Paren el mundo que yo me apeo

Marco de Lucas (20-1-2017)

Consummatum est. Un personaje que parece escapado de alguna de nuestras más horrendas pesadillas, xenófogo,  racista, grosero y ultra nacionalista (lo tiene todo el hombre) es, desde las 18 horas de este desdichado 20 de enero, el presidente de la primera potencia mundial y el comandante en jefe del ejército más poderoso del planeta. La galería de esperpentos, brujas y otros engendros salidos sabe Dios de qué submundo con que nos  ha venido obsequiando la política en los últimos meses ya tiene un inquilino más.

Si ya era difícil explicarse como alguien así podía ser candidato a la Presidencia de los Estados Unidos de América, excuso decirles cómo se nos quedó algunos el cuerpo al saber que un nefasto primer martes después del primer jodio lunes del mes de noviembre de un año múltiple de cuatro, los ciudadanos de Yankeelandia había elegido presidente a Donald Trump. ¡Paren el mundo que me apeo! fue la primera exclamación que nos salió del alma, después de comprobar que era 9 de noviembre y no 28 de diciembre.

No faltaron quienes corrieron a afirmar –santa inocencia- que “bueno, una cosa es lo que se dice en campaña y otra lo que después se hace. Que la exaltación mitinera dura lo que se tarda en alcanzar el poder, Que una vez en el sillón, se impone la moderación y el pragmatismo”. Supongo que a estas horas ya habrán salido de su error al comprobar que el Trump  presidente es el mismo Trump candidato que prometía levantar un muro en la frontera de México y amenazaba con meter en la cárcel a su contrincante. El mismo que pronosticaba la rápida descomposición de la Unión Europea y ponía en cuestión la utilidad de OTAN.  El mismo ignorante que decía en su discurso de toma de posesión que “Primero, América” refiriéndose, por supuesto, a su país. Y si le llamo ignorante –no es un insulto sino una definición- es porque ignora que su país no es América, sino los Estados Unidos de Norteamérica, que es muy distinto. Porque América es un continente que tiene una superficie de más de 43 316 000  kilómetros cuadrados, que equivalen al 8,4 % de la superficie total del planeta y que se extiende, de norte a sur, desde el cabo Columbia, en Canada, hasta las islas Diego Ramírez, en Chile. Como también ignora que esos mexicanos a los que quiere cerrar a cal y canto la frontera son tan americanos como él, y en algún caso más porque descienden de los primeros pobladores del continente, los pieles rojas; mientras que Mr.Trump y su distinguida esposa lo son de inmigrantes a los que en su día nadie vetó la entrada, gracias a lo han podido llegar a ser “la primera familia”.

Tiene gracia que en un país donde al que sostiene que la sanidad debe ser un derecho de todos los ciudadanos le llaman comunista, elija presidente a alguien que pretende levantar un muro para separar a las personas, igual que hicieron los esbirros del comunismo soviético en Berlín, hace 56 años.

Como también tiene su aquel la similitud del discurso victimista y mesiánico con que se despachó el nuevo inquilino de la Casa Blanca con el que caracteriza a todos los nacionalismos. “La patria ha sido objeto poco menos que de un expolio y otros se han enriquecido a su costa mientras ella empobrecía. Pero eso se acabó, porque aquí estamos nosotros, los patriotas, para devolverle su grandeza”.

Poco importa que las cifras macro y hasta micro económicas desmientan ese pretendido expolio y que esa relación de agravios resulte ridícula cuando estamos hablando del país más poderoso del orbe. Además, parece que Trump y los suyos también ignoran es que la deslocalizacón, que hoy no sólo se da en Estados Unidos sino en todo el mundo desarrollado, es un fenómeno tan viejo que ya hay referencias de él  en el siglo XVIII.

La transversalidad de los ultra nacionalismos hoy en boga es una prueba más de que los conceptos “derecha” e “izquierda” y sus derivados son cada vez más una anticualla y que la verdadera pugna está entre quienes creen en la libertad, la democracia y los derechos humanos y los que no. Y esa réplica de Torrente en versión Hollywood que ayer tomó posesión, no está entre los primeros.

Parece evidente que el primer martes después del primer lunes de noviembre de 2016, a los electores del país del Tío Sam se les fue la pinza, y mucho, lo que no pasaría de la pura anécdota sino fuera porque esa gracieta la vamos a pagar todos.

¡Manda narices!  

 

Yes we can, si te dejan...y no le dejaron

Marco de Lucas (12-1-2017)

Alguien dijo, y dijo bien, que la democracia es el sistema menos malo que tenemos para gobernar un país. Me gusta esta definición sobre todo por lo que tiene de humilde reconocimiento de las propias limitaciones, frente a la prepotencia de los totalitarismos que pretenden tener la solución perfecta a todos los problemas. Lo que ya no me gusta tanto es que ese toque de modestia se haya convertido en conformismo, cuando no en fatalismo. Esto es lo que hay y sólo queda aceptarlo porque todo lo demás es peor. Y me pregunto ¿Por qué esa resignación?

Al decir que es el sistema menos malo, estamos admitiendo que es malo y si es malo digo yo que será mejorable y en ello deberíamos esforzarnos los ciudadanos del mundo que creemos en la democracia y cuanto ella representa. En lugar de eso, nos hemos acomodado a la situación en la nuestra creencia –que no deja de ser cierta- de que vivimos en el menos malo de los mundos posibles; y  eso nos ha llevado a considerar como normales cosas difícilmente explicables en democracia si por tal entendemos la soberanía del pueblo y el derecho de éste a elegir y controlar a sus gobernantes.

En su despedida de la Casa Blanca, Barack Obama pasó balance de su gestión y, claro, puso el foco en los logros alcanzados para remachar el “Sí se puede” de su eslogan electoral con un “sí, lo hicimos”. Es lo que tocaba decir, de la misma forma que a los analistas políticos les tocó recordar, a continuación, las cosas que “no hicimos” -como por ejemplo cerrar la ominosa prisión de Guantánamo-, aún reconociendo que, en algunas casos, “no se pudo” porque lo impidió el Congreso, donde tienen mayoría los republicanos.    

O sea, que la institución que representa a los ciudadanos, se constituyó en obstáculo para que el presidente elegido por esos ciudadanos pudiera desarrollar algunos de los puntos del programa de gobierno por el que, se supone, le habían votado. Que alguien me lo explique, porque no lo entiendo.

Supongo que este sinsentido se justificará en el hecho de que en el país más presidencialista del mundo –recordemos que la constitución de Estados Unidos no contempla la existencia de un gobierno tal como lo entendemos en Europa- el poder legislativo necesita fuertes mecanismos de control para evitar que la persona que ocupa el despacho oval pueda hacer y deshacer a su antojo; pero una cosa es controlar y otra poner palos en las ruedas.

Supongo, también, que habrá quien considere muy saludable para la democracia esa “debilidad” del presidente frente a un Congreso dominado por el partido rival –lo que aquí llamamos gobernar en minoría- por aquello del equilibrio de poderes, pero el resultado final a la hora del balance es que hubo cosas que Obama  no pudo hacer, porque no le dejaron los representantes de los ciudadanos que le habían votado –se supone- para que las hiciera.

¡Manda narices!   

El espiche

La llegada de Donand Tump a la Cada Blanca lleva aparejado un hecho histórico. Por primera vez,  todo el mundo (o casi) desea que un político no cumpla ninguna (o casi) de sus promesas electorales.