El blog de Marco

¡Manda narices!

¿Hasta cuándo seguiremos dando cuerda?

Marco de Lucas (4-04-2019)

Fue autor de un buen número de canciones, algunas de mucho éxito “No soy de aquí no soy de allá”. “Cuando un amigo se va”,  “Te llegará una rosa”, “El abuelo”…, con las que llegó a conseguir cuatro discos de oro y colaboró con otros grandes del arte e cantar como Serrat, Facundo Cabral o María Dolores Pradera;  pero para mí, esa voz amiga que no era de aquí ni de allá porque la poesía no tiene patria y que se nos ha ido en este inicio de abril que más parece febrero, será la que cantó aquello de “Hasta cuándo seguiremos esperando que nos dejen de joder con las doctrinas”.

Es un poema compuesto mano a mano con Estela Raval, voz de Los cinco latinos y banda sonora de la generación del 50 del siglo XX. Una canción que de forma sencilla, como todas las suyas, suelta verdades como puños, como cuando se pregunta “si tu primo antepasado en el árbol no era más civilizado”; afirma que “con la vida no se puede andar jugando, protegerla es la razón de las razones” y denuncia a los “fanáticos que matan a mansalva protegidos por siniestros abogados que llaman al terror ideología”. Y también deja esta reflexión  “Cuando ves que se consagran las prisiones en el nombre de Jesús crucificado; no te asombres si después las bendiciones se reparten desde un púlpito blindado”.

Y al final le pone la guinda y lanza esa pregunta, ¿"asta cuando seguiremos esperando que nos dejen de joder con las doctrinas"?, que me repito cada mañana en estos días de discursos inflamados, de sobreactuaciones rayanas en lo histriónico, de descalificaciones -cuando no insultos- al rival que en otro contexto serían se querella criminal; cuando se ha generalizado una estrategia basada en que hay que soltar cada día una insensatez más gorda que la del día anterior, para que cada día se hable de mosotros aunque sea para acordarse de nuestra santa madre.

Sí, “hasta cuándo seguiremos esperando, hasta cuándo seguiremos dando cuerda; ya el reloj de la esperanza está fallando y podemos irnos todos a la.....” Se silenció la voz pero las preguntas siguen en el aire. Tal vez –como nos cantó Dylan  - las respuestas sólo las sepa el viento.

Un viento que ahora le ha dado por soplar del norte para que asome el invierno; y nosotros que creíamos que se había tomado un año sabático. Un viento que trae el eco de esa canción “Hasta cuando” a caballo del disparate nuestro de cada día, siempre más gordo que el del día anterior para que volvamos a hablar de su autor que ya prepara sabe Dios qué animalada  para el día siguiente. ¿Hasta cuando les seguiremos dando cuerda? Mucho me temo, querido Alberto, que va para largo, si es que antes no nos vamos a la…sí ahí, ahí.

PD

Ahora resulta que en el Estado hay cloacas y que sus iquilinos, funcionarios a los  que pagamos todos con nuestros impuestos –los que pagan, claro- se han dedicado a “confeccionar” un marrón con el que desactivar a Podemos, y que lo han hecho con tal habilidad que se ha descubierto el pastel justo en estas vísperas pluri electorales, con lo cual lo que han conseguido es hacerle la campaña al partido de Iglesias/Montero (que ellas, unidas pueden). Bravo, chicos, sois unos cracs. Y encima lo llaman policía patriótica ¡Manda narices!    ­ 

Melodía encadenada

Almodóvar en estado puro

Vicki Palau (30-03-2019)

“Almodóvar en estado puro. O te gusta o no te gusta, pero es Almodóvar”.

Así lo dijo Ximo cuando aparecieron los créditos después de un fundido a negro, me parece que se llama así; y si el cinéfilo de la familia lo dice, será verdad.

Como ya habrán adivinado, acabábamos de ver “Dolor y gloria” el último éxito del director manchego, que según parece está arrasando en taquilla. Y habrá que creerlo porque hacía tiempo que no veía una cola tan larga a la puerta de un cine.

A mí, antes de la sorpresa final que, por supuesto no les voy a revelar, la película me iba dejando un sabor ¿cómo les diría? agridulce. Porque los paralelismos entre el protagonista que interpreta el buenorro de Antonio Banderas – cómo me pone a mi este hombre- y el autor de la peli son tantos, que da la sensación de que, a través de un alter ego,  Almodóvar ha querido desnudar su alma en esta obra que rezuma ternura; esa ternura amarga que nace de un dolor que la gloria puede compensar sólo muy relativamente, y de la nostalgia de un tiempo pasado – ¡Ay aquellos años 80 y su movida madrileña! – que, como en el tango, viene a encontrarse con la vida del protagonista en la figura de un antiguo amante; y del permanente recuerdo de la madre que le llevó a ganar un Óscar cuando nos lo contó todo sobre ella.

Y es también esa ternura que te produce la decadencia, porque Salvador Mallo, el protagonista de la ficción, no sólo siente ya los achaques de una prematura vejez en forma de pérdida de audición, problemas de espalda, dolores de cabeza y migrañas, sino que está atrapado en el infierno de la droga y no puede escribir y menos aún filmar, y ese es el peor drama que le puede suceder a un creador.

¿Es así como se ve Almodóvar, decadente? ¿Se está como despidiendo con este repaso tan descarado de su propia vida?  

 Así lo parece –o me lo pareció a mí- hasta que el final -corten, fundido a negro y las letritas de los créditos ascendiendo por la pantalla- me dio a entender que no, que si algo no tienen en común Pedro Almodóvar y su alter ego Salvador Mallo es el haber perdido la capacidad de crear. Y me acordé de lo que le oído decir más de una vez a un amigo escritor., que en todo hay una historia. Y si la hay en todo, cómo no la va a haber en la propia vida. Y le di la razón a Ximo, que para eso es el cinéfilo de la familia. “Dolor y gloria” es Almodóvar en estado puro.      

Spinoza o cómo salvar la democracia

(Miércoles 13-02-2019)

Un artículo que vale la pena leer el de este 13 de febrero en El País. Es  un extracto del último libro “El milagro Spinoza”, de Fréderic Lenoir, filósofo, investigador en la Escuela de Altos Estudios de Ciencias Sociales de París, que publica Editorial Ariel con traducción de Ana Herrera.

Pacto social, democracia, laicidad, igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, libertad de creencia y de expresión: Sponiza es el padre de nuestra modernidad política. Un siglo antes que Voltaire y Kant, e incluso algunos decenios antes que Locke, que publica su notable Carta sobre la tolerancia en 1689, es el primer teórico de la separación de los poderes político y religioso y el primer pensador moderno de nuestras democracias liberales

Pero en lo que me parece más moderno que nosotros es en que percibió perfectamente, cuando todavía no existían siquiera, los límites de nuestras democracias: la falta de racionalidad de los individuos, que, al continuar siendo esclavos de sus pasiones, seguirán la ley más por miedo al castigo que por una adhesión profunda.Pero si la “obediencia exterior” es más fuerte que “la actividad espiritual interna”, usando sus propias expresiones, nuestras democracias se arriesgan a debilitarse. Por eso recuerda la importancia crucial de la educación de los ciudadanos, la cual no debe limitarse a la adquisición de conocimientos generales, sino también a la enseñanza de la convivencia, la ciudadanía, el conocimiento de sí mismos y el desarrollo de la razón. Después de Montaigne, que abogaba por una educación que consiguiera cabezas “bien hechas” más que cabezas “bien llenas”, Spinoza sabe que cuanto más capaces sean los individuos de adquirir un juicio seguro que les ayude a discernir lo que es bueno de verdad para ellos (lo que llama “la utilidad propia”), más útiles serán a los demás como ciudadanos responsables.

Todo el pensamiento de Spinoza reposa, de hecho, en la idea de que será más fácil que un individuo se ponga de acuerdo con los demás si primero lo está consigo mismo. O dicho de otra manera: nuestras democracias serán sólidas, vigorosas y fervientes si los individuos que las componen son capaces de dominar sus pasiones tristes (el miedo, la cólera, el resentimiento, la envidia…) y conducen su existencia siguiendo la razón. Aunque no se diga explícitamente, también se da a entender que los ciudadanos, movidos más por sus emociones que por su razón, podrán elegir a dictadores o demagogos. ¿Acaso no se escogió a Hitler de la manera más democrática del mundo, a causa del resentimiento del pueblo alemán tras la humillación del Tratado de Versalles? ¿Acaso Donald Trump no ha entrado en la Casa Blanca debido a la cólera y el miedo de una mayoría de norteamericanos?

Spinoza comprendió, tres siglos antes de Gandhi, que la verdadera revolución es interior y que es transformándose uno mismo como se cambia el mundo. Ese es el motivo por el cual se pasó 15 años escribiendo la Ética, su gran obra, un libro de conocimiento de las leyes del mundo y de los hombres, pero también una guía de transformación de nosotros mismos, con el fin de conducirnos hacia la sabiduría y la felicidad últimas.(…)

Mediante un formidable trabajo de observación de sí mismo y sus semejantes, Spinoza quiere elaborar una verdadera ciencia de los afectos. Plantea tres sentimientos de base, de los cuales surgen todos los demás: el deseo, que expresa nuestro esfuerzo por perseverar en nuestro ser; la alegría, que permite el aumento de nuestra capacidad de actuar, y la tristeza, que disminuye esta última facultad. A continuación, intenta comprender cómo nacen y se componen los otros afectos a partir de esos tres sentimientos fundamentales. Todos los afectos son expresiones particulares del deseo, y serán una modalidad de la alegría si aumentan nuestra capacidad de obrar o de la tristeza si la disminuyen.

Así, Spinoza empieza por definir una serie de afectos que asocian deseo, alegría y tristeza, según unos objetos dados. El amor, que se basa en el deseo, tiene por objeto una cosa o una persona, y constituye una alegría en la medida en que la idea que tenemos de ese objeto aumenta nuestra capacidad de obrar (lo mismo que, como hemos visto antes, esa alegría podía transformarse en tristeza si ese amor se basaba en una idea inadecuada). Por el contrario, el odio tiene por objeto un ser cuya idea disminuye nuestra capacidad de actuar y nos sumerge en la tristeza. Por eso Spinoza define el amor como “una alegría que acompaña la idea de una causa exterior” y el odio como “una tristeza que acompaña la idea de una causa exterior”. Según la misma lógica, define la satisfacción interior como “la alegría que acompaña la idea de una causa interior” y los remordimientos como “la tristeza que acompaña la idea de una causa interior”. Esas definiciones a partir de los objetos van volviéndose más complejas, hasta el infinito, a medida que entran en funcionamiento otros mecanismos, como la temporalidad, la asociación o la identificación. Así, Spinoza define la esperanza como “una alegría inconstante, nacida de la idea de una cosa futura o pasada, cuyo resultado nos parece dudoso en cierta medida”, y el temor como “la tristeza inconstante, nacida de la idea de una cosa futura o pasada, cuyo resultado nos parece dudoso en cierta medida”. Igualmente, define el sentimiento de seguridad como “la alegría que nace de la idea de una cosa futura o pasada a propósito de la cual ya no hay motivos para dudar” y la desesperación como “la tristeza que nace de la idea de una cosa futura o pasada a propósito de la cual ya no hay motivos para dudar”. O incluso, refiriéndose más bien al mecanismo de identificación, define la lástima como “la tristeza acompañada de la idea de un mal que acontece a otro que imaginamos semejante a nosotros” o la indignación como el “odio hacia aquel que hace daño a los demás”.

Los mecanismos de identificación y de similitud son esenciales para la comprensión de los afectos, nos dice Spinoza, ya que somos dados por naturaleza a compararnos con los demás. Los sentimientos más sencillos de amor y de odio, por ejemplo, toman numerosas formas más complejas cuando interactúan con la comparación que nosotros establecemos entre nosotros mismos y los demás. Así, los celos de la felicidad de los demás nacen de la frustración de no poder compartir su alegría, en tanto que los otros poseen el objeto en exclusividad. Mucho antes que René Girard, Spinoza subrayó la importancia del deseo mimético: deseo una cosa o una persona porque otro la posee. Pero esos mecanismos que producen nuestros afectos a menudo nos resultan oscuros: no tenemos conciencia de las causas profundas que hacen que seamos celosos, amantes, odiosos, misericordiosos o desesperados. Sufrimos nuestra afectividad, cuando sería necesario afirmarla.(…)

Ahí es donde Spinoza nos sorprende una vez más: la razón, como la voluntad, no basta para hacernos cambiar, afirma. El motor del cambio es el deseo.

Baruch Spinoza, filósofo holandés de origen sefardí hispano-portugués, nació en Amsterdam el 24 de noviembre de 1632 y murió en La Haya el 21de febrero de 1677 a causa de una tuberculosis; fue un heredero crítico del cartesianismo y está considerado como uno de los tres grandes racionalistas de la filosofía del siglo XVII junto con el francés René Descastes y el alemán Gottfried Leibniz.

Debido a su crítica racionalista de la ortodoxia religiosa, su obra cayó en el olvido hasta que fue reivindicada por grandes filósofos alemanes de principios del siglo XIX, que vieron en él al padre del pensamiento moderno.

Melodía encadenada

¿De verdad nos creen tan tontitas?

Vicky Palau (15-02-2019)

Pasó San Valentín y volvimos a oír el conocido discurso de que “esa fiesta es un invento de los centros comerciales para hacernos consumir, igual que Navidad, “el Día de la madre”, el “del Padre” y similares. Pero este año se ha añadido a las descalificaciones un argumento nuevo. “El amor romántico también es un invento, en este caso del patriarcado, que a través del cine y de las letras de las canciones convence a las mujeres de que lo suyo es ser dulces princesitas a la espera de encontrar el gran amor de su vida”.

 Respecto a lo del consumismo, qué quieren que les diga, nadie está obligado a regalar nada si no quiere y en último caso, siempre se puede recurrir al detallito, no hace falta dejarse medio sueldo. Y en cuanto al romanticismo… De verdad que no entiendo ese feminismo que, a la vez que predica el empoderamiento de las mujeres, nos presenta como unas pobrecitas ingenuas, o acaso inmaduras, que todavía creen en el príncipe azul que las va a llevar a su palacio donde vivirán eternamente felices, eso sí, ejerciendo de hermosos floreros.  

¿De verdad que nos ven así? Pues yo debo ser un poco rarita, bueno yo y la mayoría de mujeres de mi entorno, empezando por mi señora madre que cuando oye eso del patriarcado se mea de risa (con perdón). ¿Con patriarcas a doña Gracia? Ja, ja. Y su nieta, o sea mi hija Emi, tres cuartos de lo mismo. Se pasa el día cantando eso de que “no quiero un chico malo, no, no, no”; y además lo practica. Que ya le ha dado puerta y hasta algún sopapo a más de uno. Y qué les voy a contar de mi prima Nuri. Anda que tardó mucho en plantar al “gran amor de su vida” el día que le vio tontear con una caribeña de asento dulsón  y opulento trasero.  

Será por eso que no me caen nada bien, supongo que ya lo han notado, esos colectivos que parecen empeñados, como los curas de antes, en salvarnos de nosotras mismas y meternos en su cielo aunque sea a rastras. Y es que un poco de romanticismo, sin cursiladas ni ñoñerías, no me viene mal de vez en cuando  Como en la cena con velas del día de San Valentín, después del intercambio de detallitos, que no hace falta más, sentada frente a alguien que no es ningún príncipe azul ni ha jugado nunca a serlo, pero que sé que me complementa igual como él sabe que le complemento yo. Y no me sentí para nada princesita ni mucho menos florero cuando bailamos, muy pegaditos, porque no me posee él más a mí que le poseo yo a él.

No es una película con happy end ni la letra de una canción. Es la vida real, forjada en años de convivencia en los que ha habido de todo, ratos buenos –y muy buenos- broncas que siempre fueron el preámbulo de gratificantes reconciliaciones, embarazos, partos bautizos…y en los que los dos aprendimos a aceptarnos como somos, a reír cuando toca y a llorar cuando no queda otra. Y hasta a superar, hombro con hombro, una crisis económica que casi se lleva por delante la empresa que Ximo heredó de su padre y éste del suyo y él pensó que le iba a pillar la maldición de la tercera generación. El daño colateral fue un infarto que, gracias a Dios, no pasó de leve.

No sé, puede que a lo mejor  yo he tenido mucha suerte y pido disculpas si alguien ofendo por eso; pero estoy convencida de que si a la vida le quitamos el romanticismo sólo nos quedan los titulares de los periódicos, y unas enormes ganas de gritar que paren el mundo, que me quiero bajar.   

¡Manda narices!

Y los llamaban discapacitados

Marco de Lucas (3-02-2019)

Hasta hace cuatro días los llamaban tontos, subnormales, mongólicos…en el mejor de los casos discapacitados…y resulta que llenan cines, ganan premios y hasta son capaces de pergeñar un discurso que hace que se le salten las lágrimas  a media España. El éxito de Campeones en la gala de los Goya ha sido además del triunfo de la diversidad, la reivindicación de la diferencia, porque diferente sólo quiere decir que se es distinto, alguien con sus limitaciones y sus carencias –quien no las tiene- pero que puede tener una capacidad para superarlas que no está al alcance de todos. Esa sensación la experimenté una mañana viendo a un ciego manejarse por el metro. ¡Qué grande! A mí me vendan los ojos y no tardo dos minutos en darme contra una pared o caerme a las vías.

Pero no divaguemos. Estábamos en que la noche de este sábado una película tuvo la virtud de romper una de las etiquetas que más o menos nos ponen a todos, para descubrirnos que debajo hay personas, diferentes pero capaces de hacer lo que otras muchas no saben, como llenar los cines, ganar premios o emocionarnos a todos con un discurso que es un clamor por el derecho a vivir cada uno con sus carencias y sus deficiencias, que todos las tenemos. ¿Discapacitados? Ni más ni menos que los demás, oiga.

¿Y por qué no se puede hacer lo mismo con todas la etiquetas con que nos marcan y nos encuadran los que pretenden que sólo hay una “modelo” posible al que todos tenemos que ceñirnos y al que no responde a ese “perfil” hay que marginarlo, esconderlo, confinarlo en un gueto o calificarlo de discapacitado que es sinónimo de disminuido o minusválido? ¿Disminuido el ciego que se maneja por el metro sin más ayuda que un bastón? ¿Minusválidos los que protagonizan películas de éxito? Sí, porque todos somos disminuidos, pero ojo unos más otros, como por ejemplo los que pudiendo disponer de con los cinco sentidos nunca alcanzarán –y me pongo el primero- a ser campeones.

Y hay muchas etiquetas que arrancar con nombres muy diversos debajo de las cuales siempre está lo mismo, personas que no se ajustan al “modelo”, que no responden al “perfil” que exige la sociedad. Pero mira, de vez en cuando, algunos le dan una patada al tablero y se ponen a cantar, en nombre de todos, el We are the Champions. Son discapacitados con talento para hacer lo que no saben hacer muchos “capacitados”.

PD

Vox tardó nada en aprovechar la gala de los Goya para hacer un alegato antiabortista. Y a lo mejor en eso sí tienen algo de razón –nadie se equivoca en todo ni queriendo- porque puede que el discurso de Jesús Vidal fuera un poco por ahí. “Yo sí quisiera tener un hijo como yo, porque tengo unos padres como vosotros”. Unos padres que no se achantaron ante una aparente desgracia que no le era, aunque algunos los compadecieran porque “pobres, el niño le ha saldo discapacitado”. Pues resulta que habían engendrado a un campeón. ¡Manda narices!   

Melodía encadenada

Empoderada

Vicky Palau (15-01-2019)

Cada vez que oigo hablar del empoderamiento de las mujeres me acuerdo de cómo mi madre me enseñó, desde muy jovencita, a empoderarme de mi misma.  Gracia, que así se llama la santa que me trajo al mundo, siempre ha ocupado el puesto que le corresponde, el de madre, sin querer nunca jugar a ser mi amiga. Pero ¿quién ha dicho que entre madre e hija no pueda haber la misma complicidad que entre las mejores amigas? Y esa fue la clave, la complicidad, sobre todo en aquellos años en que yo quería ser muchas cosas,  modelo, actriz, bailarina… y ella tuvo la habilidad de hacerme ver que si quería ser tantas cosas era que no sabía lo que de verdad quería ser.

Posé como modelo fotográfica pero no logré subirme a la pasarela porque me faltaba un pelín de estatura, hice algo de teatro en una compañía de aficionados y hasta me di el capricho de aprender a bailar el can-cán. Fue bonito mientras duró y de aquellos sueños  juveniles me queda el saber moverme, eso que en el teatro se llama tener tablas y, sobre todo, mi pasión por el baile que hace que me vea capaz de arrancarme a dar unos pasos hasta con la marcha fúnebre; Luego, mi vida  profesional giró por otros derroteros porque entonces ya sí sabía lo que quería ser de mayor, me sentía cómplice y, como se dice ahora, empoderada.  

Y en el plano afectivo, tres cuartos de lo mismo. Busqué un cómplice y lo encontré una tarde de discoteca. La primera complicidad llegó con el baile y sigue, porque no hay fiesta que no la acabemos con Dirty Dancing, aunque sin las cabriolas del malogrado Patrick  Swayze y Jennifer Grey. Respondía bastante al perfil que andaba buscando y encima era guapo, o sea que bingo. Hoy sigue siendo mi marido y padre de mis hijos. A veces me sale con la coña de que ´”Deberíamos consultar a un médico a ver qué nos pasa que no nos separamos como todo el mundo”. ¿Adivinan el secreto? Respuesta acertada, seguimos siendo cómplices. Y ese es el mensaje quer, por tradición familiar, he tratado de transmitirle a mi hija Emi para que se empodere de sí misma, para que sepa que es ella la que manda en su estilo de vida, en sus amigos en su forma de vestir y en todo lo demás

¿Conocen el caso de la chica italiana que se casó consigo misma? Pues creo que, sin llegar a ese extremo, antes de buscar pareja todas las mujeres deberíamos emparejarnos un poco con nosotras mismas.      

¡Manda narices!

Hartito me tienen

Marco de Lucas (4-12-2018)

No, a mí no me hace nada feliz la entrada de Vox en las instituciones. No comparto para nada sus ideas racistas, xenófogas, homófogas y misóginas; ni su patriotismo de himno, bandera, boina y garrota. Por el contrario creo que todos los seres humanos tenemos los mismos derechos y que no es aceptable ningún tipo de discriminación. Pero comprendo que miles de ciudadanos voten a ese partido, hartos del discurso vacío y tramposo de los que nos han gobernado hasta ahora y de algunos que aspiran a hacerlo en el futuro y que, a falta de alternativas ilusionantes, nos obsequian un día sí y otro también con la cansina repetición de denuestos al rival en base a frases hechas y lugares comunes encabezados por ese mantra que repiten ya hasta dormidos,  el cambio.

Y entiendo los miles de votos a partidos que evocan el recuerdo del periodo más negro de la reciente historia, porque comparto su hartazgo.

Porque yo también estoy harto de una serie de cosas que, por no alargarme, resumiré en un solo concepto, la dictadura de lo políticamente correcto. Sí, harto me tienen los progres de salón que dictan sus normas y la panda simples que les hacen los coros, que “Dios los cría y ellos se juntan”. Como harto me tienen la república que nunca existió, ni está ni se la espera; y quienes llaman golpe de estado a lo que no es más que una sucesión de esperpentos y bufonadas.  Que el gran tema de discusión sea la tumba de Franco y no los salarios, las pensiones o las listas de espera en los hospitales; de la corrupción y de los corruptos que denuncian sin el menor pudor las corruptelas de los demás; de los cobardes que abusan agreden a las mujeres y el hembrismo que capitaliza muertes y violaciones para empoderarse (que anda que el palabro también se las trae).   

Harto estoy de constatar, jornada tras jornada, que nuestra suerte está en manos de los más torpes de la clase, de esos que tenían mucha prisa por desalojar a Rajoy de la Moncloa y ahora le echan de menos ante el temor –me temo que justificado- de que han salido de Guatemala para meterse en Guatepeor  (bienvenidos al club de los que metieron la pata) y que si existiera un Nobel a la torpeza y la estulticia ya podían ir preparando el viaje a Suecia, porque el de este año era para ellos, fijo.

Pero ese hartazgo no se cura desempolvando principios que apestan a desinfectante de calabozo, sino con dos cosas: democracia, que quiere decir el gobierno del pueblo; y política, que quiere decir gestión de los asuntos públicos. Dos conceptos que la partitocracia tiene secuestrados para reducir la soberanía del demos al hecho puntual de meter un papelín en una urna para luego aplicar el principio de “voten ustedes lo que quieran, que nosotros haremos lo que nos dé la gana”. 

Si llega un día en que nuestra suerte esté en manos de gestores capaces y honestos que sepan hallar a cada problema la solución menos mala – porque la buena no existe-, en sustitución de encantadores de serpientes, vendedores de tranvías y mesías de guadaropía, puede que desaparezcan los hartazgos y los del himno, la bandera, la boina y la garrota ocupen el lugar que les corresponde en el museo de los horrores. Hasta entonces…

PD. Cómo estará el patio que lo más sensato que pude leer después de las elecciones andaluzas fue: “En Andalucía no hay cuatrocientos mil fascistas”. Y lo tuvo que decir Íñigo Errejón. ¡Manda narices!