado.

Por muy bien que se planee un atentado las cosas nunca salen como era de esperar. Y este no fue la excepción a la regla; los planes se torcieron desde un principio. En el último momento, cuando un miembro del comando disparó contra Heydrich en una curva de una calle de Lidice, la metralleta se encasquetó. Pero Heydrich cometió un grave error. Hombre altivo, en vez de ordenar al chófer que pisara el acelerador, se levantó de su asiento, desenfundó la pistola y empezó a disparar contra su agresor. Fue entonces cuando otro miembro del comando lanzó una bomba casera contra el automóvil, y el artefacto sí explotó.

El Protector murió unos días después a causa de las graves heridas sufridas en el atentado. Los que habían cometido la agresión y sus colaboradores también perecieron, pero vendieron caras sus vidas en una cripta de Praga tras algunos días de lucha. En cuanto a los vecinos de Lidice, ya sabemos qué ocurrió con ellos por designio de Hitler.

Al morir, Heydrich tenía tan solo 39 años. A aquella edad había sido jefe de la policía criminal, de las SS y de la Gestapo, protector de Bohemia-Moravia, planificador de la Solución Final… Responsable, en definitiva, de un cúmulo de atrocidades cometidas en los territorios del III Reich. Con razón se han dicho y escrito cosas durísimas contra él. Incluso en autobiografías de algunos dirigentes nazis, como las Albert Speer, el arquitecto de Hitler. No es ningún secreto que Heydrich era temido incluso por altos cargos del partido. Como apunta más de un historiador, es probable que sus superiores le enviaran a Praga para no tenerlo cerca.

 

La epidemia del sudor inglés

 

Luciano Andrés Valencia para revistadehistoria.es

Entre 1485 y 1551 se registraron en Inglaterra y en otros países sucesivos brotes de una extraña patología conocida como sudor inglés, sudor angleis, sweating sickness o enfermedad del sudor, que causó miles de muertes entre la población.

El primer brote se declaró en Milford Haven, en los soldados de Enrique VIII, entre su ascensión al trono el 7 de agosto y la victoria de Bosworth del 22 de agosto de 1485 en el marco de la Guerra de las Dos Rosas.

A Londres llegó el 28 del mismo mes, cuando Henry arribó con su ejército para señor la corona como primer rey de la dinastía Tudor. La epidemia se expandió tan rápidamente que la coronación tuvo que retrasarse. Llegó a decirse –quizá exagerando las cifras- que ni siquiera las primeras personas afectadas sobrevivían, lo que la volvía mucho más mortal que las pestes de entonces. Los muertos comenzaron a acumularse en las calles y en las casas. Dos Lords y seis regidores murieron en la misma semana. Cerraron los comercios y la Universidad de Oxford.

Los síntomas podían describirse de la siguiente manera: súbitos escalofríos y fiebres violentas, cefalgia, letargia, transpiración profunda, fetidez y, en algunos casos, erupción vesicular. La mayoría de las personas afectadas morían a las 24 horas del comienzo de los síntomas, aunque muchas lo hacían antes. El único tratamiento que se aplicó entonces era permanecer en la cama para evitar el enfriamiento y no dormir hasta pasadas las 24 horas. Quienes sobrevivían este tiempo –menos del 1%- quedaban curadas, aunque algunas volvieron a tener dos o tres episodios más.

Lo curioso es que a las pocas semanas la enfermedad desapareció tan rápido como había surgido, y que, esta vez se limitó a Inglaterra, sin propagarse por Escocia, Irlanda o la Europa continental.

Se registraron nuevos brotes en 1502, 1507/1508, 1517, 1528 y 1551/52. En el de 1502 murió Arthur, príncipe de Gales, de 15 años, hermano menor de Enrique y casado con Catalina de Aragón, aunque estudios más actuales señalan que podía haberse debido a problemas genéticos. En el brote de 1507/08 había descendido la virulencia, por lo que se registraron menos casos fatales. No pasó lo mismo con el de 1517 que, entre junio y diciembre causó miles de muertos en todo el país y fue acompañado de epidemias de peste, sarampión y difteria. El de 1528 tuvo carácter internacional, porque se propagó por los estados alemanes, Países Bajos, Escandinavia, Suiza, Lituania, Polonia y Rusia. En cada lugar la afección duró alrededor de dos semanas, desapareciendo a fin de año, excepto en Suiza que duró hasta 1529. En Europa se la llamó la peste inglesa.

La de 1551 fue acaso la mejor documentada, ya que de ella se ocupó el más eminente médico de las Islas Británicas: John Caius (1510-1573). En 1552 publicó A Book of Conseill against the disease commonly called the sweat o Sweating Sicknessk, convencido de la necesidad de contar con bibliografía sobre esta  nueva enfermedad que desesperaba a los médicos por no hallarse mencionada en los tratados clásicos de Hipócrates, Galeno y otros.

La epidemia de 1551 mató a 900 personas. Como sostiene Caius:“nadie pensaba en sus obligaciones cotidianas; las mujeres llenaban las calles con sus lamentaciones y plegarias y las campanas plañideras doblaban día y noche (…) La enfermedad aparecía sin avisar; en la mesa, de viaje, a cualquier hora del día, y no había perdido nada de su antigua malignidad, hasta el extremo de que muchos morían a la hora, o a las dos horas, de haber sentido los primeros síntomas”

Este autor condenaba la falta de higiene de la población de la época, a la que culpa de la expansión de la epidemia. Menciona también algunos remedios clásicos como “raíz de China, guayaco y triaca”. Historiadores de la medicina la atribuyen también a las aguas residuales, las comidas copiosas (en las clases adineradas), el hacinamiento y la falta de jabón.

El “sudor de Picardía”

En 1718, pasados casi dos siglos de los brotes anteriores, se registró en el norte de Francia, la Península Itálica y el sur de Alemania un mal que llamaron Sudor de Picardía o Suette de Picards, que tenía los mismos síntomas que el sudor inglés, pero que duraba más tiempo, aunque su mortalidad era menor y venía acompañado de erupción cutánea (miliaria). Brotes periódicos se registraron entre 1718 y 1861.

En los siglos posteriores se trató de incluir esta enfermedad en alguna clasificación diagnóstica. Para Guthrie no era influenza ni tifus, sino una infección por virus. En el caso francés señala que podría tratarse de escarlatina maligna. Ambas enfermedades podían clasificarse como fiebres miliares complicadas por fiebre reumática. Bridson, en cambio, lo asocia con el hantavirus. Este autor notó además que esta enfermedad brotaba en verano y desaparecía en invierno, lo que es coherente con su teoría. Para el microbiólogo Edward Mc Sweeganm, podría haberse tratado de una intoxicación por ántrax presente en la carne cruda y cadáveres infectados.

Sea cual fuera la clasificación que le demos actualmente, la enfermedad de sudor queda como una curiosidad histórica igual que el mal de San Vito, el mal de San Antonio, la drapetomanía o la americanitis.

La expedición Balmis y la vacuna de la viruela

 

Luis Pueyo en revistadehistoria.es

Otro de los grandes desconocidos de nuestra historia, al servicio del monarca español Carlos IV, el militar y cirujano del ejército, el alicantino Francisco Xavier De Balmis protagonizó una epopeya histórica que salvaría millones de vidas y que sería la primera misión humanitaria de la historia.  La expedición Balmis, tras sortear innumerables dificultades, consiguió la hazaña de llevar la vacuna de la viruela hasta las colonias americanas, salvando millones de vidas y protagonizando una de las expediciones  científicas más exitosas de todos los tiempos.

Durante todo el siglo XVIII el virus de la viruela había provocado una espantosa mortalidad a lo largo y ancho del  mundo. Periódicas  epidemias habían diezmado a las poblaciones y dejado graves secuelas a los supervivientes. En 1796 se había logrado el hallazgo de la vacuna precisamente tras constatar el médico británico Edward Jenner que las personas que estaban en contacto con vacas contagiadas de viruela bovina adquirían inmunidad respecto a la viruela humana.

A partir del hallazgo de que inoculando en las personas sanas el virus vacuno se lograba que el virus humano no prosperase, el mayor problema estribaba en cómo distribuir la vacuna a toda la población en riesgo teniendo en cuenta los pésimos transportes de la época y las inexistentes condiciones de conservación.

Es entonces cuando aparece la figura excepcional de Francisco Xavier de Balmis. Este logra convencer al rey Carlos IV de la trascendencia de financiar una expedición que permitiese transportar la vacuna a los territorios americanos, donde la viruela estaba causando terribles estragos.  La expedición Balmis, conocida como Real Expedición Filantrópica de la Vacuna , parte de La Coruña en la corbeta María Pita, bajo la dirección naval del capitán Pedro del Barco y España en noviembre de 1803 y arriba a Puerto Rico en febrero de  1804 trasladándose después a Venezuela, Cuba y México, desde donde Balmis se dirige después a Filipinas, lo que de paso sirvió para propagar la vacuna por Asia. Desde México se produjo también su irradiación a toda la América española.

Aunque pueda resultar éticamente reprobable a día de hoy, ya que La expedición Balmis utilizó un grupo de niños huérfanos como cobayas para que la vacuna llegara en perfectas condiciones tras tan largo viaje, no lo era entonces y de hecho fue visto como un logro científico que puso a España muy por delante del Imperio Británico, que no había conseguido que la vacuna arribara a territorios de ultramar en condiciones de viabilidad.

Del éxito de la expedición Balmis dan fe las miles de personas que salvaron sus vidas tras su inoculación. Además consiguió que una tupida red de personas se dedicara a continuar vacunando a más gente, manteniendo la vacunación, logrando así que las epidemias variólicas remitieran en una gran proporción. De esta manera la hazaña del Doctor Balmis constituyó un éxito absoluto, dando comienzo a lo que en nuestras sociedades contemporáneas conocemos como ayuda humanitaria. Toda la comunidad científica se rindió a sus pies, incluso el propio Jenner,  logrando así que España haya quedado en los anales como patrocinadora de la primera acción filantrópica de la historia.  Los más destacados expertos médicos destacan la Real Expedición de la vacuna como uno de los grandes hitos de la historia de la humanidad.

El golpe de estado de Mola y el inicio de la Guerra Civil

 

Luis Pueyo para revistadehistoria.es (4-01-2020)

Hace ahora 80 años un golpe de estado militar desencadenaba, tras su fracaso, la Guerra Civil Española que condujo al país a una larga dictadura, la del General Francisco Franco. Curiosamente Franco, el gran beneficiado políticamente del Golpe no estuvo detrás del diseño de la asonada militar. El verdadero “director” del golpe, nombre con el que era designado en las “instrucciones reservadas” que establecían milimétricamente las operaciones necesarias para el triunfo del  levantamiento, fue el general nacido en Cuba Emilio Mola Vidal.

La conspiración que dirigió Mola comenzó a fraguarse mucho más pronto de lo que la historiografía oficial había propagado durante décadas.  Y además no era una conspiración cualquiera, decidida por un grupo de locos que no contaba con apoyos de  importancia sino que nada más proclamarse el triunfo de las izquierdas en las elecciones de febrero de 1936 comenzaron las discretas reuniones en diversas viviendas de Madrid entre Mola y otras personalidades civiles y militares con el fin de derribar lo antes posible a un gobierno que, si bien había vencido legítimamente unas elecciones, consideraban que podía llevar al país al desastre y a la revolución proletaria.

Hay que reseñar que nada más constituirse el gabinete presidido por Manuel Azaña, algunos medios de extrema derecha, como El pensamiento Alavés,  carlista, aseguraba que:

“no sería en el Parlamento donde se libraría la última batalla, sino en el terreno de la lucha armada”

Y que esa lucha partiría de:

“Una nueva Covadonga que frente a la revolución sirviera de refugio a los que huyeran de aquella y emprendiera la reconquista de España”

Aparecen ya aquí, desde los primeros momentos del gobierno legítimo de las izquierdas, las consignas propias del conservadurismo más tradicionalista. Debemos reconquistar España para la religión católica, librándola de un gobierno ateo y antiespañol. Mientras tanto, como decíamos, los conspiradores se reúnen discretamente en un piso de Madrid. El 8 de Marzo hablan, entre otros, los generales Mola, Orgaz, Villegas, Fanjul, Franco,  Saliquet , el coronel Valera y el teniente coronel Valentín Galarza en representación de la UME (Unión Militar Española), facción ultraconservadora del ejército. Allí deciden que es necesario poner en marcha un golpe de fuerza que tumbe al gobierno recién nombrado y que restablezca el orden

“en el interior y el prestigio internacional de España”

El nuevo gobierno salido del golpe de Estado estaría formado por una Junta Militar dirigida por el General  José Sanjurjo, golpista en el 32 que había conseguido exiliarse en Portugal tras ser indultado por el gobierno de derechas. Aunque en estas primeras  reuniones no quedó claro ni definido el organigrama ni las posiciones definitivas de los conspiradores ( el propio Franco se negó sistemáticamente a dar su visto bueno al golpe, quizás por temor a su fracaso y posterior fusilamiento) queda fijada una fecha, el 20 de Abril, para el inicio de la sublevación, contando con la estructura de la UME. No obstante parece que el gobierno  detecta parte de la conspiración y detiene a alguno de sus miembros como Orgaz y Valera, teniendo el grueso del plan que ser pospuesto. Además, el general  Mola, destacado anteriormente en otras intentonas golpistas contra la democracia parlamentaria, como la del 32,  fue destinado a Navarra, al igual que Franco a Canarias y Goded a Baleares, con el objetivo de alejarlos lo máximo posible de los destacamentos de mayor relevancia dentro del ejército.

No obstante Mola, desde su destino en Pamplona, continuará con el proyecto, distribuyendo sus “instrucciones reservadas” en las que detallaba una toma “extremadamente violenta” del poder, con el objeto de reducir lo antes posible “al enemigo que es  fuerte y bien organizado”. En Pamplona contactó con el carlismo  y laboriosamente trató de comprometer en el alzamiento a numerosas guarniciones. Sin  embargo no se aseguró del triunfo del levantamiento en importantes plazas, sobre todo en la capital, Madrid, ni en Cataluña y Valencia, lugares, a la postre en los que fracasaría el golpe.  Tampoco logró un apoyo unánime de la Guardia Civil, algo que resultaría clave en el posterior fracaso del golpe.

Por el momento, a principios de Julio, Mola no tenía asegurada la participación de los carlistas, con los que habían surgido diferencias ni tampoco tenía asegurado el de las milicias de Falange, con su líder Jose Antonio Primo de Rivera en prisión.  Sin embargo el plan continuaba en marcha y el “director” había ya comprometido a numerosas guarniciones que tenían la orden de implantar el estado de guerra en sus demarcaciones, la primera de todas la de África, tal y como sucedió el 17 de julio. Mola, tras apoderarse de Navarra, dirigiría una columna hacia Madrid, en previsión de las dificultades con las que podría encontrarse Fanjul en la capital. Franco, que tomaría el control del ejército de África, cruzaría el estrecho y se dirigiría también hacia la capital.

Franco, sin embargo, no acababa de decidirse y Mola desesperaba en Pamplona, refiriéndose a este como “Miss Canarias 1936”. Solo tras el asesinato del líder de la derecha y exministro de la dictadura José Calvo Sotelo, que también estuvo implicado en los preparativos del golpe, Franco aseguró su participación. Faltaban 4 días para el “alzamiento” del “movimiento nacional”. El futuro Jefe de Estado y dictador, Francisco Franco, tomó un vuelo (el famoso avión Dragón Rapide) desde Canarias hasta Marruecos, financiado a través del diario ABC por el banquero fugado de prisión Juan March,  poniéndose al frente del golpe en África. El día 18 el golpe estallaría en el resto de la península. Su fracaso nos condujo a la triste y desastrosa Guerra Civil. Una serie de funestas casualidades, en forma de accidentes, llevaron a Franco al poder supremo.

F de R. El alzamiento se inició el 17 de julio con la toma de la Comandancia Militar de Melilla, se extendió el día siguiente al resto del Protectorado  y a Canarias y el 19 a la Península.

BIBLIOGRAFÍA:

-       Elaboración propia

http://geoghistoria.blogspot.com.es/search/label/GUERRACIVILESPAÑOLA

-       J ACKSON, GABRIEL: La República  Española y la Guerra Civil

-       GIL PECHARROMÁN: La Segunda Repúblia. Esperanzas y frustraciones. Historia 16.

-       CASANOVA, JULIÁN: República y Guerra Civil en Historia de España dir. Josep Fontana

Dos siglos del pronunciamiento del general Riego

 

Danny Móstoles en revistadehistoria.es (2-1-2020)

Se cumplen doscientos años del primer pronunciamiento de Riego contra el rey Fernando. El 1 de enero de 1820, el teniente coronel Rafael de Riego, en la localidad sevillana de Cabezas de San Juan, dirigió un alzamiento contra el rey Fernando VII a consecuencia de su gobierno absolutista y despótico.

El pronunciamiento tuvo éxito y dio paso a un periodo de tres años en los que el monarca tuvo que aceptar la Constitución de Cádiz, creada el 19 de marzo de 1812 y permitir una monarquía constitucional en España. Esta etapa, desarrollada entre 1820 y 1823, se la conoce como el Trienio Liberal.

Desde su regreso a España, tras finalizar la Guerra de Independencia, Fernando VII se destacó por ser un monarca tiránico y despótico que había regresado al absolutismo del Antiguo Régimen. Había rechazado la Constitución de Cádiz y a partir de 1814, inició su reinado absolutista, llevando a cabo una dura política de represión y persecución de los afrancesados y liberales. No fueron pocos antes que Riego los que intentaron derrocar al rey Fernando, si no del trono, por lo menos de su gobierno absolutista. Algunos ejemplos son el de Diez Porlier (1815), el de Lacy (1816) o el de Vidal (1819), que además de acabar en fracaso, supuso la ejecución de todos ellos.

Rafael de Riego nació en 1784 en Asturias. Pertenecía a una familia de hidalgos de la región y desde muy joven, nada más estallar la guerra contra los franceses, se unió al ejército para combatirlos desde 1808 con el grado de capitán. Al poco tiempo de empezar este conflicto, fue hecho prisionero por el ejército francés y llevado a Francia. Allí fue donde entró en contacto con las ideas liberales y masonas que defendería posteriormente durante toda su vida. Tras viajar por otras ciudades europeas,   regresó a España tras acabar la guerra y llegó a jurar la Constitución de  Cádiz, aunque fue derogada por el rey Fernando a su regreso a España.

A finales del año 1819, Riego tenía el grado militar de teniente coronel  y recibió el mando de un batallón con el encargo de ir a las colonias americanas para sofocar las insurrecciones que se estaban desarrollando prácticamente desde el regreso del monarca al trono. Con la ayuda de otros militares, como fue el caso del coronel Antonio Quiroga, que apoyó el golpe desde Cádiz, Riego proclamó la Constitución de 1812 y se rebeló contra el Conde de Calderón, quien estaba al mando de toda la expedición que debía embarcarse para América.

En Cabezas de San Juan, Riego arengó a sus hombres para que lo apoyaran en el alzamiento. Estos lo seguirían en aquel levantamiento. Sin embargo, Riego no recibió una respuesta favorable por parte del ejército en otros puntos del país y tímidamente, sus tropas marcharon durante esas semanas por Andalucía para encontrar tropas que se unieran a la causa. No encontró muchos apoyos y parecía que este pronunciamiento iba a terminar de la misma forma trágica que todos los anteriores.

A finales de febrero, el movimiento de Riego estaba casi disuelto al no ser secundado por otras unidades militares y él, junto con algunas de sus tropas, se refugió en las montañas extremeñas. Sin embargo, a finales del mes de febrero, estalló en la Coruña, después en Vigo y Ferrol, una insurrección liberal que se fue extendiendo por toda España. A comienzos de Marzo, en la capital, los insurrectos rodearon el Palacio Real y Fernando vii no tuvo más remedio que someterse a la voluntad de la nación y juró la Constitución de Cádiz.

El pronunciamiento de Rafael de Riego no debe verse como un caso aislado ni en España ni en Europa. Ese éxito de comienzos de 1820, fue como una mecha que se extendió por otros países europeos. Desde la caída de Napoleón en 1815, las naciones europeas habían querido regresar al Antiguo Régimen, pero el germen del liberalismo, fruto de la Revolución Francesa, estaba demasiado presente y era imposible que el absolutismo pudiera mantenerse.

Así, tras la insurrección llevada a cabo por Riego, en Portugal se produjo otro alzamiento para que la familia real portuguesa regresara desde Brasil y aceptaran la nueva constitución portuguesa, parecida a la de Cádiz. Lo mismo ocurrió en Italia con Nápoles y el Piamonte. Hubo conatos de rebelión en Francia y Rusia y en Grecia se produjo la guerra de independencia contra el Imperio Otomano.

Volviendo a España y al Trienio Liberal, la popularidad de Riego no se quedó solamente en el pronunciamiento. El gobierno liberal lo nombró general y mariscal de campo. Su popularidad durante estos tres años fue en aumento y participó en los asuntos de la vida política del país. En 1822 siendo diputado, llegó a presidir las Cortes del gobierno liberal más exaltado.

A pesar de que Fernando vii, aceptó este gobierno constitucional, de forma clandestina contactó con potencias absolutistas de Europa y en 1823, tropas francesas, al mano del duque de Angulema, denominados los Cien Mil hijos de San Luis, invadieron España y fueron poco a poco restaurando el poder absoluto para el monarca español.

Durante esta invasión, Riego tuvo que huir a Andalucía, pero fue finalmente capturado. Riego sería trasladado a Madrid y pidió clemencia el rey Fernando, ya completamente restaurado en el trono, de forma absolutista. Sin embargo, el monarca no tuvo clemencia y lo declaró traidor, siendo ahorcado en Madrid en 1823.

La andanza de Riego no duró mucho, pero su leyenda y la popularidad de su alzamiento han perdurado durante la historia, recordándole siempre como un héroe nacional y que luchó por la libertad, convirtiéndose como un mártir de la causa liberal tras su ejecución. A pesar de que Fernando vii regresaba al absolutismo, ya España nunca sería una nación del antiguo régimen. La Revolución Francesa primero, y el pronunciamiento de Riego, fueron el germen para la transformación política que vivió España durante el resto del siglo xix.

 

Nijuu Hibakusha. “Doble irradiación”

Historiados Podcast para revistadehistoria.es

El periodista, reportero y escritor suizo Fernand Gigon (1908-1986) fue un gran especialista en el Lejano Oriente. Sus informes sobre Japón, China o Vietnam le valieron reputación internacional a mediados del siglo pasado. Gracias a él conocemos la historia de Enemon Kawaguki.

Kawaguki era ingeniero de proyectos en la enorme fábrica de Mitsubishi. Cuarenta años, tipo enérgico, deportista consumado y regular a pesar de que aquellos días los turnos de trabajo parecían no terminar nunca. Su fábrica se dedicaba a la industria bélica y era un objetivo militar que había sido ya atacado varias veces. Kawaguki quería ver el lado bueno de todo aquello y siempre decía que peor era estar en el frente.

Nijuu Hibakusha. “Doble irradiación”

Pasaban pocos minutos de las ocho de aquella mañana de agosto cuando, desde su despacho, escuchó cercano el ruido de un avión. No había dudas, era un bombardero americano. La mayoría de los trabajadores corrieron a los refugios aunque no había sonado la sirena. Kawaguki se confió y se entretuvo, pensando que podía ser un avión de propaganda o de reconocimiento. Un solo avión no representaba demasiado peligro. ¡Anda que no habían venido oleadas de ellos en los meses anteriores! Aquellos sí que daban miedo.

De repente, algo explotó a unos 5 kilómetros de distancia. Tras un fogonazo, un gran resplandor, nuestro protagonista, ensordecido, perdió el sentido y en posteriores entrevistas afirma que nunca pudo recordar exactamente qué vio o sintió en ese preciso momento. Tras un tiempo indefinido recobró el sentido. En este punto los recuerdos son más nítidos: una pieza de metal le había golpeado y una teja le había herido en la espalda. Estaba desnudo, no sabía por qué. En la fábrica no había nadie. Solo veía enormes llamas por todas partes. Salió de allí como pudo, solo para notar que se estaba levantando, en sus propias palabras,

“un viento tan candente como una llama oxhídrica”.

Como soplaba desde el centro de Hiroshima, intentó en primera instancia huir en dirección al mar. Cruzó a nado el río que rodeaba su fábrica, pero no pudo salir en la otra orilla porque la situación allí era también infernal. Gracias a su buena forma física pudo mantenerse un tiempo prudencial en el agua. Cuando al fin el cansancio le obligó a abandonar el río, subió a un collado solo para ver como el fuego destruía una ciudad entera.

Hoy sabemos que, en Hiroshima, el calor alcanzó los 3.000ºC, que carbonizó literalmente a miles de personas y que la ciudad fue consumida por cientos de incendios sin control. Muchos otros perecieron sepultados bajo los destrozados edificios o golpeados por el escombro. La gente se lanzaba desesperada a ríos cercanos. Murieron más de 200.000 personas, la mitad de la población de la ciudad, y desaparecieron entre 50.000 y 60.000 edificios. La mitad de las víctimas aproximadamente no moriría en esas primeras horas, sino años más tarde, culpa de la radiación y las quemaduras.

En este momento Kawaguki se vino abajo, sin fuerzas y cayó rendido en la orilla de puro agotamiento. Cuenta que despertó a media tarde, un poco más aliviado gracias a la ligera brisa que venía del mar y con algo de fuerza recuperada, y que se puso a andar.

AI caer la noche había conseguido llegar a la periferia de la ciudad y se topó con un tren abandonado entre los restos de una literalmente destrozada estación ferroviaria. El tren le salvó. Subió a un vagón y se acurrucó. Su cuerpo se sacudía entre estremecimientos provocados por el frío. Tenía muchísima hambre y su piel supuraba, por la exposición.

No se despertó hasta dos días después. Al principio no conseguía recordar nada. Estaba en una especie de tren-hospital que avanzaba lentamente durante un tiempo que le pareció eterno. Por los vagones se movían, inquietas y nerviosas, varias enfermeras, que cuidaban a heridos más graves que él. Cuando el tren se detuvo por fin, el ingeniero Kuwaguki bajó por su propio pie y se dirigió al centro de aquella ciudad, intacta y tranquila. Después de lo que había pasado, le parecía estar soñando, junto a cinco o seis compañeros de viaje, tan asombrados como él.

Mientras caminaba por un camino cercano al mar, Kawaguki oyó el ruido de un avión e instintivamente levantó los ojos al cielo. Pánico. Pesadilla. Horror. Sobrecogido, se arrojó a una cuneta, aplastándose en el fango todo lo posible. Paralizado de terror, miraba el cielo por el rabillo del ojo mientras los que pasaban quedaban atónitos de su reacción.

Enemon Kuwaguki se encontraba en ese momento a unos cuatro kilómetros de distancia del punto cero de Nagasaki, y de nuevo volvía ver el resplandor cegador del sol atómico, el horror del hongo arremolinado hacia el cielo, el mar de ruinas y el horror de la muerte por todas partes.

En apenas pocos días, el brillante ingeniero técnico Kuwaguki conocerá dos veces el infierno. Casi pierde la razón. El resto de su vida lo pasará vagando, incapaz de concentrarse, sin ambiciones ni ganas de vivir. La silueta de un B-29 recortada en el horizonte le perseguirá hasta su muerte.

Morirá en 1957 en una cama de hospital, de cáncer atómico, con su cuerpo reventando en pústulas. Fue archivado como el caso clínico 163.641.

Tsutomu Yamaguchi.

Esta es sólo la historia de una de las personas que sobrevivieron a las dos bombas atómicas lanzadas sobre Japón. Es probable que hubiera más, sin duda, pero tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial en país del Sol Naciente era un caos y el Gobierno apenas dejó registros. Los poquísimos casos confirmados vienen del Museo de la Paz en Hiroshima, que calcula que pudieron existir unas 160 Nijū Hibakusha (personas doblemente bombardeadas).

Ante la falta de información, el productor nipón Hidetaka Inazuka empezó a investigar. En un documental llamado “Nijuu Hibaku” (Doble Irradiación), del año 2011, entrevista al último sobreviviente, Tsutomu Yamaguchi, de 90 años (moriría tres años después). Lo podéis encontrar en Netflix (2019) como Twice, the extraordinary life of Tsutomu Yamaguchi.

Yamaguchi tenía 29 años y delineaba tanques de petróleo para la Mitsubishi en Nagasaki. La casualidad quiso que el 6 de agosto se encontrara en Hiroshima en un viaje relacionado con su trabajo. La detonación de “Little Boy” le sorprendió a 2 km de la Zona Cero, afortunadamente protegido por una fortificada instalación de la zona industrial de los astilleros de Hiroshima. Sin embargo, Tsutomu sufrió quemaduras de gravedad en brazos y cara. Su vida no corría peligro así que fue vendado por completo y enviado desde el hospital a su ciudad natal, con la audición bastante deteriorada, eso sí. “La demanda era tanta que (los médicos) no podían hacer más”, sostuvo. Sólo recuerda un repentino gran flash de magnesio en el cielo y que luego saltó por los aires.

Como vemos, el relato de Yamaguchi coincide con el de Kawaguki, incluso en el hecho de que, cuando llegaron a Nagasaki, se vivía allí en el desconocimiento y la incredulidad.

“Le estaba contando a mi jefe en las oficinas de Nagasaki que una bomba había arrasado con toda la ciudad de Hiroshima. Él me decía que yo estaba loco cuando al mismo tiempo cayó la bomba sobre Nagasaki”, recordó sobre ese momento. Las oficinas del astillero se encontraban a unos tres kilómetros de la zona cero.

Salió vivo también de aquella, tras desmayarse, pasar siete días inconsciente en el hospital y hacer frente a unas terribles fiebres posteriores.

Su experiencia le permitió concienciarse del peligro nuclear y dedicó buena parte de su vida posterior a defender, en diversas conferencias la paz mundial, y la desmilitarización de las naciones. Sorprendentemente, Yamaguchi alcanzó a vivir 93 años, algo inaudito en alguien que había pasado lo que él.

Aunque figuraba en la lista de los Hibakusha (persona bombardeada) de Nagasaki, no fue hasta 2009 cuando el Gobierno japonés reconoció también a Yamaguchi como superviviente de la bomba de Hiroshima, convirtiéndose en la única persona reconocida oficialmente por el Gobierno en haber sobrevivido a ambos acontecimientos, aunque, como hemos visto, existen otros casos “no reconocidos”.

La certificación Hibakusha es algo importante, no solo nominal, ya que garantiza a los ciudadanos japoneses una compensación del gobierno que incluye chequeos médicos y cubre los costos de funeral. Oficialmente hay más de 360.000 hibakusha de los cuales la mayoría, antes o después, han sufrido desfiguraciones físicas y otras enfermedades provocadas por la radiación tales como cáncer y deterioro genético.

El cambio climático y su repercusión en la futura habitabilidad de nuestro planeta es un tema de plena actividad. En este artículo se explican las diferentes modificaciones experimentadas por el clima a lo largo de los siglos y su decisiva influencia en la evolución de la historia

El clima y la historia

Por Juan Jesús Llodrá González en revistadehistoria.es

 

Durante la historia del hombre el planeta ha sufrido cambios climáticos de manera natural que han provocado cambios históricos, ya que debían adoptar nuevas estrategias de supervivencia.

Actualmente estamos viviendo un periodo interglaciar, el Holoceno, que se inició hace unos 13.000 años durante los cuales ha habido fluctuaciones en las temperaturas provocadas por fenómenos naturales que han provocado periodos fríos o cálidos, correspondiendo los periodos cálidos a momentos en los que se desarrollan grandes cambios en la humanidad, mientras que los periodos fríos son momentos de crisis.

En torno al V milenio aC, hubo un periodo cálido que provocó que las poblaciones se desplazaran a lugares cercanos a los ríos para poder obtener alimentos huyendo de la progresiva desertificación. En estos momentos surgen las primeras ciudades en Mesopotamia y el imperio Egipcio con la unificación del alto y el bajo Egipto con la figura de Narmer I (c. 3100)  creando un imperio floreciente durante siglos al no depender de las precipitaciones gracias al Nilo.

Esta situación estratégica provocó numerosos conflictos en Egipto con distintas invasiones como la de los hicsos desde Palestina a mediados del II milenio, en pleno periodo cálido o la de los persas entorno al 520 en un periodo de descenso de las temperaturas que los empujaría en busca de zonas más fértiles en un momento de crecimiento de su imperio.

Durante el imperio romano encontramos un periodo cálido con inviernos templados y una humedad superior a la actual lo que facilitó el aumento de la producción de alimentos que conllevó un incremento de la población provocando la migración de campesinos a la ciudad, el desarrollo de las manufacturas y la expansión militar del imperio romano para obtener nuevos mercados.

La Edad Media marcada por el descenso térmico

La caída del Imperio Romano de Occidente y el inicio de la Edad Media están marcados por un descenso de las temperaturas que provoca la presión de los pueblos bárbaros en los limes romanos buscando nuevas tierras donde asentarse y el abandono de las grandes ciudades debido al descenso de producción agrícola marcado por este periodo más frío y el descenso del número de esclavos, lo que provoco un cambio del sistema productivo esclavista al servil.

En este periodo de cambios, que coincide con la peste de Justiniano (540 dC) un autor de la época, Procopio de Cesarea, informa que “el Sol estaba como apagado” y estudios dendrológicos confirman una disminución del tamaño de los anillos entre el 536 y el 550.

Este enfriamiento y disminución de las precipitaciones facilitó la aparición de epidemias, al disminuir la producción agrícola y el comercio, aumentando las migraciones de las ciudades al campo para cultivar nuevas tierras.

Entre el 900 y mediados del siglo XIV se inicia un nuevo periodo cálido, conocido como el periodo cálido medieval, es un periodo de crecimiento de la población debido a una climatología benigna que permite mejores cosechas y avances en la agricultura.

La Pequeña Edad de Hielo

Como en el periodo de crecimiento del imperio romano observamos un aumento del comercio, es el momento de las expediciones vikingas a Groenlandia y a la costa americana, la aparición de la Hansa, el desarrollo de la Mesta en Castilla para aprovechar los abundantes pastos para las ovejas…

A este periodo cálido seguirá uno conocido como la Pequeña Edad de Hielo, que durará hasta la mitad del siglo XIX. Este periodo se iniciará con años de un aumento de las precipitaciones y un  descenso de las temperaturas que provocará malas cosechas y facilitará la aparición de epidemias como la de la peste negra de 1347 que diezmara la población europea, dificultará las rutas comerciales marítimas del norte de Europa y obligara a los vikingos a abandonar Groenlandia y sus rutas con América.

Este periodo fue convulso en Europa, aunque el frío no afecto por igual a todo el continente sí que generó malas cosechas que afecto sobre todo a las clases más bajas que pasaron hambre debido a las malas condiciones climatológicas y que fueron motivo de descontento popular y una de las causas de la revolución francesa.

Con el clima mejoran las técnicas agrícolas

A finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII cuando el clima empieza a ser más benévolo y mejoran las técnicas agrícolas se produce una revolución agrícola que permitirá un crecimiento de la población y el desarrollo de la revolución industrial que establecerá un nuevo sistema social y económico en Inglaterra que se irá extendiendo por Europa.

El final de este periodo frío fue igual que su inicio con años de grandes precipitaciones que provoco en 1846 la Gran Hambruna de Irlanda obligando a muchos irlandeses a migrar a los EEUU.

Desde este momento estamos en un periodo cálido, en el cual observamos un aumento del comercio internacional con el imperialismo europeo en África y Asia debido al aumento de la productividad provocado por la revolución industrial y la necesidad de nuevos mercados.

Podemos concluir diciendo que los periodos cálidos han provocado momentos de crecimientos de población, con el desarrollo de las ciudades y aumento del comercio internacional, con lo cual podemos establecer una cierta relación entre el clima y los cambios socioeconómicos.

En la actualidad las consecuencias del clima cálido en el hemisferio sur ha provocado un aumento de las hambrunas y esto ha generado, en parte, las revoluciones de los países del norte de África, primavera árabes, y el incremento de los flujos migratorios hacia Europa huyendo de los conflictos provocados por el hambre y de las dictaduras que se intentaron derrocar mediante las revoluciones.

En el futuro los conflictos debido al calentamiento global, que aumenta de manera artificial debido a la actividad humana, afectaran a todo el mundo debido a la globalización incrementándose las disputas entre los países por el control de los recursos, ya hay disputas entre países por la construcción de presas en los grandes ríos, el control de acuíferos y el aumento de refugiados que huyen de lugares donde se producen hambrunas debido a las sequías extremas.

La Primera República

 

Francisco de Asís López Avellaneda en revistadehistoria.es

La Primera República es uno de tantos capítulos de nuestra dilatada historia de guerras y enfrentamientos, culmen del llamado “sexenio revolucionario”, iniciado unos años antes, en 1868. Consta, en realidad, de dos tiempos muy nítidos, cada uno de ellos poco inferior a un año. El primero, la República propiamente dicha, entre el 11 de febrero y el 3 de enero de 1874, cuando el sablazo del capitán de Madrid acabe con semejante dislate parlamentario.

A partir de ese momento, comienza la segunda parte del susodicho periodo, siendo uno de los momentos más rocambolescos en toda la historia de España, que coincide con el año 1874, y que bajo la jefatura del general Serrano, duque de la Torre, en realidad se prolonga la República sin declaraciones expresas ni pro ni contra, siendo zanjado a fines de ese mismo año por el general Martínez Campos en Sagunto, con la entronización del monarca Alfonso XII.

Desgobierno y disputas internas

La primera experiencia republicana en España es sinónimo del desgobierno y de disputas internas que, lejos de resolver los problemas acuciantes que en aquel momento tenía el país, los multiplica y divide aún más a una nación extremadamente frágil en la faceta política tras un siglo marcado, en buena medida, por la pérdida de las colonias de ultramar en los primeros años del siglo XIX.

El rey Amadeo de Saboya, ante el desconcierto imperante, decide abandonar España y el 11 de febrero de 1873, Martos y Ruiz Zorrilla, ambos pertenecientes a la masonería, proclamaron la Primera República. Aniquilada la monarquía existente, la experiencia republicana ulterior resultó insostenible, primero, porque sus impulsores no fueron capaces de articular un sistema que diera cabida a todas las ideologías existentes, que respetara a todos y que, en suma, procurara el bien de todos; segundo, porque la nación emprendió un camino de desintegración que amenazaba la unidad forjada a finales del siglo XV por los Reyes Católicos; y, tercero,  porque la facilidad con que los opositores recurrieron a las armas para defender sus propios intereses y la contundencia empleada en los últimos meses de dicho periodo por los distintos gobiernos dieron al traste con una etapa que no caracterizó, lamentablemente, por ser modélica ni ejemplarizante.

Por tanto, nos encontramos con una República que en menos de un año tuvo una cifra nada desdeñable de cuatro presidentes. Fue el primero don Estanislao Figueras, que solía repetir con verismo: “Yo no mando ni en mi casa”, y que tuvo que enfrentarse con un desfonde total de la disciplina cívica y militar. Al morir su esposa, el presidente de la República pide una temporada de permiso y le sustituye interinamente don Francisco Pi y Margall, teórico del federalismo, quien finalmente se hace cargo de forma definitiva del poder en el mes de junio, cuando es conminado para ello por un coronel de la Guardia Civil que se presenta en el Congreso. Durante la presidencia de Pi se redacta el proyecto de Constitución, de corte federalista, que implicaba en la práctica la desarticulación de la unidad nacional recuperada desde hacía cuatrocientos años y se asistió, en paralelo, a la irrupción de los cantones, pequeñas entidades que pretendían independizarse de cualquier poder, incluido el de las posibles entidades federadas. “Las regiones ABCD, Estados soberanos- rezaba el proyecto-, declaran en uso de su autonomía que quieren formar parte de la Federación española…”.

Bajo la presidencia de Pi, la unidad nacional se va, poco a poco, desgarrando. Los cantones pudieron ser reprimidos con suma facilidad por las autoridades, pero Pi y Margall se negó. Aquella erupción de entidades autónomas, al contrario de lo que se pueda pensar, no contradecía su visión de la nación sino que la reafirmaba. Se declaran las repúblicas independientes de Cataluña, Málaga, Cádiz, Sevilla, Granada, Valencia, Castellón…Para más inri, la de Granada declara la guerra a la de Jaén, la de Jumilla amenaza a todas las naciones vecinas, incluso a la murciana. Un pequeño pueblo junto a la raya de Toledo y Ciudad Real, Camuñas, se declara independiente y soberano. Sin duda, el cantón más tenaz fue el de Cartagena, donde el caudillo huertano Antonete Gálvez se apoderó de la plaza y de la escuadra, ordenó desde el puente de la Numancia el abordaje de las naves leales al gobierno- “¡a toa máquina!” y encabezó una marcha sobre Madrid que logró llegar hasta Chinchilla, a las puertas de Albacete.

La reacción de la República fue mantenerse en medio del desmoronamiento nacional y de una ofensiva carlista mediante el cambio de rumbo hacia un unitarismo preconizado por Nicolás Salmerón, a la sazón sustituto de Pi y flamante presidente de la República, el cual no tuvo más opción que recurrir a las fuerzas armadas para imponer el orden en medio del caos y el desconcierto. Los carlista, totalmente incapaces de capitalizar políticamente la desintegración republicana y el anhelo del país entero para salir del caos, trataban de lograrlo en los campos de batalla.. En 1873 toman Estella y entran en la ciudad de Cuenca bajo la dirección del hermano de su rey, don Alfonso Carlos proclamado como Alfonso VIII.

La agonía del régimen republicano

La presidencia de Castelar (7 de septiembre- 2 de enero de 1874)- un personaje al que se había vinculado repetidamente con la masonería, fue en la práctica, una dictadura en la que el régimen, cada vez con menos apoyo social, apenas consiguió atacar infructuosamente el cantón de Cartagena. El 2 de enero de 1874, el general Pavía hizo su entrada en el Parlamento en un acto que, con bastante frecuencia, suele interpretarse como el epílogo de la República cuando la realidad es que tan sólo pretendió sustentarla sobre bases más sólidas.  Preside la escena don Emilio Castelar, el cual asevera: “Yo, señores, no puedo hacer otra cosa más que morir aquí el primero con vosotros”.

El gesto de Pavía, secundado silenciosa y unánimemente por todas las fuerzas armadas, fue el primer pronunciamiento de la historia en que participó todo el Ejército como tal; todos los casos anteriores fueron pronunciamientos políticos de un militar o un grupo de militares en apoyo de un grupo político. Con el general Serrano al mando del ejecutivo, la República continuó la trayectoria dictatorial que ya se había iniciado con Castelar tan sólo unos meses antes.

Como todo el mundo estaba convencido de que la raíz de todos los males que aquejaban a la nación era política y cívica, se gestaba en los medio políticos un dramático cambio de escena como remedio universal. El autor material del hecho fue el general Arsenio Martínez Campos, que proclamó rey de España a don Alfonso XII el 20 de diciembre de 1874 en la plaza de Sagunto, ante dos batallones del brigadier Dabán. El jefe del Ejército del Centro, general Jovellar, y el capitán general de Cataluña, don Fernando Primo de Rivera, le ofrecen su cooperación inmediata. El jefe del ejecutivo, general Serrano, se inhibe en cuanto comprueba la actitud del ejército del Norte, favorable a don Alfonso, el hijo de Isabel II. No iba a encontrar oposición. La nación que trataba de recuperarse de tantas veleidades revolucionarias que la habían sumido en el caos y de la división jamás experimentada con tanta intensidad en tan poco tiempo, ansiaba tranquilidad.

 

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El castillo de Miravet, símbolo de la épica templaria

 

Por Iván Sánchez Raya para revistadehistoria.es

 

El castillo de Miravet se erige imponente sobre una colina desde la que se domina una magnífica panorámica de los frondosos meandros del río Ebro.

De hecho, es uno de los mejores ejemplos de arquitectura románica de transición de la Orden del Temple en Occidente y fue la sede de los templarios en la Corona de Aragón.

Aunque los templarios son probablemente los que han dejado más huella en Miravet, este castillo ha sido testigo de algunos de los capítulos más importantes de nuestra historia. Así, en este emplazamiento se han encontrado restos íberos del siglo II antes de Cristo. Entre finales del siglo XI y principios de los XII, los andalusíes reformaron y ampliaron la fortaleza para poder hacer frente a la presión militar de los condados catalanes. Sin embargo, el castillo de Miravet cayó finalmente en manos cristianas y Ramón Berenguer IV se lo cedió a la Orden del Temple, que entre la segunda mitad del siglo XII y XIII construyó el bloque rectangular del recinto superior.

Con la caída de los Templarios, el castillo pasó a manos de la Orden del Hospital hasta el siglo XIX. Estos tuvieron que adoptar medidas de repoblación tras la expulsión de los moriscos por parte de la monarquía hispánica en 1609. Durante la guerra de Sucesión, el castillo es tomado por las fuerzas felipistas. También fue escenario de las guerras carlistas del siglo XIX y de la guerra civil española. En este último caso, fue inicialmente ocupado por las tropas franquistas y en abril del 38 fue recuperado por las fuerzas republicanas, para pasar definitivamente al bando nacional durante el mes de noviembre de ese mismo año.

Recorrido 

Entramos por una barbacana de pequeñas dimensiones pero que cumplía perfectamente su función: impedir que el enemigo hiciera un ataque directo sobre la puerta de entrada. Accedemos así al recinto inferior, una amplia explanada a los pies de la puerta principal del castillo rodeada por una larga muralla. Este gran espacio protegido servía para impedir cualquier asalto organizado sobre el núcleo principal de la fortificación, además de ofrecer refugio a los aldeanos y su ganado.

El recinto superior está constituido por un bloque rectangular con torres en los ángulos y unos muros realmente imponentes. Accedemos por una pequeña bóveda de cañón que a la izquierda tiene un pequeño cuerpo de guardia y a la derecha se puede ver una cisterna de gran tamaño para resistir largos asedios. El patio de armas es quizás el lugar más emblemático del recinto. Es fácil imaginarse a los monjes-guerreros entrenando bajo un sol de justicia. Fácil quedar impresionado ante su resistencia y contundencia con las armas. No olvidemos que los templarios eran los primeros que entraban en batalla y los últimos que se retiraban. Cómo debían imponer a las filas enemigas con sus cánticos de salmos.

Alrededor del patio de armas, que parece transportarnos a una fortaleza de Tierra Santa, se distribuyen las principales estancias de la fortaleza, como un refectorio con bóveda de cañón apuntada por donde entra una luz tenue llena de misticismo. De hecho, mientras los templarios consumían sus comidas frugales, un clérigo leía textos piadosos. En la planta baja también encontramos el granero, el almacén y la bodega, donde se guardaba el grano y los víveres procedentes de los vasallos.

A las estancias del primer piso se subía por una escalinata de madera que, en caso de proximidad del enemigo, se podía desmontar para dificultar el acceso a la planta noble.

Una galería da a la iglesia románica, marcada por su aspecto austero como obligaba la regla templaria. En una de sus esquinas encontramos la escalera de caracol a través de la cual se sube a la terraza. Desde allí la vista es impresionante. Es fácil imaginar las túnicas blancas de los caballeros y negras de los sargentos ondeando al viento, al igual que la enseña blanca y negra de la Orden.

¿Qué pasaría por la cabeza de aquellos hombres durante el asedio de las tropas del rey Jaime II en 1307 y 1308? Lo habían dado todo por el Cristianismo, se habían convertido en un aliado fiel a la Corona, participando de manera decidida en las conquistas de plazas musulmanas como Lleida o Fraga, habían educado al pequeño Jaime I… y ahora se les trataba como criminales. Qué trago más amargo por aquellos hombres.

Suerte que aquí al menos Jaume II declaró finalmente la absolución de los templarios y otorgó a aquellos hombres una pensión vitalicia. Quizás porque era consciente de la gran injusticia que el rey francés Felipe IV y el Papa Clemente V habían cometido con esta organización. Pero aquí siguen en pie estos muros, desafiantes, para recordar el sacrificio de unos hombres que resistieron la injusticia con dignidad.

La toma de Melilla

 

La toma de Melilla hace pensar en un gran asedio o una cruenta batalla, nada más lejos de la realidad.

A partir de la Guerra Civil, se difunde con fines políticos la idea de una conquista de Melilla, atribuida a Pedro de Estopiñán. Sin embargo, la supuesta sangrienta conquista de Melilla no es más que un mito, es más, Melilla tiene una larga tradición de ciudad de paz, y sus fortificaciones siempre han sido defensivas, con un ojo puesto siempre en frenar el expansionismo turco de la época.

Pedro de Estopiñán, actuó como contador de la Casa de Medina Sidonia, y si bien es cierto que incorporó Melilla a la Corona de España, lo hizo por pacto, y no por conquista. Cuando la expedición española llega a Melilla, se encuentra con una ciudad prácticamente en ruinas y abandonada, hasta tal punto que se han de hacer pregones para repoblarla.

La ciudad se puso voluntariamente bajo la soberanía del Duque de Medina Sidonia, al igual que otras ciudades del norte de áfrica, una incorporación pacífica fruto de un pacto entre los Reyes Católicos y Andrés y Lorenzo, dos moriscos españoles, que querían neutralizar la ciudad como base de piratas Berberiscos.

Lo que sí consiguió Pedro de Estopiñán con su desembarco, en septiembre de 1497, fue fortificar la ciudad y reparar sus murallas, gracias a que en su contingente llevaba una buena cantidad de ingenieros y obreros con abundante material de construcción, lo que permitió que los musulmanes que habitaban en las cercanías y que no veían con buenos ojos la entrega voluntaria de la ciudad a los españoles, no pudiesen reaccionar, para regocijo de los pocos habitantes que quedaban en Melilla, que estaban hartos de las guerras entre los reyes musulmanes de Fez y Tlemecen, que tanto daño habían causado a la pacífica ciudad.