Historia

Archiduque Carlos de Habsburgo

 

El austriacismo después de la Guerra de Sucesión española

Por Juan José Plasencia Peña en revistadehistoria.es

El término “austriacismo”, escrito también a menudo como “austracismo”, tiene su origen en la Guerra de Sucesión Española, que desde 1701 a 1714 enfrentó a quienes se alzaron por la dinastía Habsburgo y proclamaron como su rey legítimo a Carlos III de Austria, frente al bando que reconoció y dio su apoyo al primer Borbón en el trono español, aclamado por su partido como rey Felipe V.

Terminada la contienda con la victoria borbónica en la Península, el austriacismo desapareció como movimiento de masas, pero, de una u otra manera, persistió y mantuvo su influencia, aunque cada vez de forma más indirecta, hasta la actualidad.

A lo largo de gran parte del siglo XVIII, y tras la terrible derrota de 1714, se materializó de dos formas: 1º, A través de lo que Ernest Lluch ha llamado “ el austriacismo persistente” en los antiguos reinos de la Corona de Aragón, sobre todo en Cataluña y Valencia, donde las partidas austriacistas, una figura intermedia entre guerrilla y bandolerismo, inquietaron y atemorizaron durante varias décadas a los prepotentes próceres borbónicos. 2º, En el exilio, y con el apoyo del que había sido pretendiente al trono español Carlos de Austria, ahora convertido en emperador Carlos VI, un grupo influyente de austriacistas formaron en Viena el llamado Partido Español, círculo que se esforzó, por cierto con notable éxito, en llevar la política austriaca contra los intereses  borbónicos en Francia y España, y en mantener viva la llama de un posible retorno de la corona española a la familia Habsburgo.

En el siglo XIX, se produjo lo que podríamos llamar una alianza entre Carlismo y Austriacismo, al parecer porque Viena, en su política exterior, prefería la opción carlista a la isabelina, además de las coincidencias ideológicas y de modelo territorial entre austriacistas y carlistas, en cuanto a la defensa de una España confederal, apoyada por los antiguos reinos periféricos, frente al centralismo castellano, puesto que en los dos casos propugnaban el mantenimiento de los fueros y derechos tradicionales de estos antiguos reinos. Por otra parte, se dieron varios enlaces matrimoniales entre miembros de la familia Habsburgo y de la rama carlista de los Borbones, los cuales reforzaron esta unión. Hubo incluso algunos pretendientes carlistas que también llevaban sangre austriaca en sus venas.

Ante esto, el ministro Cánovas del Castillo, artífice de la Restauración de la monarquía tras el fracaso de la Primera República, trajo a España a la princesa austriaca María Cristina de Habsburgo-Lorena, sobrina del emperador Francisco José, para proponerla como segunda esposa de Alfonso XII, que había quedado viudo en 1878, poco después de llegar al trono. Fue una paradoja de la Historia que una Habsburgo fuese reina de España ( y regente, tras la muerte del rey en 1885 ) para cimentar la Restauración borbónica que Cánovas había propiciado y para evitar la conjunción carlista-austriacista a que me he referido antes. Debido a ello, el rey Alfonso XIII, hijo de Alfonso XII y María Cristina, era austriaco por parte de madre y Habsburgo de segundo apellido.

La posibilidad de una  restauración de la familia Habsburgo en el trono español se abrió de nuevo poco después del fin de la Guerra Civil. Por una parte, el general Franco, entabló conversaciones con Otto de Habsburgo, hijo del último emperador austriaco y descendiente directo de Carlos V. Por otra, el nuevo régimen hizo aprobar, en 1947, la llamada Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado. Ésta, con rango de Ley Fundamental, establecía que la sucesión de Franco, a título de rey, debería recaer en una persona que, entre otras varias condiciones, habría de pertenecer a alguna de las familias que habían reinado en nuestro país a lo largo de la Historia, con lo cual la opción Habsburgo quedaba abierta. Pero el archiduque Otto, decidido anti-fascista y que  había empuñado las armas contra los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, rechazó  las lisonjeras propuestas del dictador, provocando en cierto modo con su actitud que éste y su entorno empezasen a preparar una nueva restauración de la familia Borbón en el trono, que culminó con el nombramiento del príncipe Juan Carlos como heredero de Franco en 1969.

En las primeras décadas del siglo XXI, el Austriacismo ha reaparecido con sorprendente fuerza como base histórica del nacionalismo catalán conservador. Buen ejemplo de ello es la elección del lazo amarillo, emblema de los antiguos austriacistas, en honor de algunos líderes nacionalistas catalanes. También se han puesto de moda cánticos como el famoso Himno de los Maulets, guerrilleros anti-borbónicos de la Guerra de Sucesión. Fue significativo hasta el extremo el acto que, hace sólo tres años, llevó a cabo el president Torra para conmemorar la batalla de Talamanca, última victoria austriacista en la Guerra, y honrar la memoria de aquellos voluntarios catalanes de la Casa de Austria que, pese a estar en clara inferioridad numérica,  fueron capaces de derrotar, en un alarde de esfuerzo, coraje y  honor, a las tropas borbónicas, que huyeron en cobarde desbandada hasta refugiarse en Sabadell. No olvidemos tampoco que Rafael Casanova, considerado hoy emblema del nacionalismo catalán, tras la guerra fue perseguido por la implacable saña y el brutal revanchismo de los vencedores, viéndose obligado a exiliarse en Viena, bajo la generosa protección del emperador Carlos VI, el mismo a quien había jurado fidelidad unos años antes, como su señor natural y rey Carlos III, único e indiscutible soberano legítimo de España y de todo el Imperio español.

Historia

Una cordobesa en la Armada

Por Juan Álvarez-Nava García en revistadehistoria.es

Este artículo está dedicado a la memoria de una de las primeras mujeres que formó parte de la Armada española, Ana María de Soto y Alhama.

Corría el año 1793, y sin saber a ciencia cierta el motivo, una jovencísima cordobesa se alista en la Infantería de Marina, haciéndose pasar por un hombre llamado Antonio María de Soto. Hasta que se descubrió su verdadera identidad, intervino en diferentes batallas navales, como la defensa de Cádiz, el ataque a Bañuls o la batalla del Cabo de San Vicente, y embarcó en fragatas tan importantes como Nuestra Señora de la Mercedes, la Santa Balbina, la Matilde o la Santa Dorotea.

En el Archivo General de la Armada de Ciudad Real, se encuentran distintos documentos que avalan los numerosos embarques de Ana María de Soto. También en el Museo Naval de la Armada Española, autentifican la historia de la primera mujer en su formación, así como una variada documentación entre la que se incluyen sus certificados de bautismo y defunción.

Raro es que, durante cinco largos años, nadie se percatase de su identidad real. Puede que algunos miembros de la Armada si lo supiesen y ante la escasez de personal, lo dejaran pasar. Pero ya en 1798, se destapó todo el engaño y fue cuando le tramitaron la licencia de retiro con el grado y sueldo de sargento primero, otorgado por el rey Carlos IV, una pensión de 730 reales anuales y la autorización para emplear los colores de los batallones de la Marina, así como los galones de sargento en sus ropas de mujer. Lo cierto es que nunca cobró dicho sueldo vitalicio, según recogen distintas cartas y documentos dirigidos al rey.

Sus últimos años de vida los dedicó en dirigir su pequeño estanco en una localidad de la provincia de Córdoba, falleciendo a los 58 años.

La historia de Ana María de Soto no es la única que ocurrió en la Armada española. Antes que ella, otras mujeres también se alistaron en el Ejército y en la Armada, suplantando su identidad con nombres de varón. Es el caso de Isabel Barreto de Castro, la primera mujer que ostentó el cargo de almirante en la historia de la navegación. O de Catalina de Erauso, popularmente conocida como la Monja Alférez. Fue una militar, monja y escritora. Uno de los personajes más legendarios y controvertidos del Siglo de Oro español, embarcándose rumbo a América y alistándose al Ejército español.

Durante siglos, sus vidas, éxitos y hazañas fueron ocultados por los cronistas de la época, y no fue hasta finales del siglo pasado, cuando comenzaron a relucir sus historias, pese a no tener gran cantidad de documentación y fuentes bibliográficas sobre ellas. Por eso, y para que su memoria no quede en el olvido, es de vital importancia que se siga investigando el pasado, recopilando y contrastando la información para así poder divulgar, aunque sea con siglos de retraso, las vivencias, curiosidades, penas y glorias de las mujeres que formaron parte de la historia de nuestro país.

Las luchas sociales en la Inglaterra del siglo XIV

Por Luciano Andrés Valencia para revistadehistoria.es

La Guerra de los Cien Años –desatada en 1339- y la pandemia de peste negra –que asoló Europa entre 1348-1350- desencadenaron graves consecuencias en el mundo laboral. Ante la carencia de mano de obra, los trabajadores manuales y los campesinos comenzaron a reclamar salarios más elevados, conscientes de su importancia para la economía.

En el campo, los terratenientes hacían explotar una parte de sus tierras por campesinos sujetos a cargas feudales, y otra era arrendada a trabajadores libres. Con la crisis del siglo XIV ambos sectores subordinados del campo se levantaron en reclamo de más libertad y mejores condiciones de arrendamiento.

En 1351 el Parlamento inglés aprobó el Statute of Labourers, en virtud del cual todo trabajador menor de 60 años debía contentarse con el salario vigente en 1346 –antes de la peste-, condenando a prisión a quién reclamase salarios mayores y multando duramente a los patrones que pagaran salarios elevados, e imponiendo “precios razonables” a los bienes de primera necesidad. La ley desató protestas en todo el país.

Un informe del Parlamento de 1376 nos dice:

“Procuran evadirse de las leyes, con gran daño para todo el país. En cuanto sus Señores les hacen el menor reproche e intentan pagarles según la ley, abandonan bruscamente talleres y casas, errando de una ciudad a otra, sin que sus dueños sepan siquiera donde se encuentran. La mayoría de los trabajadores se han pervertido así y han acabado convirtiéndose en salteadores de caminos; por doquier se desarrolla la criminalidad, con gran detrimento para el reino”.

Ante la imposibilidad de contar con mano de obra para la agricultura, muchos terratenientes convirtieron sus tierras de cultivo en pastizales para la cría de ovejas. Otros transgredieron la ley y pagaron salarios más elevados. Informes de 1360-1370 muestran que aumentó entre las clases trabajadoras el consumo de pan de trigo –en lugar de avena y habas-, leche, queso y vestimenta.

Muchos autores sostienen que los levantamientos que se dieron tanto en Inglaterra como en Francia –el otro país en pugna en la Guerra de los Cien Años- no eran resultado de la miseria exacerbada, sino de la reacción de los campesinos que habían comenzado a mejorar y no querían perder esas conquistas. La situación de fondo –crisis del Estado y las finanzas nacionales- no era tema de preocupación del sector más bajo, aunque sí del campesinado medio. La crisis del siglo XIV es el reflejo de las transformaciones que se estaban dando en la estructura social.

Este periodo fue una breve muestra de poder de las clases laboriosas en contra de sus explotadores. En 1377 los Señores feudales se presentaron ante el Parlamento para quejarse de la fuerte organización del movimiento campesino, ya que cuando un sector reclamaba mejores condiciones laborales, todo el campesinado se movilizaba en solidaridad.

Entre 1377 y 1381 el Parlamento votó tres nuevos impuestos para costear la guerra contra Francia, que ya era bastante impopular. En Essex hubo motines, en donde sectores populares tomaron de rehenes a recaudadores de impuestos y ejecutaron a Magistrados reales. En Kent hubo levantamientos comandados por Walter Tyler, soldado veterano que participó en las batallas de Crécy y Poitiers. El 10 de junio los amotinados interrumpieron una misa en la Catedral de Canterbury y exigieron la destitución del Arzobispo Simon Sudbury, canciller del rey, por ser un traidor al pueblo. Luego incendiaron los castillos de varios nobles, que debieron huir al bosque para no ser linchados como sucedió en Francia.

Los campesinos rebeldes marcharon a Londres para entregar sus reclamos al joven rey Richard II: completa libertad individual, derecho de caza –reservado a la nobleza-, y abolición de los trabajos forzados y las cargas feudales. El reclamo campesino era progresista y expresaba el espíritu de la época, en donde se estaban dando en la economía inglesa las condiciones que favorecerían una transición hacia el capitalismo. También estaba influenciado por el sermón de miembros del Bajo Clero, que postulaban que “todos los hombres fueron creados iguales ante Dios”, por lo que no había justificación para la monarquía, la nobleza y los privilegios eclesiásticos.

En Londres quemaron el Palacio del duque de Aquitania y Lancaster John of Gaunt, odiado por ser uno de los promotores del aumento de impuestos, pero no lo saquearon ya no se consideraban ladrones sino revolucionarios. El monarca –de solo 14 años- decidió con sus asesores que lo mejor era negociar con los movilizados, ya que no poseían fuerzas para aplastar la rebelión. El 14 de junio se reunieron en Mile´s End (nordeste de Londres) y acordaron firmar un acta en donde concedía la libertad individual y la reducción de los costos de arrendamiento. Pero esto no solucionó el conflicto, ya que otro sector campesino tomó la Torre de Londres dando muerte al odiado Arzobispo Sudbury y al tesorero real Robert Hale.

Una nueva reunión se acordó para el día 15 en Smithfield. El líder Walter Tyler se acercó a parlamentar con el rey sin saber que se dirigía a una trampa. Al llegar, el alcalde de Londres William Walworth lo bajó de su caballo y apuñaló en el cuello. Inmediatamente los campesinos apuntaron sus arcos contra el rey y su séquito. Las crónicas señalan que el joven monarca montó en su caballo y se aproximó a los rebeldes al grito de “I am your captain, follow me!”. Sin saber qué hacer y a punto de ser rodeados por las tropas de Walworth, bajaron las armas y aceptaron que el rey se ocupara de sus reclamos. El mismo monarca dirigió el cortejo campesino hacia las afueras de la capital.

Esto fue un error por parte de un movimiento que había demostrado su fuerza para imponer reclamos a las clases dominantes. Ni el rey ni los Señores feudales cumplieron los acuerdos alcanzados. Al contrario, reprimieron duramente el movimiento hasta ahogar en sangre toda rebelión. Los campos volvieron a ser dirigidos por la férrea autoridad de los terratenientes y la monarquía pudo continuar su guerra de conquista en Francia.

Pero las luchas populares de la segunda mitad del siglo XIV no fueron en vano. Para evitar futuros conflictos, se modificaron algunos artículos del Statute de 1351, y el temor de los terratenientes a nuevos levantamientos sería un arma que utilizarían las clases populares para negociar en los próximos años.

El capitán Lagier, héroe revolucionario y espiritista

Por Luis Pueyo para revistadehistoria.es

El capitán de la marina mercante Ramón Lagier fue un personaje de leyenda, de esos que podría servir para escribir una buena novela romántica o protagonizar una fabulosa película y no solo porque tuvo un papel destacado durante los preparativos de la Revolución Gloriosa de 1868 al servicio del que consideraba su amigo, el general Prim, y el resto de revolucionarios, sino por otros avatares de su existencia que lo llevaron a ser reconocido por su valentía y arrojo por el gobierno francés, al socorrer al buque Victor Henriette, obteniendo una medalla de plata con la efigie del emperador Napoleón III con la siguiente dedicatoria :

«A Raymond Lagier, capitán de navío español de Alicante. Servicios a la marina mercante francesa. 1859».

También fue recompensado por otros actos de heroísmo al salvar a la tripulación del bergantín Salvador y el vapor Marsella. Tanta fama obtuvo en labores humanitarias  que llegó a ser distinguido por el mismísimo monarca de Prusia, Guillermo I, y hasta por la misma reina Isabel II a la que después desplazó del poder junto al resto de revolucionarios.

Pero no queda ahí la cosa: escritor, político de ideología republicana y…espiritista. Lagier fue el introductor en España de El libro de los espíritus, de Allan Kardec, la denominada biblia del espiritismo, por su acercamiento a esta doctrina espiritual a raíz de las trágicas y dolorosas experiencias familiares que le llevaron a pasar por un exacerbado anticlericalismo.

Hijo de un comerciante liberal de origen francés encarcelado por Fernando VII durante la década absolutista, pasó su infancia con su familia materna en Elche mostrando pronto interés por el mar y la náutica, logrando con tan solo 19 años, en 1840, capitanear un laúd llamado “La Esperanza”. Las desgracias personales fueron decisivas en su vida. La primera derivada de una epidemia de cólera de 1854 en la que fallecieron su mujer y gran parte de su familia.  Tras la desgraciada desventura sería nombrado capitán del “Hamburgo” el primer vapor mercante con el que contó España. El marqués de Comillas, enriquecido con el tráfico de esclavos en Cuba, lo contrató para su compañía, realizando trayectos entre Marsella y Alicante.

Fue en la ciudad francesa dónde sufrió una de sus peores tragedias personales. Dejando a sus cuatro hijos al cargo de un depravado personaje vinculado a los jesuitas abusó este de los chicos, falleciendo de resultas su único hijo varón, Vicente Lagier, en el interior del seminario y otras dos de sus hijas tras sufrir también violaciones. Desesperado tras estos sucesos encontró en una librería marsellesa el “libro de los espíritus” de Allan Kardec que le sedujo, siendo a partir de entonces seguidor del movimiento espiritista e introduciéndolo posteriormente de manera ilegal en España a bordo del nuevo vapor que capitaneó llamado “Le Monarch”.

Revolucionario, republicano y anticlerical

Debido a su trayectoria anticlerical y revolucionaria, utilizó el vapor “Le Monarch” al servicio de la subversión política. Amigo de Emilio Castelar, al que sacó de un grave apuro económico y ya al servicio de los antimonárquicos, trabó una sincera amistad con el general Prim, ofreciéndole su vapor para la conspiración que desembocó en la Revolución Gloriosa de 1868 que acabó con los borbones expulsados del país.

Entonces comandaba el “Buenaventura”, barco mejor dotado, anteriormente llamado Harrier que aparece junto a su capitán en varios momentos de la novela “La de los tristes destinos” de los episodios nacionales de Benito Pérez Galdós. Con él liberó desde Canarias al general Serrano, trasladándolo el 18 de septiembre de 1869 hasta Cádiz justo cuando Prim había iniciado la revuelta antiborbónica. A pesar de su apuesta republicana aceptó la decisión de su amigo Prim de sentar en el trono al hijo del rey de Italia Amadeo de Saboya, hecho que había desencadenado la guerra franco-prusiana que condujo a la unificación del II Reich de Alemania. A las órdenes del general Prim viajó a Nueva York para negociar con el líder independentista cubano Carlos Manuel de Céspedes pero el asesinato del líder progresista echó por tierra toda solución pactada.

En las elecciones a cortes constituyentes denuncia la manipulación electoral desde el diario “La discusión” de Madrid de enero de 1869. Asegura lo siguiente:

Según las noticias que se reciben de los pueblos de esta provincia sobre el resultado de los escrutinios parciales, ha triunfado la candidatura republicana por una considerable mayoría. En Elche, no hemos tenido más que una insignificante oposición. Nos  han hecho un juego de cubiletes en el campo y pueblo de Orihuela. Parece imposible que haya ministros que se rodeen de gentes tan despreciables como yo veo en el mundo.

 Según el citado diario parece que:

los monárquicos de Alicante se han despachado a gusto(…). La candidatura republicana había obtenido 14.000 votos en Alicante y en la mayor parte de  los pueblos de la provincia (…) y la monárquica solo 8.000 votos. Pues bien, faltando solo la votación de Orihuela, la candidatura monárquica ha sobrepujado a la republicana llegando a 26.000 votos. ¿De dónde han salido 18.000 sufragios, diferencia entre los ocho mil y los veintiséismil?

Se evidenciaba así el fraude electoral que privó al capitán Lagier de su elección como diputado por Orihuela y las maniobras políticas que alteraron las votaciones. Entonces, aunque siguió apoyando al Partido Republicano de Manuel Ruiz Zorrilla, al que consideraba el mejor líder republicano posible para España, dejó definitivamente la política y se retiró a su finca rural de Elche con su segunda esposa.

En 1890 aparece como representante electo de la concentración republicana por el distrito de Santa Pola. Todavía tuvo tiempo Lagier de tener un papel destacado en la vida local ilicitana, escribiendo innumerables artículos en prensa y falleciendo en octubre de 1897, siendo su entierro en el cementerio viejo ilicitano una gran manifestación popular de dolor en la ciudad.

Una calle de Elche y otra en Alicante tomaron su nombre. Durante el franquismo desapareció para regresar en democracia en la ciudad ilicitana. Todo un personaje digno de película nuestro Capitán Lagier.