La gran reacción contra China

 

Enrique Fanjul (*)  / 11-04-2019

En los últimos tiempos se está produciendo un cambio, rápido y profundo en la percepción de China por parte de buena parte de la comunidad internacional. Este cambio de percepción se traduce en crecientes sentimientos de recelo y desconfianza hacia China. Se trata de un fenómeno que se presenta tanto en países avanzados como en países en desarrollo, y que de seguir progresando va a suponer cambios importantes en la escena internacional.

Las manifestaciones de esta reacción contra China son múltiples. Hace pocas semanas la Comisión Europea publicaba un importante documento sobre la estrategia hacia China que representa un importante endurecimiento en relación con las posturas mantenidas en el pasado. En el documento se califica a China de “competidor económico” y “rival sistémico que promueve modelos alternativos de gobernanza”.

La Comisión de Asuntos Exteriores del parlamento británico ha publicado también, a principios de este mes de abril, un documento sobre las relaciones con China. El documento plantea la necesidad de revisar la política hacia China, recomendando no firmar un  memorándum de entendimiento sobre la Nueva Ruta de la Seda, y con alusiones a “los intentos de China de subvertir los mecanismos internacionales de derechos humanos”, los peligros para la autonomía de Hong Kong, las interferencias de China en la política del Reino Unido, en sus medios de comunicación e instituciones académicas, etcétera.

Son ya varias las universidades de países occidentales que han decidido cerrar los institutos Confucio que albergaban en su seno, por lo que consideraban actividades inaceptables de propaganda. La Unión Europea ha puesto en marcha un mecanismo de supervisión de inversiones extranjeras, que en la práctica se dirige fundamentalmente hacia las inversiones de empresas chinas.

La organización Reporteros sin Fronteras ha publicado recientemente el informe “China’s Pursuit of a New World Media Order”, que investiga la estrategia de Pekín para controlar la información a nivel internacional, un proyecto que según esta organización representa una amenaza para la libertad de prensa en todo el mundo.

En fin, podrían citarse muchos otros ejemplos que ponen de manifiesto los crecientes recelos hacia China.

Dos factores clave

Estas críticas contra China no responden, como algunos han señalado, a chinofobia, sino que se explican en buena medida por la nueva orientación que el país ha adoptado con Xi Jinping. Durante varias décadas la China de la reforma mantuvo una política exterior moderada, de perfil bajo. Se confiaba en que el país evolucionaría paulatinamente hacia un sistema político de mayores libertades. Existía un consenso relativamente amplio en que la China de la reforma sería para la comunidad internacional una fuente tanto de prosperidad económica como de estabilidad.

En el trasfondo de esta nueva actitud de recelo y desconfianza hacia China se encuentran dos factores clave, en mi opinión.

Por un lado, el carácter autoritario de su régimen político. Existe una percepción cada vez más generalizada de que en la etapa de Xi Jinping se ha producido una involución en lo que se refiere a la evolución política, los derechos humanos, las libertades. La idea de que la reforma y el progreso económico llevarían hacia un sistema político más abierto y liberal parece haber perdido validez. Con la política de reforma que se lanzó en 1978, bajo el impulso de Deng Xiaoping, se puso en marcha un proceso para separar paulatinamente el Estado del Partido, en el que también se ha producido una involución.

Por otra parte, se ha extendido la percepción de que China no respeta las normas internacionales. China, por ejemplo, rechazó la resolución de la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya en relación con su contencioso con Filipinas en el mar del Sur de China.

Se han producido secuestros y desapariciones de abogados defensores de derechos humanos, editores, empresarios, etcétera, algunos de los cuales han “desaparecido” en otros países o en Hong Kong y han reaparecido posteriormente en China realizando confesiones públicas de culpabilidad.

El tema de la detención de la directora financiera de Huawei, Meng Wanzhou, en Canadá es significativo a este respecto. Por un lado, China ha exigido al gobierno canadiense su puesta en libertad, obviando que existe un procedimiento judicial en marcha y que en los países democráticos el sistema judicial es independiente y no responde a las órdenes de los gobiernos. Además, varios ciudadanos canadienses fueron detenidos en China poco después de la detención de Meng, algo que muchos observadores han considerado una represalia (inaceptable en términos de seguridad jurídica y respeto a la ley) por la detención de la directiva de Huawei.

El futuro: ¿una nueva etapa?

Este movimiento de reacción frente a China ha conocido una notable aceleración en los últimos tiempos. Los documentos que he mencionado de la Comisión Europea, el parlamento británico, Reporteros sin Fronteras, son de las últimas semanas.

Es difícil pronosticar con una cierta precisión sus consecuencias, pero éstas pueden ser muy amplias y tener una incidencia importante en la evolución internacional. No tenemos espacio en este post para analizar estas posibles consecuencias. Pero me gustaría hacer un último comentario antes de terminar.

China ha entrado en estos últimos años en una nueva etapa, y también lo ha hecho la percepción de China en la comunidad internacional. Se trata de una etapa que genera incertidumbres, nuevos riesgos, y que obliga sin duda a la comunidad internacional, a la Unión Europea, a España, a adaptar sus políticas. La Unión Europea, en particular, debe esforzarse por terminar con sus divisiones en su política hacia China y adoptar una política común.

Pero hay que tener también en cuenta que, al igual que las condiciones han cambiado en los últimos años, también pueden hacerlo en el futuro, y la República Popular China puede entrar en una nueva etapa, que la devuelva a la senda que había seguido hasta hace unos años.

(*) Enrique Fanjul es Profesor del Master de Relaciones Internacionales del Instituto de Estudios Europeos (CEU)

Informe mensual de Caixabank (Abril2019)

 

Desaceleración moderada pero con riesgos importantes

La persistencia de factores temporales negativos en las economías avanzadas ha llevado a organismos internacionales de la talla del BCE o la OCDE a revisar a la baja sus previsiones económicas de forma significativa (ahora se sitúan bastante en línea con las de CaixaBank Research). Por ejemplo, el BCE ha bajado su previsión de crecimiento de la eurozona para 2019 entre diciembre y marzo del 1,7% al 1,1%. La OCDE, por su parte, ha rebajado su previsión de crecimiento global en 2019 del 3,5% al 3,3%. Asimismo, en la narrativa, se está haciendo un mayor énfasis en los riesgos bajistas que rodean a la economía global, como la incertidumbre geopolítica o las vulnerabilidades en economías emergentes. A ello se ha sumado la inversión de la curva de tipos de interés en EE. UU., que ha suscitado preocupación entre muchos analistas económicos dado que, tradicionalmente, ha anticipado el fin de la expansión económica y ha reintroducido en el imaginario colectivo la temida palabra «recesión». Sin embargo, hay que evitar análisis de trazos gruesos: los indicadores macroeconómicos en EE. UU. continúan apuntando a un ritmo de crecimiento notable en 2019. Además, a nivel global, aunque la desaceleración es una realidad tangible, está siendo relativamente moderada y algunos focos de riesgo, como las tensiones comerciales o los temores a una desaceleración brusca en China, han perdido algo de fuerza.

Los bancos centrales continúan instalados en un waitand-see mode.

El mensaje de la Fed y el BCE está siendo parecido: no modifican las políticas monetarias, enfatizan los riesgos bajistas sobre la economía global y reiteran que se mantendrán pacientes. Este mensaje supone un importante giro respecto al que daban hace pocos meses. La Fed, por ejemplo, en diciembre de 2018, aumentó el tipo de interés y anunció la intención de hacerlo en tres ocasiones más entre 2019 y 2020. El BCE tampoco le ha ido a la zaga y en su reunión de marzo anunció que mantendrá los tipos inalterados hasta finales de 2019, enterrando de manera definitiva la posibilidad alimentada anteriormente de realizar la primera subida tras el verano. También desveló que lanzará una nueva ronda de inyecciones de liquidez a partir de septiembre.

La eurozona afronta una realidad compleja.

Los indicadores macroeconómicos están siendo modestos en el primer tramo del año, de manera que todo apunta en la segunda mitad de 2018 está teniendo cierta continuidad. La economía de la eurozona se está viendo lastrada por la desaceleración del comercio global y los problemas del sector del automóvil, y a todo ello se le podría sumar la salida abrupta del Reino Unido de la UE en los próximos meses. Este último factor continuará copando buena parte de la atención, ya que la fragilidad del Gobierno británico y la falta de consensos claros harán que la incertidumbre sobre el desenlace del brexit sea muy elevada hasta el final. Más allá de estos factores, la reflexión de fondo sobre la situación de la economía europea es si esta se está viendo frenada por un encadenamiento de factores temporales más persistentes de lo esperado o si se trata de una tendencia a la baja que ha venido para quedarse. Por ahora, todo apunta a la primera opción, ya que el recorrido cíclico de la economía sigue siendo relativamente amplio, pero la elevada sensibilidad que ha mostrado a los distintos shocks que se han producido nos obliga a ser muy cautos.

España y Portugal continúan por la buena senda.

Nuestras economías se están asentando en niveles de crecimiento significativamente superiores a la eurozona y, de hecho, existen paralelismos muy claros en la evolución de las dos economías ibéricas: los indicadores de actividad del 1T sugieren que el ritmo de crecimiento se mantiene dinámico a pesar de una leve ralentización, el mercado laboral da muestras de resiliencia (en el caso de España, el crecimiento del empleo prácticamente no ha perdido comba respecto a 2015-2017 y está sorprendiendo positivamente) y las finanzas públicas están mostrando una clara mejoría: España ha reducido su déficit en 0,4 p. p. en 2018 y, al situarse en el 2,6% del PIB, ha abandonado el procedimiento de déficit excesivo, mientras que Portugal lo ha reducido en 2,5 p. p. hasta el 0,5% del PIB. A pesar de estos buenos datos, sería contraproducente dar rienda suelta a una excesiva euforia: la mejora de las finanzas públicas se ha basado principalmente en el ciclo económico, pero hay que hacer reformas para que este proceso tenga continuidad y, en otro orden de cosas, preocupa la erosión de la cuenta corriente en los dos países en un contexto caracterizado por un entorno macroeconómico global menos favorable.