La toma de Melilla

La toma de Melilla hace pensar en un gran asedio o una cruenta batalla, nada más lejos de la realidad.

A partir de la Guerra Civil, se difunde con fines políticos la idea de una conquista de Melilla, atribuida a Pedro de Estopiñán. Sin embargo, la supuesta sangrienta conquista de Melilla no es más que un mito, es más, Melilla tiene una larga tradición de ciudad de paz, y sus fortificaciones siempre han sido defensivas, con un ojo puesto siempre en frenar el expansionismo turco de la época.

Pedro de Estopiñán, actuó como contador de la Casa de Medina Sidonia, y si bien es cierto que incorporó Melilla a la Corona de España, lo hizo por pacto, y no por conquista. Cuando la expedición española llega a Melilla, se encuentra con una ciudad prácticamente en ruinas y abandonada, hasta tal punto que se han de hacer pregones para repoblarla.

La ciudad se puso voluntariamente bajo la soberanía del Duque de Medina Sidonia, al igual que otras ciudades del norte de áfrica, una incorporación pacífica fruto de un pacto entre los Reyes Católicos y Andrés y Lorenzo, dos moriscos españoles, que querían neutralizar la ciudad como base de piratas Berberiscos.

Lo que sí consiguió Pedro de Estopiñán con su desembarco, en septiembre de 1497, fue fortificar la ciudad y reparar sus murallas, gracias a que en su contingente llevaba una buena cantidad de ingenieros y obreros con abundante material de construcción, lo que permitió que los musulmanes que habitaban en las cercanías y que no veían con buenos ojos la entrega voluntaria de la ciudad a los españoles, no pudiesen reaccionar, para regocijo de los pocos habitantes que quedaban en Melilla, que estaban hartos de las guerras entre los reyes musulmanes de Fez y Tlemecen, que tanto daño habían causado a la pacífica ciudad.