Historia

La primera victoria de Viriato

Revistadehistoria.es (18-09-2020)

Viriato consiguió su primera victoria contra los romanos en 147 a.C. Cuando Roma, durante la Segunda Guerra Púnica contra Cartago, decidió conquistar Hispania, poco podía imaginarse que iba a tardar 200 años en hacerse completamente con ese territorio, librando innumerables y fieras batallas e incurriendo en ignominiosas traiciones.

Una de esas traiciones fue la que empujó a Viriato a la rebelión. En 185 a.C. tras años de guerra contra los Lusitanos, unos 30.000 de ellos acudieron pacíficamente a ver al Pretor Servio Sulpicio Galba animados por su promesa de tierras fértiles para establecerse, cultivarlas y habitarlas con sus familias, bajo la protección de Roma, con la única condición de permanecer leales a Roma.

Sin embargo el pretor mató a la mayoría, entre 9.000 y 10.000, y al resto los mandó como esclavos a la Galia. Entre los pocos que pudieron escapar estaba Viriato.

En 147 a.C., Viriato, que ya había conseguido gran fama entre los Lusitanos con sus acciones de guerrilla, se puso al frente de 6.000 guerreros para incursionar Turdetania.

Lo curioso es que los romanos consiguieron cercarlos, y les ofrecieron la paz, pero Viriato, con razón, desconfió de la palabra de los romanos y  rechazó su oferta.

Dispuso a sus tropas en línea de batalla como si pretendiera combatir, pero les dio órdenes de dispersarse tan pronto como montara a su caballo, alejándose de la ciudad de Tribola por distintas rutas, y le esperaran allí. (…) eligió a mil hombres de su confianza y combatió todo el día a los romanos, atacando y retrocediendo gracias a sus rápidos caballos. Tan pronto como conjeturó que su ejército se hallaba a suficiente distancia y a salvo, huyó, salvando así a sus hombres de una situación desesperada.

Tras huir del cerco y haciendo uso de sus tácticas guerrilleras a gran escala, Viriato emboscó a las tropas de Cayo Vetilio en el desfiladero del río Barbesuda. Vetilio disponía de 16.000 legionarios con caballería, cuatro legiones en total, pero Viriato conocía el terreno, y usándose a sí mismo como cebo, los condujo al desfiladero, donde sus hombres habían cavado zanjas ocultas con ramas, que se tragaban aquí y allá a la caballería romana, mientras los hostigaban con bolas de fuego arrojadizas, causándoles 4.000 bajas, entre ellas la del mismo Cayo Vetilio.

Esta victoria abrió las puertas de Carpetania, y abrió un período de grandes triunfos para Viriato.

 

Los primeros navegantes de al-Andalus

Por Leopoldo de Trazegnies Granda para revistadehistoria.es

En el manuscrito conocido como la Crónica del Moro Rasis y supuestamente escrita por la familia de Muhammad ibn Musa ar-Razi, dice:

“Las Espanias son dos […] una Espania es á Levante del sol, et la otra es al Poniente; et la Espania que es contra el Poniente, corren sus rios contra la mar grande que cerca todo el mundo”.

El autor de la crónica daba por sentado que la tierra era redonda y que un mar la rodeaba en su totalidad. Los árabes habían traducido a los filósofos griegos y por tanto, sabían perfectamente que Eratóstenes de Cirene en el siglo III a.C. había medido la circunferencia de la Tierra dando la cifra de 39.614 kilómetros.

Los andalusíes estaban acostumbrados a navegar por las costas de al-Andalus tomando como referencia los accidentes geográficos del litoral, como el macizo del Montgó en la costa de Denia en Alicante, o el Mulhacén de Granada que podían divisarse desde el mar. La navegación sólo era posible en primavera y otoño; con los vientos del este y el oeste, se podía llegar al punto más extremo del Próximo Oriente Mediterráneo, que era el puerto de Acre en la bahía de Haifa, actual Israel, y  por otro lado a la bahía de Cádiz.

La brújula constituyó un gran adelanto para la navegación europea de los siglos XIII y XIV. Generalmente se acepta que se inventó en China en el siglo XI. Los árabes no demostraron gran interés por este instrumento de navegación. Es probable que para ellos no fuera  imprescindible, acostumbrados a cielos despejados, eran expertos en la interpretación de la geometría del firmamento ya que desde tiempos antiguos cruzaban los desiertos con la única guía de las estrellas. Les sería más útil el astrolabio descrito por al-Biruni que la aguja imantada, a diferencia de los navegantes del norte de Europa que tenían que valerse de la brújula bajo cielos frecuentemente nublados.

El mundo medieval tenía sus límites bastante precisos en Occidente. Allí se encontraban las columnas de Hércules. La idea popular era que a partir de allí  se extendía “El mar de las Tinieblas”, el Mare Tenebrosum para los latinos y el Bahr az-Zalam (بحر الظلام) para los árabes. Más allá no había tierra según el lema “Non Terrae Plus Ultra”. Sin embargo, en los manuales cultos de geografía árabe se negaban estas creencias populares. Como dice el historiador Paul Lunde, una de las hazañas más grandiosas del espíritu humano fue llegar a suprimir la partícula “Non” del lema latino.

Para los navegantes el límite de las Columnas de Hércules sería más político que físico. En el siglo X magrebíes y andalusíes ya habían recorrido los mares del Atlántico y el Índico y dominaban por completo el Estrecho de Gibraltar (Vernet). Pero no eran los únicos, posiblemente los barcos bizantinos utilizaban los puertos del sur de la Península Ibérica cuando aún se hallaban bajo el poder del Imperio Romano de Oriente. Y a partir del siglo X las costas del océano eran patrulladas por la potente armada andalusí de Abderrámán III.

No solamente se navegaba por el Atlántico, sino que desde la antigüedad había faros construidos por griegos y romanos para orientar a los navegantes a todo lo largo del litoral atlántico europeo hasta llegar a Inglaterra donde se encontraban los dos faros romanos de Dover, como dos ojos mirando al Continente desde su punto más cercano.

Así pues, la mitología medieval sobre el miedo al océano Atlántico se basaba en leyendas populares que poco tenían que ver con los conocimientos científicos de la época. Las islas de Madeira y las Azores fueron conocidas por los navegantes hispanoárabes. Los árabes conocían las Canarias como las Islas Eternas y transitaron por el Atlántico y el Mediterráneo a tal punto que al decir de Ibn Hayyam (987-1075) en su Muqtabis:

“no navegaba por la costa andalusí ningún navío sin conocimiento del gobernador de Pechina-Almería” que era el principal puerto de al-Andalus.

Reinhard Heydrich, el verdugo de Hitler

Josep Torroella Prat en Revistadehistoria.es

Lidice es un pueblo checo situado a unos veinte kilómetros al noroeste de Praga. El 10 de junio de 1942 los nazis lo destruyeron después de ejecutar a toda la población masculina joven y adulta y enviar a campos de concentración y reeducación a las mujeres y a los niños. ¿Qué crimen habían cometido sus pobladores para merecer semejante castigo?

Ellos, nada. Pero algunos días antes se había perpetrado en Lidice un atentado mortal contra Reinhard Heydrich, Protector de Bohemia-Moravia, brazo derecho de Heinrich Himmler y una de las personas más apreciadas por Hitler. El Führer, enfurecido, quería represalias y las hubo. Como Oradour, en Francia, Lidice es un pueblo mártir que recuerda hasta donde podía llegar la barbarie de los que lucían brazaletes con la cruz gamada cuando alguien osaba levantar la mano contra ellos.

Heydrich era un hombre alto, esbelto, rubio, de ojos azules, bien parecido. Nada que ver con otros altos dirigentes nazis como Göring, Himmler o Hitler. El sí podía presumir de pertenecer a la raza aria. También era frío, calculador, inteligente, soberbio, ambicioso, despiadado… Por otra parte, practicaba muy bien la esgrima y era un amante de la música clásica, incluso tocaba el violín y el piano. Algunos biógrafos le han definido como un “bruto refinado”. Claro que esto también se podría decir de otros criminales nazis.

Cuando Hitler empezó a bramar contra el diktat de Versalles, los judíos y los comunistas, Heydrich era un joven oficial de marina. Tenía un futuro prometedor en la Reichmarine. Pero su carrera se vio truncada por un asunto de faldas. Entonces, sin ocupación alguna, Heydrich ingresó en el NSDAP y en las SS, y escaló posiciones rápidamente en la maquinaria represiva del régimen.

La carrera política de Heydrich dio un salto cuando, el 20 de abril de 1931, fue nombrado jefe de la Gestapo, cargo que compartió con Himmler. A partir de aquel momento el nombre de Heydrich quedó asociado para siempre a una serie de acciones criminales. La primera fue el descabezamiento de las SA durante la Noche de los Cuchillos Largos. Después Heydrich fue el cerebro de varios complots contra altos cargos considerados persona non grata por los máximos dirigentes nazis. Si, para hacerlos caer en desgracia, hacía falta acusarlos de homosexuales o de tener gotas de sangre judía, se hacía.

Cuando estalló la guerra, en setiembre de 1939, Heydrich dirigió los grupos móviles de las SS, los Einsatzgruppen, tropas especiales encargadas de limpiar los territorios ocupados por la Wehrmacht. Judíos, gitanos y comunistas fueron sus víctimas principales. Pero también escritores, funcionarios, docentes, banqueros, periodistas…O sea, la élite cultural, política y económica. Cientos de miles de persones murieron durante aquellas acciones de limpieza étnica e ideológica, sobre todo en los países del este.

El nombre de Heydrich también está asociado a la Solución Final. Acérrimo enemigo de los judíos –quizás porque sospechaba que podía tener alguna gota de sangre hebrea– planeó junto con otros líderes nazis la eliminación industrial del pueblo judío. Fue el principal protagonista de la reunión de Wannsee del 20 de enero de 1942, a la que acudieron una quincena de jerarcas del régimen convocados por Heydrich. Adolf Eichman, que actuó como secretario, presentó un documento con la población judía que habitaba en cada uno de los países de Europa. En poco más de una hora y media, aquellos hombres decidieron el destino de millones de seres humanos. Dieron el “gran salto”: se pasó de los asesinatos en masa al genocidio.

Con todo, Heydrich será recordado sobre todo como Protector de Bohemia y Moravia. Hitler creó este protectorado tras la ocupación de Checoslovaquia, meses después de anexionar los Sudetes al III Reich. En Praga, Heydrich actuó como un virrey, un alter ego del Führer. Hizo y deshizo a su antojo. En los tres primeros meses de ocupar el cargo descabezó la resistencia checa. Fueron ejecutadas más de 500 personas y muchas más enviadas a la cárcel. Naturalmente, Heydrich actuó también contra los judíos, muy numerosos en Praga. El Protector recordaba a los checos sus obligaciones con el esfuerzo bélico alemán y les amenazaba con terribles castigos si no las cumplían. Los checos le temían y pronto le apodaron El carnicero de Praga, El verdugo de Hitler, La Bestia Rubia…

Heydrich creía que había acabado con la resistencia, pero estaba equivocado. Una noche del mes de diciembre de 1941 un comando procedente de Gran Bretaña fue lanzado en paracaídas en territorio bohemio. Los componentes del comando, que pronto contactaron con miembros de la resistencia interior, eran oficiales checos que habían huido de su país tras la ocupación de éste por la Wehrmacht. Su misión era matar a Heydrich. El atentado comportaba un alto riesgo. Hasta entonces ningún alto cargo nazi había sucumbido a un atentado.

Por muy bien que se planee un atentado las cosas nunca salen como era de esperar. Y este no fue la excepción a la regla; los planes se torcieron desde un principio. En el último momento, cuando un miembro del comando disparó contra Heydrich en una curva de una calle de Lidice, la metralleta se encasquetó. Pero Heydrich cometió un grave error. Hombre altivo, en vez de ordenar al chófer que pisara el acelerador, se levantó de su asiento, desenfundó la pistola y empezó a disparar contra su agresor. Fue entonces cuando otro miembro del comando lanzó una bomba casera contra el automóvil, y el artefacto sí explotó.

El Protector murió unos días después a causa de las graves heridas sufridas en el atentado. Los que habían cometido la agresión y sus colaboradores también perecieron, pero vendieron caras sus vidas en una cripta de Praga tras algunos días de lucha. En cuanto a los vecinos de Lidice, ya sabemos qué ocurrió con ellos por designio de Hitler.

Al morir, Heydrich tenía tan solo 39 años. A aquella edad había sido jefe de la policía criminal, de las SS y de la Gestapo, protector de Bohemia-Moravia, planificador de la Solución Final… Responsable, en definitiva, de un cúmulo de atrocidades cometidas en los territorios del III Reich. Con razón se han dicho y escrito cosas durísimas contra él. Incluso en autobiografías de algunos dirigentes nazis, como las Albert Speer, el arquitecto de Hitler. No es ningún secreto que Heydrich era temido incluso por altos cargos del partido. Como apunta más de un historiador, es probable que sus superiores le enviaran a Praga para no tenerlo cerca.

 

La epidemia del sudor inglés

 

Luciano Andrés Valencia para revistadehistoria.es

Entre 1485 y 1551 se registraron en Inglaterra y en otros países sucesivos brotes de una extraña patología conocida como sudor inglés, sudor angleis, sweating sickness o enfermedad del sudor, que causó miles de muertes entre la población.

El primer brote se declaró en Milford Haven, en los soldados de Enrique VIII, entre su ascensión al trono el 7 de agosto y la victoria de Bosworth del 22 de agosto de 1485 en el marco de la Guerra de las Dos Rosas.

A Londres llegó el 28 del mismo mes, cuando Henry arribó con su ejército para señor la corona como primer rey de la dinastía Tudor. La epidemia se expandió tan rápidamente que la coronación tuvo que retrasarse. Llegó a decirse –quizá exagerando las cifras- que ni siquiera las primeras personas afectadas sobrevivían, lo que la volvía mucho más mortal que las pestes de entonces. Los muertos comenzaron a acumularse en las calles y en las casas. Dos Lords y seis regidores murieron en la misma semana. Cerraron los comercios y la Universidad de Oxford.

Los síntomas podían describirse de la siguiente manera: súbitos escalofríos y fiebres violentas, cefalgia, letargia, transpiración profunda, fetidez y, en algunos casos, erupción vesicular. La mayoría de las personas afectadas morían a las 24 horas del comienzo de los síntomas, aunque muchas lo hacían antes. El único tratamiento que se aplicó entonces era permanecer en la cama para evitar el enfriamiento y no dormir hasta pasadas las 24 horas. Quienes sobrevivían este tiempo –menos del 1%- quedaban curadas, aunque algunas volvieron a tener dos o tres episodios más.

Lo curioso es que a las pocas semanas la enfermedad desapareció tan rápido como había surgido, y que, esta vez se limitó a Inglaterra, sin propagarse por Escocia, Irlanda o la Europa continental.

Se registraron nuevos brotes en 1502, 1507/1508, 1517, 1528 y 1551/52. En el de 1502 murió Arthur, príncipe de Gales, de 15 años, hermano menor de Enrique y casado con Catalina de Aragón, aunque estudios más actuales señalan que podía haberse debido a problemas genéticos. En el brote de 1507/08 había descendido la virulencia, por lo que se registraron menos casos fatales. No pasó lo mismo con el de 1517 que, entre junio y diciembre causó miles de muertos en todo el país y fue acompañado de epidemias de peste, sarampión y difteria. El de 1528 tuvo carácter internacional, porque se propagó por los estados alemanes, Países Bajos, Escandinavia, Suiza, Lituania, Polonia y Rusia. En cada lugar la afección duró alrededor de dos semanas, desapareciendo a fin de año, excepto en Suiza que duró hasta 1529. En Europa se la llamó la peste inglesa.

La de 1551 fue acaso la mejor documentada, ya que de ella se ocupó el más eminente médico de las Islas Británicas: John Caius (1510-1573). En 1552 publicó A Book of Conseill against the disease commonly called the sweat o Sweating Sicknessk, convencido de la necesidad de contar con bibliografía sobre esta  nueva enfermedad que desesperaba a los médicos por no hallarse mencionada en los tratados clásicos de Hipócrates, Galeno y otros.

La epidemia de 1551 mató a 900 personas. Como sostiene Caius:“nadie pensaba en sus obligaciones cotidianas; las mujeres llenaban las calles con sus lamentaciones y plegarias y las campanas plañideras doblaban día y noche (…) La enfermedad aparecía sin avisar; en la mesa, de viaje, a cualquier hora del día, y no había perdido nada de su antigua malignidad, hasta el extremo de que muchos morían a la hora, o a las dos horas, de haber sentido los primeros síntomas”

Este autor condenaba la falta de higiene de la población de la época, a la que culpa de la expansión de la epidemia. Menciona también algunos remedios clásicos como “raíz de China, guayaco y triaca”. Historiadores de la medicina la atribuyen también a las aguas residuales, las comidas copiosas (en las clases adineradas), el hacinamiento y la falta de jabón.

El “sudor de Picardía”

En 1718, pasados casi dos siglos de los brotes anteriores, se registró en el norte de Francia, la Península Itálica y el sur de Alemania un mal que llamaron Sudor de Picardía o Suette de Picards, que tenía los mismos síntomas que el sudor inglés, pero que duraba más tiempo, aunque su mortalidad era menor y venía acompañado de erupción cutánea (miliaria). Brotes periódicos se registraron entre 1718 y 1861.

En los siglos posteriores se trató de incluir esta enfermedad en alguna clasificación diagnóstica. Para Guthrie no era influenza ni tifus, sino una infección por virus. En el caso francés señala que podría tratarse de escarlatina maligna. Ambas enfermedades podían clasificarse como fiebres miliares complicadas por fiebre reumática. Bridson, en cambio, lo asocia con el hantavirus. Este autor notó además que esta enfermedad brotaba en verano y desaparecía en invierno, lo que es coherente con su teoría. Para el microbiólogo Edward Mc Sweeganm, podría haberse tratado de una intoxicación por ántrax presente en la carne cruda y cadáveres infectados.

Sea cual fuera la clasificación que le demos actualmente, la enfermedad de sudor queda como una curiosidad histórica igual que el mal de San Vito, el mal de San Antonio, la drapetomanía o la americanitis.

La expedición Balmis y la vacuna de la viruela

 

Luis Pueyo en revistadehistoria.es

Otro de los grandes desconocidos de nuestra historia, al servicio del monarca español Carlos IV, el militar y cirujano del ejército, el alicantino Francisco Xavier De Balmis protagonizó una epopeya histórica que salvaría millones de vidas y que sería la primera misión humanitaria de la historia.  La expedición Balmis, tras sortear innumerables dificultades, consiguió la hazaña de llevar la vacuna de la viruela hasta las colonias americanas, salvando millones de vidas y protagonizando una de las expediciones  científicas más exitosas de todos los tiempos.

Durante todo el siglo XVIII el virus de la viruela había provocado una espantosa mortalidad a lo largo y ancho del  mundo. Periódicas  epidemias habían diezmado a las poblaciones y dejado graves secuelas a los supervivientes. En 1796 se había logrado el hallazgo de la vacuna precisamente tras constatar el médico británico Edward Jenner que las personas que estaban en contacto con vacas contagiadas de viruela bovina adquirían inmunidad respecto a la viruela humana.

A partir del hallazgo de que inoculando en las personas sanas el virus vacuno se lograba que el virus humano no prosperase, el mayor problema estribaba en cómo distribuir la vacuna a toda la población en riesgo teniendo en cuenta los pésimos transportes de la época y las inexistentes condiciones de conservación.

Es entonces cuando aparece la figura excepcional de Francisco Xavier de Balmis. Este logra convencer al rey Carlos IV de la trascendencia de financiar una expedición que permitiese transportar la vacuna a los territorios americanos, donde la viruela estaba causando terribles estragos.  La expedición Balmis, conocida como Real Expedición Filantrópica de la Vacuna , parte de La Coruña en la corbeta María Pita, bajo la dirección naval del capitán Pedro del Barco y España en noviembre de 1803 y arriba a Puerto Rico en febrero de  1804 trasladándose después a Venezuela, Cuba y México, desde donde Balmis se dirige después a Filipinas, lo que de paso sirvió para propagar la vacuna por Asia. Desde México se produjo también su irradiación a toda la América española.

Aunque pueda resultar éticamente reprobable a día de hoy, ya que La expedición Balmis utilizó un grupo de niños huérfanos como cobayas para que la vacuna llegara en perfectas condiciones tras tan largo viaje, no lo era entonces y de hecho fue visto como un logro científico que puso a España muy por delante del Imperio Británico, que no había conseguido que la vacuna arribara a territorios de ultramar en condiciones de viabilidad.

Del éxito de la expedición Balmis dan fe las miles de personas que salvaron sus vidas tras su inoculación. Además consiguió que una tupida red de personas se dedicara a continuar vacunando a más gente, manteniendo la vacunación, logrando así que las epidemias variólicas remitieran en una gran proporción. De esta manera la hazaña del Doctor Balmis constituyó un éxito absoluto, dando comienzo a lo que en nuestras sociedades contemporáneas conocemos como ayuda humanitaria. Toda la comunidad científica se rindió a sus pies, incluso el propio Jenner,  logrando así que España haya quedado en los anales como patrocinadora de la primera acción filantrópica de la historia.  Los más destacados expertos médicos destacan la Real Expedición de la vacuna como uno de los grandes hitos de la historia de la humanidad.

El golpe de estado de Mola y el inicio de la Guerra Civil

 

Luis Pueyo para revistadehistoria.es (4-01-2020)

Hace ahora 80 años un golpe de estado militar desencadenaba, tras su fracaso, la Guerra Civil Española que condujo al país a una larga dictadura, la del General Francisco Franco. Curiosamente Franco, el gran beneficiado políticamente del Golpe no estuvo detrás del diseño de la asonada militar. El verdadero “director” del golpe, nombre con el que era designado en las “instrucciones reservadas” que establecían milimétricamente las operaciones necesarias para el triunfo del  levantamiento, fue el general nacido en Cuba Emilio Mola Vidal.

La conspiración que dirigió Mola comenzó a fraguarse mucho más pronto de lo que la historiografía oficial había propagado durante décadas.  Y además no era una conspiración cualquiera, decidida por un grupo de locos que no contaba con apoyos de  importancia sino que nada más proclamarse el triunfo de las izquierdas en las elecciones de febrero de 1936 comenzaron las discretas reuniones en diversas viviendas de Madrid entre Mola y otras personalidades civiles y militares con el fin de derribar lo antes posible a un gobierno que, si bien había vencido legítimamente unas elecciones, consideraban que podía llevar al país al desastre y a la revolución proletaria.

Hay que reseñar que nada más constituirse el gabinete presidido por Manuel Azaña, algunos medios de extrema derecha, como El pensamiento Alavés,  carlista, aseguraba que:

“no sería en el Parlamento donde se libraría la última batalla, sino en el terreno de la lucha armada”

Y que esa lucha partiría de:

“Una nueva Covadonga que frente a la revolución sirviera de refugio a los que huyeran de aquella y emprendiera la reconquista de España”

Aparecen ya aquí, desde los primeros momentos del gobierno legítimo de las izquierdas, las consignas propias del conservadurismo más tradicionalista. Debemos reconquistar España para la religión católica, librándola de un gobierno ateo y antiespañol. Mientras tanto, como decíamos, los conspiradores se reúnen discretamente en un piso de Madrid. El 8 de Marzo hablan, entre otros, los generales Mola, Orgaz, Villegas, Fanjul, Franco,  Saliquet , el coronel Valera y el teniente coronel Valentín Galarza en representación de la UME (Unión Militar Española), facción ultraconservadora del ejército. Allí deciden que es necesario poner en marcha un golpe de fuerza que tumbe al gobierno recién nombrado y que restablezca el orden

“en el interior y el prestigio internacional de España”

El nuevo gobierno salido del golpe de Estado estaría formado por una Junta Militar dirigida por el General  José Sanjurjo, golpista en el 32 que había conseguido exiliarse en Portugal tras ser indultado por el gobierno de derechas. Aunque en estas primeras  reuniones no quedó claro ni definido el organigrama ni las posiciones definitivas de los conspiradores ( el propio Franco se negó sistemáticamente a dar su visto bueno al golpe, quizás por temor a su fracaso y posterior fusilamiento) queda fijada una fecha, el 20 de Abril, para el inicio de la sublevación, contando con la estructura de la UME. No obstante parece que el gobierno  detecta parte de la conspiración y detiene a alguno de sus miembros como Orgaz y Valera, teniendo el grueso del plan que ser pospuesto. Además, el general  Mola, destacado anteriormente en otras intentonas golpistas contra la democracia parlamentaria, como la del 32,  fue destinado a Navarra, al igual que Franco a Canarias y Goded a Baleares, con el objetivo de alejarlos lo máximo posible de los destacamentos de mayor relevancia dentro del ejército.

No obstante Mola, desde su destino en Pamplona, continuará con el proyecto, distribuyendo sus “instrucciones reservadas” en las que detallaba una toma “extremadamente violenta” del poder, con el objeto de reducir lo antes posible “al enemigo que es  fuerte y bien organizado”. En Pamplona contactó con el carlismo  y laboriosamente trató de comprometer en el alzamiento a numerosas guarniciones. Sin  embargo no se aseguró del triunfo del levantamiento en importantes plazas, sobre todo en la capital, Madrid, ni en Cataluña y Valencia, lugares, a la postre en los que fracasaría el golpe.  Tampoco logró un apoyo unánime de la Guardia Civil, algo que resultaría clave en el posterior fracaso del golpe.

Por el momento, a principios de Julio, Mola no tenía asegurada la participación de los carlistas, con los que habían surgido diferencias ni tampoco tenía asegurado el de las milicias de Falange, con su líder Jose Antonio Primo de Rivera en prisión.  Sin embargo el plan continuaba en marcha y el “director” había ya comprometido a numerosas guarniciones que tenían la orden de implantar el estado de guerra en sus demarcaciones, la primera de todas la de África, tal y como sucedió el 17 de julio. Mola, tras apoderarse de Navarra, dirigiría una columna hacia Madrid, en previsión de las dificultades con las que podría encontrarse Fanjul en la capital. Franco, que tomaría el control del ejército de África, cruzaría el estrecho y se dirigiría también hacia la capital.

Franco, sin embargo, no acababa de decidirse y Mola desesperaba en Pamplona, refiriéndose a este como “Miss Canarias 1936”. Solo tras el asesinato del líder de la derecha y exministro de la dictadura José Calvo Sotelo, que también estuvo implicado en los preparativos del golpe, Franco aseguró su participación. Faltaban 4 días para el “alzamiento” del “movimiento nacional”. El futuro Jefe de Estado y dictador, Francisco Franco, tomó un vuelo (el famoso avión Dragón Rapide) desde Canarias hasta Marruecos, financiado a través del diario ABC por el banquero fugado de prisión Juan March,  poniéndose al frente del golpe en África. El día 18 el golpe estallaría en el resto de la península. Su fracaso nos condujo a la triste y desastrosa Guerra Civil. Una serie de funestas casualidades, en forma de accidentes, llevaron a Franco al poder supremo.

F de R. El alzamiento se inició el 17 de julio con la toma de la Comandancia Militar de Melilla, se extendió el día siguiente al resto del Protectorado  y a Canarias y el 19 a la Península.

BIBLIOGRAFÍA:

-       Elaboración propia

http://geoghistoria.blogspot.com.es/search/label/GUERRACIVILESPAÑOLA

-       J ACKSON, GABRIEL: La República  Española y la Guerra Civil

-       GIL PECHARROMÁN: La Segunda Repúblia. Esperanzas y frustraciones. Historia 16.

-       CASANOVA, JULIÁN: República y Guerra Civil en Historia de España dir. Josep Fontana

Dos siglos del pronunciamiento del general Riego

 

Danny Móstoles en revistadehistoria.es (2-1-2020)

Se cumplen doscientos años del primer pronunciamiento de Riego contra el rey Fernando. El 1 de enero de 1820, el teniente coronel Rafael de Riego, en la localidad sevillana de Cabezas de San Juan, dirigió un alzamiento contra el rey Fernando VII a consecuencia de su gobierno absolutista y despótico.

El pronunciamiento tuvo éxito y dio paso a un periodo de tres años en los que el monarca tuvo que aceptar la Constitución de Cádiz, creada el 19 de marzo de 1812 y permitir una monarquía constitucional en España. Esta etapa, desarrollada entre 1820 y 1823, se la conoce como el Trienio Liberal.

Desde su regreso a España, tras finalizar la Guerra de Independencia, Fernando VII se destacó por ser un monarca tiránico y despótico que había regresado al absolutismo del Antiguo Régimen. Había rechazado la Constitución de Cádiz y a partir de 1814, inició su reinado absolutista, llevando a cabo una dura política de represión y persecución de los afrancesados y liberales. No fueron pocos antes que Riego los que intentaron derrocar al rey Fernando, si no del trono, por lo menos de su gobierno absolutista. Algunos ejemplos son el de Diez Porlier (1815), el de Lacy (1816) o el de Vidal (1819), que además de acabar en fracaso, supuso la ejecución de todos ellos.

Rafael de Riego nació en 1784 en Asturias. Pertenecía a una familia de hidalgos de la región y desde muy joven, nada más estallar la guerra contra los franceses, se unió al ejército para combatirlos desde 1808 con el grado de capitán. Al poco tiempo de empezar este conflicto, fue hecho prisionero por el ejército francés y llevado a Francia. Allí fue donde entró en contacto con las ideas liberales y masonas que defendería posteriormente durante toda su vida. Tras viajar por otras ciudades europeas,   regresó a España tras acabar la guerra y llegó a jurar la Constitución de  Cádiz, aunque fue derogada por el rey Fernando a su regreso a España.

A finales del año 1819, Riego tenía el grado militar de teniente coronel  y recibió el mando de un batallón con el encargo de ir a las colonias americanas para sofocar las insurrecciones que se estaban desarrollando prácticamente desde el regreso del monarca al trono. Con la ayuda de otros militares, como fue el caso del coronel Antonio Quiroga, que apoyó el golpe desde Cádiz, Riego proclamó la Constitución de 1812 y se rebeló contra el Conde de Calderón, quien estaba al mando de toda la expedición que debía embarcarse para América.

En Cabezas de San Juan, Riego arengó a sus hombres para que lo apoyaran en el alzamiento. Estos lo seguirían en aquel levantamiento. Sin embargo, Riego no recibió una respuesta favorable por parte del ejército en otros puntos del país y tímidamente, sus tropas marcharon durante esas semanas por Andalucía para encontrar tropas que se unieran a la causa. No encontró muchos apoyos y parecía que este pronunciamiento iba a terminar de la misma forma trágica que todos los anteriores.

A finales de febrero, el movimiento de Riego estaba casi disuelto al no ser secundado por otras unidades militares y él, junto con algunas de sus tropas, se refugió en las montañas extremeñas. Sin embargo, a finales del mes de febrero, estalló en la Coruña, después en Vigo y Ferrol, una insurrección liberal que se fue extendiendo por toda España. A comienzos de Marzo, en la capital, los insurrectos rodearon el Palacio Real y Fernando vii no tuvo más remedio que someterse a la voluntad de la nación y juró la Constitución de Cádiz.

El pronunciamiento de Rafael de Riego no debe verse como un caso aislado ni en España ni en Europa. Ese éxito de comienzos de 1820, fue como una mecha que se extendió por otros países europeos. Desde la caída de Napoleón en 1815, las naciones europeas habían querido regresar al Antiguo Régimen, pero el germen del liberalismo, fruto de la Revolución Francesa, estaba demasiado presente y era imposible que el absolutismo pudiera mantenerse.

Así, tras la insurrección llevada a cabo por Riego, en Portugal se produjo otro alzamiento para que la familia real portuguesa regresara desde Brasil y aceptaran la nueva constitución portuguesa, parecida a la de Cádiz. Lo mismo ocurrió en Italia con Nápoles y el Piamonte. Hubo conatos de rebelión en Francia y Rusia y en Grecia se produjo la guerra de independencia contra el Imperio Otomano.

Volviendo a España y al Trienio Liberal, la popularidad de Riego no se quedó solamente en el pronunciamiento. El gobierno liberal lo nombró general y mariscal de campo. Su popularidad durante estos tres años fue en aumento y participó en los asuntos de la vida política del país. En 1822 siendo diputado, llegó a presidir las Cortes del gobierno liberal más exaltado.

A pesar de que Fernando vii, aceptó este gobierno constitucional, de forma clandestina contactó con potencias absolutistas de Europa y en 1823, tropas francesas, al mano del duque de Angulema, denominados los Cien Mil hijos de San Luis, invadieron España y fueron poco a poco restaurando el poder absoluto para el monarca español.

Durante esta invasión, Riego tuvo que huir a Andalucía, pero fue finalmente capturado. Riego sería trasladado a Madrid y pidió clemencia el rey Fernando, ya completamente restaurado en el trono, de forma absolutista. Sin embargo, el monarca no tuvo clemencia y lo declaró traidor, siendo ahorcado en Madrid en 1823.

La andanza de Riego no duró mucho, pero su leyenda y la popularidad de su alzamiento han perdurado durante la historia, recordándole siempre como un héroe nacional y que luchó por la libertad, convirtiéndose como un mártir de la causa liberal tras su ejecución. A pesar de que Fernando vii regresaba al absolutismo, ya España nunca sería una nación del antiguo régimen. La Revolución Francesa primero, y el pronunciamiento de Riego, fueron el germen para la transformación política que vivió España durante el resto del siglo xix.

 

Nijuu Hibakusha. “Doble irradiación”

Historiados Podcast para revistadehistoria.es

El periodista, reportero y escritor suizo Fernand Gigon (1908-1986) fue un gran especialista en el Lejano Oriente. Sus informes sobre Japón, China o Vietnam le valieron reputación internacional a mediados del siglo pasado. Gracias a él conocemos la historia de Enemon Kawaguki.

Kawaguki era ingeniero de proyectos en la enorme fábrica de Mitsubishi. Cuarenta años, tipo enérgico, deportista consumado y regular a pesar de que aquellos días los turnos de trabajo parecían no terminar nunca. Su fábrica se dedicaba a la industria bélica y era un objetivo militar que había sido ya atacado varias veces. Kawaguki quería ver el lado bueno de todo aquello y siempre decía que peor era estar en el frente.

Nijuu Hibakusha. “Doble irradiación”

Pasaban pocos minutos de las ocho de aquella mañana de agosto cuando, desde su despacho, escuchó cercano el ruido de un avión. No había dudas, era un bombardero americano. La mayoría de los trabajadores corrieron a los refugios aunque no había sonado la sirena. Kawaguki se confió y se entretuvo, pensando que podía ser un avión de propaganda o de reconocimiento. Un solo avión no representaba demasiado peligro. ¡Anda que no habían venido oleadas de ellos en los meses anteriores! Aquellos sí que daban miedo.

De repente, algo explotó a unos 5 kilómetros de distancia. Tras un fogonazo, un gran resplandor, nuestro protagonista, ensordecido, perdió el sentido y en posteriores entrevistas afirma que nunca pudo recordar exactamente qué vio o sintió en ese preciso momento. Tras un tiempo indefinido recobró el sentido. En este punto los recuerdos son más nítidos: una pieza de metal le había golpeado y una teja le había herido en la espalda. Estaba desnudo, no sabía por qué. En la fábrica no había nadie. Solo veía enormes llamas por todas partes. Salió de allí como pudo, solo para notar que se estaba levantando, en sus propias palabras,

“un viento tan candente como una llama oxhídrica”.

Como soplaba desde el centro de Hiroshima, intentó en primera instancia huir en dirección al mar. Cruzó a nado el río que rodeaba su fábrica, pero no pudo salir en la otra orilla porque la situación allí era también infernal. Gracias a su buena forma física pudo mantenerse un tiempo prudencial en el agua. Cuando al fin el cansancio le obligó a abandonar el río, subió a un collado solo para ver como el fuego destruía una ciudad entera.

Hoy sabemos que, en Hiroshima, el calor alcanzó los 3.000ºC, que carbonizó literalmente a miles de personas y que la ciudad fue consumida por cientos de incendios sin control. Muchos otros perecieron sepultados bajo los destrozados edificios o golpeados por el escombro. La gente se lanzaba desesperada a ríos cercanos. Murieron más de 200.000 personas, la mitad de la población de la ciudad, y desaparecieron entre 50.000 y 60.000 edificios. La mitad de las víctimas aproximadamente no moriría en esas primeras horas, sino años más tarde, culpa de la radiación y las quemaduras.

En este momento Kawaguki se vino abajo, sin fuerzas y cayó rendido en la orilla de puro agotamiento. Cuenta que despertó a media tarde, un poco más aliviado gracias a la ligera brisa que venía del mar y con algo de fuerza recuperada, y que se puso a andar.

AI caer la noche había conseguido llegar a la periferia de la ciudad y se topó con un tren abandonado entre los restos de una literalmente destrozada estación ferroviaria. El tren le salvó. Subió a un vagón y se acurrucó. Su cuerpo se sacudía entre estremecimientos provocados por el frío. Tenía muchísima hambre y su piel supuraba, por la exposición.

No se despertó hasta dos días después. Al principio no conseguía recordar nada. Estaba en una especie de tren-hospital que avanzaba lentamente durante un tiempo que le pareció eterno. Por los vagones se movían, inquietas y nerviosas, varias enfermeras, que cuidaban a heridos más graves que él. Cuando el tren se detuvo por fin, el ingeniero Kuwaguki bajó por su propio pie y se dirigió al centro de aquella ciudad, intacta y tranquila. Después de lo que había pasado, le parecía estar soñando, junto a cinco o seis compañeros de viaje, tan asombrados como él.

Mientras caminaba por un camino cercano al mar, Kawaguki oyó el ruido de un avión e instintivamente levantó los ojos al cielo. Pánico. Pesadilla. Horror. Sobrecogido, se arrojó a una cuneta, aplastándose en el fango todo lo posible. Paralizado de terror, miraba el cielo por el rabillo del ojo mientras los que pasaban quedaban atónitos de su reacción.

Enemon Kuwaguki se encontraba en ese momento a unos cuatro kilómetros de distancia del punto cero de Nagasaki, y de nuevo volvía ver el resplandor cegador del sol atómico, el horror del hongo arremolinado hacia el cielo, el mar de ruinas y el horror de la muerte por todas partes.

En apenas pocos días, el brillante ingeniero técnico Kuwaguki conocerá dos veces el infierno. Casi pierde la razón. El resto de su vida lo pasará vagando, incapaz de concentrarse, sin ambiciones ni ganas de vivir. La silueta de un B-29 recortada en el horizonte le perseguirá hasta su muerte.

Morirá en 1957 en una cama de hospital, de cáncer atómico, con su cuerpo reventando en pústulas. Fue archivado como el caso clínico 163.641.

Tsutomu Yamaguchi.

Esta es sólo la historia de una de las personas que sobrevivieron a las dos bombas atómicas lanzadas sobre Japón. Es probable que hubiera más, sin duda, pero tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial en país del Sol Naciente era un caos y el Gobierno apenas dejó registros. Los poquísimos casos confirmados vienen del Museo de la Paz en Hiroshima, que calcula que pudieron existir unas 160 Nijū Hibakusha (personas doblemente bombardeadas).

Ante la falta de información, el productor nipón Hidetaka Inazuka empezó a investigar. En un documental llamado “Nijuu Hibaku” (Doble Irradiación), del año 2011, entrevista al último sobreviviente, Tsutomu Yamaguchi, de 90 años (moriría tres años después). Lo podéis encontrar en Netflix (2019) como Twice, the extraordinary life of Tsutomu Yamaguchi.

Yamaguchi tenía 29 años y delineaba tanques de petróleo para la Mitsubishi en Nagasaki. La casualidad quiso que el 6 de agosto se encontrara en Hiroshima en un viaje relacionado con su trabajo. La detonación de “Little Boy” le sorprendió a 2 km de la Zona Cero, afortunadamente protegido por una fortificada instalación de la zona industrial de los astilleros de Hiroshima. Sin embargo, Tsutomu sufrió quemaduras de gravedad en brazos y cara. Su vida no corría peligro así que fue vendado por completo y enviado desde el hospital a su ciudad natal, con la audición bastante deteriorada, eso sí. “La demanda era tanta que (los médicos) no podían hacer más”, sostuvo. Sólo recuerda un repentino gran flash de magnesio en el cielo y que luego saltó por los aires.

Como vemos, el relato de Yamaguchi coincide con el de Kawaguki, incluso en el hecho de que, cuando llegaron a Nagasaki, se vivía allí en el desconocimiento y la incredulidad.

“Le estaba contando a mi jefe en las oficinas de Nagasaki que una bomba había arrasado con toda la ciudad de Hiroshima. Él me decía que yo estaba loco cuando al mismo tiempo cayó la bomba sobre Nagasaki”, recordó sobre ese momento. Las oficinas del astillero se encontraban a unos tres kilómetros de la zona cero.

Salió vivo también de aquella, tras desmayarse, pasar siete días inconsciente en el hospital y hacer frente a unas terribles fiebres posteriores.

Su experiencia le permitió concienciarse del peligro nuclear y dedicó buena parte de su vida posterior a defender, en diversas conferencias la paz mundial, y la desmilitarización de las naciones. Sorprendentemente, Yamaguchi alcanzó a vivir 93 años, algo inaudito en alguien que había pasado lo que él.

Aunque figuraba en la lista de los Hibakusha (persona bombardeada) de Nagasaki, no fue hasta 2009 cuando el Gobierno japonés reconoció también a Yamaguchi como superviviente de la bomba de Hiroshima, convirtiéndose en la única persona reconocida oficialmente por el Gobierno en haber sobrevivido a ambos acontecimientos, aunque, como hemos visto, existen otros casos “no reconocidos”.

La certificación Hibakusha es algo importante, no solo nominal, ya que garantiza a los ciudadanos japoneses una compensación del gobierno que incluye chequeos médicos y cubre los costos de funeral. Oficialmente hay más de 360.000 hibakusha de los cuales la mayoría, antes o después, han sufrido desfiguraciones físicas y otras enfermedades provocadas por la radiación tales como cáncer y deterioro genético.

El cambio climático y su repercusión en la futura habitabilidad de nuestro planeta es un tema de plena actividad. En este artículo se explican las diferentes modificaciones experimentadas por el clima a lo largo de los siglos y su decisiva influencia en la evolución de la historia

El clima y la historia

Por Juan Jesús Llodrá González en revistadehistoria.es

 

Durante la historia del hombre el planeta ha sufrido cambios climáticos de manera natural que han provocado cambios históricos, ya que debían adoptar nuevas estrategias de supervivencia.

Actualmente estamos viviendo un periodo interglaciar, el Holoceno, que se inició hace unos 13.000 años durante los cuales ha habido fluctuaciones en las temperaturas provocadas por fenómenos naturales que han provocado periodos fríos o cálidos, correspondiendo los periodos cálidos a momentos en los que se desarrollan grandes cambios en la humanidad, mientras que los periodos fríos son momentos de crisis.

En torno al V milenio aC, hubo un periodo cálido que provocó que las poblaciones se desplazaran a lugares cercanos a los ríos para poder obtener alimentos huyendo de la progresiva desertificación. En estos momentos surgen las primeras ciudades en Mesopotamia y el imperio Egipcio con la unificación del alto y el bajo Egipto con la figura de Narmer I (c. 3100)  creando un imperio floreciente durante siglos al no depender de las precipitaciones gracias al Nilo.

Esta situación estratégica provocó numerosos conflictos en Egipto con distintas invasiones como la de los hicsos desde Palestina a mediados del II milenio, en pleno periodo cálido o la de los persas entorno al 520 en un periodo de descenso de las temperaturas que los empujaría en busca de zonas más fértiles en un momento de crecimiento de su imperio.

Durante el imperio romano encontramos un periodo cálido con inviernos templados y una humedad superior a la actual lo que facilitó el aumento de la producción de alimentos que conllevó un incremento de la población provocando la migración de campesinos a la ciudad, el desarrollo de las manufacturas y la expansión militar del imperio romano para obtener nuevos mercados.

La Edad Media marcada por el descenso térmico

La caída del Imperio Romano de Occidente y el inicio de la Edad Media están marcados por un descenso de las temperaturas que provoca la presión de los pueblos bárbaros en los limes romanos buscando nuevas tierras donde asentarse y el abandono de las grandes ciudades debido al descenso de producción agrícola marcado por este periodo más frío y el descenso del número de esclavos, lo que provoco un cambio del sistema productivo esclavista al servil.

En este periodo de cambios, que coincide con la peste de Justiniano (540 dC) un autor de la época, Procopio de Cesarea, informa que “el Sol estaba como apagado” y estudios dendrológicos confirman una disminución del tamaño de los anillos entre el 536 y el 550.

Este enfriamiento y disminución de las precipitaciones facilitó la aparición de epidemias, al disminuir la producción agrícola y el comercio, aumentando las migraciones de las ciudades al campo para cultivar nuevas tierras.

Entre el 900 y mediados del siglo XIV se inicia un nuevo periodo cálido, conocido como el periodo cálido medieval, es un periodo de crecimiento de la población debido a una climatología benigna que permite mejores cosechas y avances en la agricultura.

La Pequeña Edad de Hielo

Como en el periodo de crecimiento del imperio romano observamos un aumento del comercio, es el momento de las expediciones vikingas a Groenlandia y a la costa americana, la aparición de la Hansa, el desarrollo de la Mesta en Castilla para aprovechar los abundantes pastos para las ovejas…

A este periodo cálido seguirá uno conocido como la Pequeña Edad de Hielo, que durará hasta la mitad del siglo XIX. Este periodo se iniciará con años de un aumento de las precipitaciones y un  descenso de las temperaturas que provocará malas cosechas y facilitará la aparición de epidemias como la de la peste negra de 1347 que diezmara la población europea, dificultará las rutas comerciales marítimas del norte de Europa y obligara a los vikingos a abandonar Groenlandia y sus rutas con América.

Este periodo fue convulso en Europa, aunque el frío no afecto por igual a todo el continente sí que generó malas cosechas que afecto sobre todo a las clases más bajas que pasaron hambre debido a las malas condiciones climatológicas y que fueron motivo de descontento popular y una de las causas de la revolución francesa.

Con el clima mejoran las técnicas agrícolas

A finales del siglo XVII y principios del siglo XVIII cuando el clima empieza a ser más benévolo y mejoran las técnicas agrícolas se produce una revolución agrícola que permitirá un crecimiento de la población y el desarrollo de la revolución industrial que establecerá un nuevo sistema social y económico en Inglaterra que se irá extendiendo por Europa.

El final de este periodo frío fue igual que su inicio con años de grandes precipitaciones que provoco en 1846 la Gran Hambruna de Irlanda obligando a muchos irlandeses a migrar a los EEUU.

Desde este momento estamos en un periodo cálido, en el cual observamos un aumento del comercio internacional con el imperialismo europeo en África y Asia debido al aumento de la productividad provocado por la revolución industrial y la necesidad de nuevos mercados.

Podemos concluir diciendo que los periodos cálidos han provocado momentos de crecimientos de población, con el desarrollo de las ciudades y aumento del comercio internacional, con lo cual podemos establecer una cierta relación entre el clima y los cambios socioeconómicos.

En la actualidad las consecuencias del clima cálido en el hemisferio sur ha provocado un aumento de las hambrunas y esto ha generado, en parte, las revoluciones de los países del norte de África, primavera árabes, y el incremento de los flujos migratorios hacia Europa huyendo de los conflictos provocados por el hambre y de las dictaduras que se intentaron derrocar mediante las revoluciones.

En el futuro los conflictos debido al calentamiento global, que aumenta de manera artificial debido a la actividad humana, afectaran a todo el mundo debido a la globalización incrementándose las disputas entre los países por el control de los recursos, ya hay disputas entre países por la construcción de presas en los grandes ríos, el control de acuíferos y el aumento de refugiados que huyen de lugares donde se producen hambrunas debido a las sequías extremas.

La Primera República

 

Francisco de Asís López Avellaneda en revistadehistoria.es

La Primera República es uno de tantos capítulos de nuestra dilatada historia de guerras y enfrentamientos, culmen del llamado “sexenio revolucionario”, iniciado unos años antes, en 1868. Consta, en realidad, de dos tiempos muy nítidos, cada uno de ellos poco inferior a un año. El primero, la República propiamente dicha, entre el 11 de febrero y el 3 de enero de 1874, cuando el sablazo del capitán de Madrid acabe con semejante dislate parlamentario.

A partir de ese momento, comienza la segunda parte del susodicho periodo, siendo uno de los momentos más rocambolescos en toda la historia de España, que coincide con el año 1874, y que bajo la jefatura del general Serrano, duque de la Torre, en realidad se prolonga la República sin declaraciones expresas ni pro ni contra, siendo zanjado a fines de ese mismo año por el general Martínez Campos en Sagunto, con la entronización del monarca Alfonso XII.

Desgobierno y disputas internas

La primera experiencia republicana en España es sinónimo del desgobierno y de disputas internas que, lejos de resolver los problemas acuciantes que en aquel momento tenía el país, los multiplica y divide aún más a una nación extremadamente frágil en la faceta política tras un siglo marcado, en buena medida, por la pérdida de las colonias de ultramar en los primeros años del siglo XIX.

El rey Amadeo de Saboya, ante el desconcierto imperante, decide abandonar España y el 11 de febrero de 1873, Martos y Ruiz Zorrilla, ambos pertenecientes a la masonería, proclamaron la Primera República. Aniquilada la monarquía existente, la experiencia republicana ulterior resultó insostenible, primero, porque sus impulsores no fueron capaces de articular un sistema que diera cabida a todas las ideologías existentes, que respetara a todos y que, en suma, procurara el bien de todos; segundo, porque la nación emprendió un camino de desintegración que amenazaba la unidad forjada a finales del siglo XV por los Reyes Católicos; y, tercero,  porque la facilidad con que los opositores recurrieron a las armas para defender sus propios intereses y la contundencia empleada en los últimos meses de dicho periodo por los distintos gobiernos dieron al traste con una etapa que no caracterizó, lamentablemente, por ser modélica ni ejemplarizante.

Por tanto, nos encontramos con una República que en menos de un año tuvo una cifra nada desdeñable de cuatro presidentes. Fue el primero don Estanislao Figueras, que solía repetir con verismo: “Yo no mando ni en mi casa”, y que tuvo que enfrentarse con un desfonde total de la disciplina cívica y militar. Al morir su esposa, el presidente de la República pide una temporada de permiso y le sustituye interinamente don Francisco Pi y Margall, teórico del federalismo, quien finalmente se hace cargo de forma definitiva del poder en el mes de junio, cuando es conminado para ello por un coronel de la Guardia Civil que se presenta en el Congreso. Durante la presidencia de Pi se redacta el proyecto de Constitución, de corte federalista, que implicaba en la práctica la desarticulación de la unidad nacional recuperada desde hacía cuatrocientos años y se asistió, en paralelo, a la irrupción de los cantones, pequeñas entidades que pretendían independizarse de cualquier poder, incluido el de las posibles entidades federadas. “Las regiones ABCD, Estados soberanos- rezaba el proyecto-, declaran en uso de su autonomía que quieren formar parte de la Federación española…”.

Bajo la presidencia de Pi, la unidad nacional se va, poco a poco, desgarrando. Los cantones pudieron ser reprimidos con suma facilidad por las autoridades, pero Pi y Margall se negó. Aquella erupción de entidades autónomas, al contrario de lo que se pueda pensar, no contradecía su visión de la nación sino que la reafirmaba. Se declaran las repúblicas independientes de Cataluña, Málaga, Cádiz, Sevilla, Granada, Valencia, Castellón…Para más inri, la de Granada declara la guerra a la de Jaén, la de Jumilla amenaza a todas las naciones vecinas, incluso a la murciana. Un pequeño pueblo junto a la raya de Toledo y Ciudad Real, Camuñas, se declara independiente y soberano. Sin duda, el cantón más tenaz fue el de Cartagena, donde el caudillo huertano Antonete Gálvez se apoderó de la plaza y de la escuadra, ordenó desde el puente de la Numancia el abordaje de las naves leales al gobierno- “¡a toa máquina!” y encabezó una marcha sobre Madrid que logró llegar hasta Chinchilla, a las puertas de Albacete.

La reacción de la República fue mantenerse en medio del desmoronamiento nacional y de una ofensiva carlista mediante el cambio de rumbo hacia un unitarismo preconizado por Nicolás Salmerón, a la sazón sustituto de Pi y flamante presidente de la República, el cual no tuvo más opción que recurrir a las fuerzas armadas para imponer el orden en medio del caos y el desconcierto. Los carlista, totalmente incapaces de capitalizar políticamente la desintegración republicana y el anhelo del país entero para salir del caos, trataban de lograrlo en los campos de batalla.. En 1873 toman Estella y entran en la ciudad de Cuenca bajo la dirección del hermano de su rey, don Alfonso Carlos proclamado como Alfonso VIII.

La agonía del régimen republicano

La presidencia de Castelar (7 de septiembre- 2 de enero de 1874)- un personaje al que se había vinculado repetidamente con la masonería, fue en la práctica, una dictadura en la que el régimen, cada vez con menos apoyo social, apenas consiguió atacar infructuosamente el cantón de Cartagena. El 2 de enero de 1874, el general Pavía hizo su entrada en el Parlamento en un acto que, con bastante frecuencia, suele interpretarse como el epílogo de la República cuando la realidad es que tan sólo pretendió sustentarla sobre bases más sólidas.  Preside la escena don Emilio Castelar, el cual asevera: “Yo, señores, no puedo hacer otra cosa más que morir aquí el primero con vosotros”.

El gesto de Pavía, secundado silenciosa y unánimemente por todas las fuerzas armadas, fue el primer pronunciamiento de la historia en que participó todo el Ejército como tal; todos los casos anteriores fueron pronunciamientos políticos de un militar o un grupo de militares en apoyo de un grupo político. Con el general Serrano al mando del ejecutivo, la República continuó la trayectoria dictatorial que ya se había iniciado con Castelar tan sólo unos meses antes.

Como todo el mundo estaba convencido de que la raíz de todos los males que aquejaban a la nación era política y cívica, se gestaba en los medio políticos un dramático cambio de escena como remedio universal. El autor material del hecho fue el general Arsenio Martínez Campos, que proclamó rey de España a don Alfonso XII el 20 de diciembre de 1874 en la plaza de Sagunto, ante dos batallones del brigadier Dabán. El jefe del Ejército del Centro, general Jovellar, y el capitán general de Cataluña, don Fernando Primo de Rivera, le ofrecen su cooperación inmediata. El jefe del ejecutivo, general Serrano, se inhibe en cuanto comprueba la actitud del ejército del Norte, favorable a don Alfonso, el hijo de Isabel II. No iba a encontrar oposición. La nación que trataba de recuperarse de tantas veleidades revolucionarias que la habían sumido en el caos y de la división jamás experimentada con tanta intensidad en tan poco tiempo, ansiaba tranquilidad.

 

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El castillo de Miravet, símbolo de la épica templaria

 

Por Iván Sánchez Raya para revistadehistoria.es

 

El castillo de Miravet se erige imponente sobre una colina desde la que se domina una magnífica panorámica de los frondosos meandros del río Ebro.

De hecho, es uno de los mejores ejemplos de arquitectura románica de transición de la Orden del Temple en Occidente y fue la sede de los templarios en la Corona de Aragón.

Aunque los templarios son probablemente los que han dejado más huella en Miravet, este castillo ha sido testigo de algunos de los capítulos más importantes de nuestra historia. Así, en este emplazamiento se han encontrado restos íberos del siglo II antes de Cristo. Entre finales del siglo XI y principios de los XII, los andalusíes reformaron y ampliaron la fortaleza para poder hacer frente a la presión militar de los condados catalanes. Sin embargo, el castillo de Miravet cayó finalmente en manos cristianas y Ramón Berenguer IV se lo cedió a la Orden del Temple, que entre la segunda mitad del siglo XII y XIII construyó el bloque rectangular del recinto superior.

Con la caída de los Templarios, el castillo pasó a manos de la Orden del Hospital hasta el siglo XIX. Estos tuvieron que adoptar medidas de repoblación tras la expulsión de los moriscos por parte de la monarquía hispánica en 1609. Durante la guerra de Sucesión, el castillo es tomado por las fuerzas felipistas. También fue escenario de las guerras carlistas del siglo XIX y de la guerra civil española. En este último caso, fue inicialmente ocupado por las tropas franquistas y en abril del 38 fue recuperado por las fuerzas republicanas, para pasar definitivamente al bando nacional durante el mes de noviembre de ese mismo año.

Recorrido 

Entramos por una barbacana de pequeñas dimensiones pero que cumplía perfectamente su función: impedir que el enemigo hiciera un ataque directo sobre la puerta de entrada. Accedemos así al recinto inferior, una amplia explanada a los pies de la puerta principal del castillo rodeada por una larga muralla. Este gran espacio protegido servía para impedir cualquier asalto organizado sobre el núcleo principal de la fortificación, además de ofrecer refugio a los aldeanos y su ganado.

El recinto superior está constituido por un bloque rectangular con torres en los ángulos y unos muros realmente imponentes. Accedemos por una pequeña bóveda de cañón que a la izquierda tiene un pequeño cuerpo de guardia y a la derecha se puede ver una cisterna de gran tamaño para resistir largos asedios. El patio de armas es quizás el lugar más emblemático del recinto. Es fácil imaginarse a los monjes-guerreros entrenando bajo un sol de justicia. Fácil quedar impresionado ante su resistencia y contundencia con las armas. No olvidemos que los templarios eran los primeros que entraban en batalla y los últimos que se retiraban. Cómo debían imponer a las filas enemigas con sus cánticos de salmos.

Alrededor del patio de armas, que parece transportarnos a una fortaleza de Tierra Santa, se distribuyen las principales estancias de la fortaleza, como un refectorio con bóveda de cañón apuntada por donde entra una luz tenue llena de misticismo. De hecho, mientras los templarios consumían sus comidas frugales, un clérigo leía textos piadosos. En la planta baja también encontramos el granero, el almacén y la bodega, donde se guardaba el grano y los víveres procedentes de los vasallos.

A las estancias del primer piso se subía por una escalinata de madera que, en caso de proximidad del enemigo, se podía desmontar para dificultar el acceso a la planta noble.

Una galería da a la iglesia románica, marcada por su aspecto austero como obligaba la regla templaria. En una de sus esquinas encontramos la escalera de caracol a través de la cual se sube a la terraza. Desde allí la vista es impresionante. Es fácil imaginar las túnicas blancas de los caballeros y negras de los sargentos ondeando al viento, al igual que la enseña blanca y negra de la Orden.

¿Qué pasaría por la cabeza de aquellos hombres durante el asedio de las tropas del rey Jaime II en 1307 y 1308? Lo habían dado todo por el Cristianismo, se habían convertido en un aliado fiel a la Corona, participando de manera decidida en las conquistas de plazas musulmanas como Lleida o Fraga, habían educado al pequeño Jaime I… y ahora se les trataba como criminales. Qué trago más amargo por aquellos hombres.

Suerte que aquí al menos Jaume II declaró finalmente la absolución de los templarios y otorgó a aquellos hombres una pensión vitalicia. Quizás porque era consciente de la gran injusticia que el rey francés Felipe IV y el Papa Clemente V habían cometido con esta organización. Pero aquí siguen en pie estos muros, desafiantes, para recordar el sacrificio de unos hombres que resistieron la injusticia con dignidad.

La toma de Melilla

 

La toma de Melilla hace pensar en un gran asedio o una cruenta batalla, nada más lejos de la realidad.

A partir de la Guerra Civil, se difunde con fines políticos la idea de una conquista de Melilla, atribuida a Pedro de Estopiñán. Sin embargo, la supuesta sangrienta conquista de Melilla no es más que un mito, es más, Melilla tiene una larga tradición de ciudad de paz, y sus fortificaciones siempre han sido defensivas, con un ojo puesto siempre en frenar el expansionismo turco de la época.

Pedro de Estopiñán, actuó como contador de la Casa de Medina Sidonia, y si bien es cierto que incorporó Melilla a la Corona de España, lo hizo por pacto, y no por conquista. Cuando la expedición española llega a Melilla, se encuentra con una ciudad prácticamente en ruinas y abandonada, hasta tal punto que se han de hacer pregones para repoblarla.

La ciudad se puso voluntariamente bajo la soberanía del Duque de Medina Sidonia, al igual que otras ciudades del norte de áfrica, una incorporación pacífica fruto de un pacto entre los Reyes Católicos y Andrés y Lorenzo, dos moriscos españoles, que querían neutralizar la ciudad como base de piratas Berberiscos.

Lo que sí consiguió Pedro de Estopiñán con su desembarco, en septiembre de 1497, fue fortificar la ciudad y reparar sus murallas, gracias a que en su contingente llevaba una buena cantidad de ingenieros y obreros con abundante material de construcción, lo que permitió que los musulmanes que habitaban en las cercanías y que no veían con buenos ojos la entrega voluntaria de la ciudad a los españoles, no pudiesen reaccionar, para regocijo de los pocos habitantes que quedaban en Melilla, que estaban hartos de las guerras entre los reyes musulmanes de Fez y Tlemecen, que tanto daño habían causado a la pacífica ciudad.