Historia

En los veranos de la antigua Roma ya eran muy apreciados los helados

Los romanos combatían las olas de calor mejor que nosotros


Aunque no contasen con aire acondicionado o frigoríficos, la nobleza romana se las ingenió para sobrellevar el verano

Por Félix Palazuelos en Hipertextual.com
Con este calor no hay quien salga de casa. Trabajar en verano es todavía más insufrible que en invierno, y las altas temperaturas hacen que hasta dormir se convierta en un suplicio. Solo el aire acondicionado, la piscina y las bebidas recién salidas de la nevera nos ofrecen un fugaz respiro en nuestra lucha contra la ola de calor. Y, sin embargo, somos unos privilegiados. Pensemos cómo de penosa sería nuestra existencia en julio privados de los avances tecnológicos actuales.
Hace unos dos mil años, los veranos fueron especialmente cálidos en el Mediterráneo. Durante este periodo, la Antigua Roma alcanzó su máximo esplendor entre el año 250 a.C y el 400 d.C. Teofrasto decía que se podían plantar palmeras en Grecia, pero que estas no llegaban a dar frutos. Y Plinio el Viejo observó que las hayas, que solo crecían en bajas latitudes, ya se habían convertido en árboles de montaña, así que se vivía en un clima bastante similar al actual.
Aunque extremo, nuestro verano no es inédito. Grado arriba, grado abajo, los romanos padecieron bajo el sol igual que nosotros.
El aire acondicionado de los patricios, la clave contra el calor
Los patricios, descendientes de las curias primitivas, eran los primeros ciudadanos. Es decir, las personas con derechos en Roma. Eran los encargados de regir y transmitir de padre a hijo el culto y los sacrificios, tal y como se explica en La ciudad antigua del historiador Fustel de Coulanges. Esta aristocracia disponía de numerosas propiedades, y sus casas estaban cuidadosamente diseñadas.
Pese a que el aire acondicionado se inventara en el pasado siglo, la casta ya disfrutaba de sistemas de ventilación primitivos que no solo tenían en cuenta la orientación de la vivienda con respecto al sol, sino también el flujo del aire de las mismas para refrescarlas en verano. Los arquitectos situaban puertas y ventanas en extremos opuestos de las habitaciones para propiciar las corrientes. Ya en el Antiguo Egipto contamos con testimonios de la construcción de atrapavientos, túneles verticales en los tejados para facilitar la salida del aire caliente, que es menos denso, en verano.
Estas técnicas no satisficieron del todo la comodidad de los más pudientes, que también se servían de las frías aguas que transportaban los acueductos para refrescar sus casas. Los patricios, y más tarde los plebeyos que se habían lucrado lo suficiente con el mercadeo, disponían del capital suficiente para que la tubería que comunicaba el acueducto con sus casas dispusiera del caudal neceario para bañar los muros exteriores de la vivienda y refrescar de esta forma el interior.
Las casas de hielo y el gusto de los romanos por los helados
Pero también hay que refrescar el gaznate. Y ya desde los tiempos más remotos de los que tenemos algún tipo de testimonio, el hombre ha intentado preservar el frío a toda costa. En las viviendas de los más afortunados, era habitual que se dispusiera de una casa de hielo. Recubierto de paja y serrín, este pozo cavado en la finca de los patricios contaba con una gruesa bóveda como techo en la superficie que aislaba térmicamente su interior. Dentro se almacenaban grandes cantidades de nieve traída de las montañas en invierno para su uso en los meses estivales.
Obviamente, el proceso no era nada eficiente, tal y como se relata en el libro Ancient Inventions, de Peter James e I. J. Thorpe. Varios esclavos y animales de carga eran necesarios durante el proceso. Además, en el camino se perdía gran parte de ella porque pese a que el trayecto se realizaba por la noche, una parte se derretía. Pero a los ricos les compensaba, y la nieve se convertía en verano en un bien más valioso que el dulce vino. La popularidad de estas casas se extendió por Europa hasta hace unas pocas décadas con la llegada del aire acondicionado y la migración a las grandes y saturadas urbes.
Plinio el viejo deja testimonio del uso que se le daba a la nieve y el hielo, que se formaba en el fondo de los pozos. Inspirados por los griegos, en Roma se popularizó una especie de helado muy similar al que podemos disfrutar en la actualidad; una mezcla de nieve o hielo con frutas y miel que se amasaba, dando lugar a una crema suave y fresca. Los menos pudientes podían comprar alimentos frescos en una especie de puestos ambulantes que contenían alimentos enfriados con nieve que iban a buscar a la montaña por la noche.
Prolongaba sus comidas desde el mediodía a medianoche, y de cuando en cuando tomaba baños calientes, o bien durante el verano baños refrescados con nieve, podemos leer a Suetonio describiendo la vida de Nerón Claudio en Vida de los doce Césares.
Su ingenio les hizo incluso fabricar hielo sin la ayuda de máquinas eléctricas. En los desiertos del norte de África o Palestina, los romanos se sirvieron de las bajas temperaturas que allí se alcanzan debido a la baja humedad para congelar el agua. Depositada en pozos cubiertos de paja, se congelaba por la noche y se protegía durante el día mediante escudo muy pulidos que reflejaban la luz del sol para que el hielo no se derritiese hasta su almacenamiento en un pozo de hielo.
Un bañito en el frigidarium o la natatio
Para los romanos bañarse era un acto en sociedad, y una de sus actividades predilectas. Todas las termas romanas contaban con una estancia donde se tomaban los baños fríos. En esta se podía disfrutar de piscinas que cubrían hasta el hombro para cerrar los poros abiertos tras tomar los baños tibios y calientes en el tepidarium y del caldarium. Los romanos realizaban estos tres pasos por sus supuestos beneficios para la salud. Durante el verano, los romanos hacían uso de esos baños fríos para aliviar el sofoco veraniego. Y también contaban con piscinas al aire libre, denominadas natatio.
Las vacaciones de los emperadores para combatir el calor
Para el que se lo podía permitir, no había nada mejor para combatir el calor que huir de él. No son pocos los testimonios que conservamos de la clase alta romana que se refugiaba en las montañas o la costa huyendo del sofoco de la ciudad. Estos ya sabían que las grandes urbes se calentaban más de la cuenta por el efecto isla de calor. La polución ya era muy alta porque se quemaban grandes cantidades de madera.
Así que los patricios, plebeyos adinerados y emperadores marchaban a sus villas veraniegas. No solo escapaban del calor, sino también de la enfermedad. Las altas temperaturas eran propicias para la proliferación de todo tipo de bacterias en las ciudades. En la época de Pompeyo, la moda entre la crème de la crème de Roma era refugiarse en Bayas durante el verano. Fue una mezcla entre Las Vegas y Menorca, pero con patricios rumanos en lugar de jeques árabes y oligarcas rusos. Contaba con enormes jardines, piscinas y complejos termales cuyo lujo solo era superado por el de la capital del Imperio. Tenemos varios textos donde se describen sus alocadas fiestas en las que el vino corría a raudales y las noches acogían todo tipo de excesos. Séneca la denominaba la ciudad del vicio.
Los niños no acudían a clase en verano porque se les cocía el cerebro, y ningún ciudadano trabajaba en las horas de mayor calor. Su jornada laboral solía ser de seis horas: desde el amanecer hasta el mediodía, que era la hora perfecta para ir a darse un baño y dormir la siesta. Los más pudientes contaban incluso con esclavos que les abanicaban con el flabellum, una especie de abanico grande y rígido. En verano dormía con las puertas de su cámara abiertas y a menudo bajo el peristilo de su palacio, en el que el aire era refrescado por varios surtidores de agua y donde tenía además un esclavo encargado de abanicarle, dice Suetonio sobre el emperador Augusto también en Vida de los doce Césares.

Historia

 

Las últimas campañas de Alejandro y el debate sucesorio

Por David González Simarro para revista de historia.es

Las campañas de Alejandro magno Alejandro Magno han pasado a la historia por su importancia y la edad del propio Alejandro. Sin embargo, en muchas ocasiones parece que, con la muerte del Magno, todo acabó y apareció Roma.

Las últimas campañas de Alejandro, así como su muerte en 322 a. C. en Babilonia dieron paso, en los días siguientes, a un arduo debate entre sus generales por la sucesión del monarca, quien debería reinar en un vasto imperio que se extendía desde Macedonia hasta las orillas del río Indo.

Con la victoria de Alejandro en Gaugamela y la toma de Babilonia en 332 a. C., su guerra contra Persia podría haberse dado por finalizada, sin embargo, Darío III Codomano había escapado, por lo que Alejandro optó por perseguirlo. Recorriendo las satrapías más alejadas (Sogdiana, Gedrosia, Arachosia o Bactriana) persiguió al rey persa hasta encontrarlo muerto, asesinado por sus generales, a los que Alejandro decidió dar muerte. En Bactriana, el norte de la actual Pakistán, encontró a Roxana, una princesa nativa de la que Alejandro se enamoró y se casó, creando la disensión del ejército y, sin ningún motivo aparente, cruzó el Hindu Kush y descendió desde el norte para llegar a la India, donde combatió a diversos reyezuelos hasta enfrentarse al rey Poros en la Batalla del Hidaspes.

Sus campañas en la India serían las últimas, pues el motín de la tropa en las orillas del río Hipasis, los soldados se negaron a seguir avanzando y Alejandro decidió finalmente el regreso a Babilonia. Cruzando el desierto de Gedrosia y llegando a Babilonia, el rey perdió por el camino a Hefestión su íntimo amigo que murió en Ecbatana.

Sería en Babilonia donde Alejandro pasaría sus últimos días, cuando cayó enfermo de imprevisto y, 10 días después, el Magno moría.

Su muerte dejó en shock a los generales y amigos del rey, que esperaban que se hubiese recuperado pronto, sin embargo, había muerto y ahora el Imperio que había forjado se enfrentaba a una crisis sin precedentes. El único heredero era un hijo ilegítimo y Roxana, aunque embarazada, se desconocía si sería varón o mujer.

Así, comenzó un arduo debate en el salón del trono del Palacio de Nabucodonosor II por cómo llevar a cabo la sucesión. Siendo Quinto Curcio Rufo nuestra fuente más fiable y verosímil del debate, y con unas pinceladas que nos llevan a la mente a las figuras de Augusto o Tiberio renunciando a los honores que el Senado les estaba confiriendo, se nos explica cómo Pérdicas rechaza hasta en dos ocasiones el ofrecimiento de la corona y siendo el momento clave el punto en el que se decide que el hermano de Alejandro, Arrideo, sea entronizado con el nombre de Filipo III Arrideo con Pérdicas cómo regente a la espera de que Roxana de a luz.

Aunque estabilizada – en gran medida – la situación sucesoria, lo que en aquella sala se había decidió había puesto en marcha lo que más adelante se convertiría en las Guerras de los Diádocos.

 

Ximena Blázquez defensora de Ávila ante los musulmanes

Por Tito Batán pararevistadehistoria.es

Son poco conocidas las historias de las heroínas de nuestra historia, y siempre guardan un ápice de leyenda que desfigura la veracidad de los acontecimientos.

Un caso de heroicidad femenina lo encontramos en Ximena Blázquez, natural de Ávila, que supuestamente defendió las murallas abulenses de los invasores musulmanes durante el período de la Reconquista.

Fueron aquellas murallas, construidas a partir de los muros romanos que ya había en la ciudad, las que protegieron de las amenazas musulmanas a partir de la orden del rey Alfonso VI de Castilla de reconstruir el sitio por medio del conde Don Raimundo de Borgoña casado con su hija Doña Urraca.

Contra todo pronóstico, la figura de Ximena Blázquez es la menos conocida fuera de la ciudad de Ávila en comparación con otras mujeres que compartieron nacimiento en el mismo lugar como es el caso de Santa Teresa o Isabel La Católica.

Ximena Blázquez. El abandono de Ávila por parte de los soldados

No se sabe con certeza si fue en el mes de Julio o en Noviembre cuando los soldados abulenses habían salido de Ávila para luchar contra los musulmanes en dirección hacia el Puerto de Menga allá por el 1108-1109(Según las fuentes el acontecimiento se dio en el año 1109, pero la estatua en honor a Ximena Blázquez y otros datos recogidos se tiene en cuenta la fecha de 1108), en pleno reinado de Alfonso VI de Castilla, dejando desprovista de guarniciones y efectivos la ciudad en una época convulsa donde los invasores no se detenían en su avance para luchar contra las glorias y territorios reconquistados por los cristianos.

Según recogen las fuentes aquel error sirvió a los batidores para informar a los musulmanes de la indefensión de Ávila, pero lo que no sabían es que dentro de sus murallas una mujer de nombre Ximena Blázquez estaba preparando a los pocos hombres que quedaban, junto a niños, ancianos y mujeres para simular un ejército que pudiese fingir ser efectivo e inquietante a ojos de los moros, que estaban dirigidos por Abdalla Alhazen, al servicio del califa de Córdoba. Se presentaba ante los musulmanes la ocasión perfecta para atacar la ciudad, ya que la única manera de penetrar aquellas troyanas murallas era con un largo asedio o mediante aquella ocasión que les era propicia. Aparentemente todo estaba a favor de Abdalla Alhazen para la ocupación de Ávila.

La astucia de Ximena Blázquez

Ximena Blázquez había adoptado el papel de gobernadora en ausencia de su esposo Fernán López Trillo, alcalde de la ciudad, que junto a sus hombres había partido lejos a batallar. Aquella fémina de armas tomar ordenó vestir a todas las mujeres con las indumentarias, espadas y escudos de sus esposos, además de ocultar sus atributos bajo holgadas cotas y armaduras y su pelo largo bajo los yelmos y los cascos de metal. El objetivo no era otro que el de aparentar ser un gran número de soldados los que defendían aquella plaza, ocupando las murallas de la ciudad encendiendo hogueras, teas y antorchas. Una de las noches, una pequeña escaramuza de escuderos abulenses se coló en los reales de Abdalla Alhazen con el objetivo de hacer cundir el pánico. Las trompetas y los gritos de guerra no se hicieron esperar por parte de los ciudadanos de Ávila desde las murallas. Se dice que la propia Ximena ocupó la Puerta de San Vicente con el mismo objetivo que tuvieron asignado el resto de ciudadanos.

La derrota musulmana

Abdalla Alhazen, posiblemente compungido por el mal informe que había recibido sobre el hecho de que la ciudad estuviese desocupada, tuvo que ordenar la retirada; derrotado y humillado por un ejército no profesional que se valió de la astucia de una mujer y no de la fuerza de un hombre sin necesidad de derramarse una sola gota de sangre.

El reconocimiento de Ximena Blázquez

A raíz del acontecimiento, cuando regresaron los soldados a sus hogares, y reconociendo su valentía, su astucia y su fidelidad a la corona de Castilla, Ximena Blázquez y sus futuros descendientes tuvieron a partir de entonces voz y voto en el Concejo, que era una asamblea vecinal donde se debatían asuntos relativos a ganadería,  agricultura, administrativos o judiciales. No hay una documentación de rigor e irrefutable acerca del posible asedio musulmán a la ciudad fortificada y amurallada, pero lo que sí se puede dar como cierto son las constantes incursiones musulmanas, que con toda seguridad afectaron a Ávila y a sus habitantes.

En la estatua dedicada a Ximena Blázquez en la Plaza de San Miguel de Ávila se puede ver una escultura de aquella mujer que aterrorizó a los invasores musulmanes portando las llaves de la ciudad sobre una inscripción que dice lo siguiente:

Año 1108. Noche Oscura.

Ávila sitiada por los moros

Y los hombres están lejos.

Ximena Blázquez reparte

A sus mujeres, ancianos

Y niños por el Adarve, encienden

Hogueras y arman un gran ruido.

Los asaltantes huyen atemorizados

Historia

 

Junkers 87 Stuka, las trompetas de Jericó

Revistadehitoria.es

El 1 de septiembre de 1939 a las 04:26 despegaron tres Junkers 87 Stuka del modelo B-1 en dirección al puente de Dirchau, sobre el río Vístula, y ocho minutos después destruían los dispositivos de voladuras polacos. La primera misión de combate de la Segunda Guerra Mundial se había completado con éxito 11 minutos antes de la declaración formal de guerra.

El Sturzkampfflugzeug (bombardero en picado) Junkers 87 Stuka fue uno de los aviones más emblemáticos de la Luftwaffe alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Diseñado por Hermann Pohlmann en 1935, y ampliamente conocido por sus alas de gaviota invertidas y sus famosas “Trompetas de Jericó”, era el símbolo de la propaganda aérea alemana.

El bombardeo en picado ya era conocida durante la Primera Guerra Mundial, pero fue hasta los años veinte cuiando se construyó el primer avión específico para ese cometido, el Junkers K 47. En 1933 y mientras se acababa el diseño del Stuka (el primer prototipo se estrelló en 1935), se adaptó el biplano Henschel Hs 123, hasta que en 1937 entró en producción el Ju 87 A-1.

Desde 1939 todos los Junkers 87 Stuka fueron fabricados en una misma fábrica situada en el aeropuerto berlinés de Tempelhof.

El Arte del Bombardeo en Picado

Un Bombardeo en Picado requiere alcanzar velocidades de hasta 550 km/h en un ángulo de 90 grados, nada fácil. El Piloto debía realizar una lista de diez tareas vitales, tras lo cual abría los frenos en picado de intradós, para colocar el avión en picado. A continuación, debía colocar manualmente el avión alineando con las líneas rojas de su visor a un ángulo a 60, 78 o 80 grados respecto al horizonte. Después debía apuntar al objetivo con la mira de las ametralladoras, mientras ajustaba el avión mediante los timones. Cuando llegaba a una altura de unos 450 metros, el piloto debía accionar un botón para la recuperación automática del avión, que debía funcionar incluso si el piloto se desmayaba.

Los pilotos instalaron sirenas en los trenes de aterrizaje, las conocidas “Trompetas de Jericó”, que aterrorizaban con su estruendo a quienes se encontraban en las cercanías de su objetivo.

Bautismo de fuego e Historial

El Junkers 87 Stuka fue probado en combate ampliamente en la Guerra Civil Española en 1936 como parte de la Legión Cóndor. Posteriormente participó prácticamente en todas las campañas alemanas, pero pronto quedó claro durante la Batalla de Inglaterra, que sin escolta de cazas, era un avión muy vulnerable a pesar de su artillero de cola.

Cuando la Luftwaffe perdió por completo la superioridad aérea, se convirtió en un blanco fácil, y no fue hasta septiembre de 1944 cuando dejó de fabricarse a favor de la versión de ataque a tierra del más moderno Focke-Wulf Fw 190. Para entonces ya se habían fabricado 5709 unidades y paradójicamente algunos aparatos capturados siguieron volando en la posguerra en algunas fuerzas aéreas como la Checoslovaca o la Yugoslava.

 

Historia

Las guerras asturcántabras

Por Carolina Caramés Posada, Licenciada en Historia para revistadehistoria.es

La conquista de la Península Ibérica comenzó en el 218 a.n.e provocando la división de ésta en dos grandes provincias, pero dicha romanización se vio interrumpida, a finales de la República, por las guerras civiles en Roma. Quedaba por conquistar lo que se extiende del Duero al Cantábrico. Y Augusto lo conocía de primera mano. Una de las tareas de éste consistía en terminar la conquista al completo, lo que iba a suponer el sometimiento de poblaciones libres que quedaron en las fronteras naturales del Imperio, por lo que no es una acción aislada.

Su política se basaba en la consolidación de los territorios conquistados estableciendo el limes donde se ubicarían los ejércitos para su defensa. Lo que dicho de otra forma, suponía llevar el territorio hasta su frontera natural (Cantábrico), sin establecer un limes dentro de la Península.

Hay que tener en cuenta que realmente lo que pretendía Augusto con estas hazañas era consolidar el poder personal, y es por ello que las victorias militares suponían para él un elemento propagandístico para atraerse a los sectores más reacios. Pero no solo consolidación del poder, sino también había causas económicas, en cuanto a que en esta zona se encontraban yacimientos de oro que van a provocar grandes ganancias a Roma. Se insiste así en la protección romana a los pueblos de la Meseta septentrional, concretamente los vacceos, turmogos y austrigones, contra las depredaciones y algaradas de cántabros y astures sobre sus territorios y propiedades. Pero la hipótesis más verosímil es la voluntad de un efectivo sometimiento de pacificación del ámbito provincial. Y por eso no es de extrañar que los autores contemporáneos inclinaran la balanza a un lado o a otro.

Las fuentes antiguas, sobre todo Dión Casio y Floro, la justifican como necesaria, en cuanto a defensiva porque en esas poblaciones (sobre todo la de los cántabros), andaba la provincia citerior para efectuar el robo y el saqueo, en zonas de poblaciones como los vacceos dentro del marco romano.

En Occidente, casi toda Hispania estaba pacificada, a excepción de la parte que toca las últimas estribaciones de los Pirineos y que baña el océano Citerior. En esta región vivían pueblos valerosísimos, los cántabros y los astures, que no estaban sometidos al Imperio. Fueron los cántabros los primeros que demostraron un ánimo de rebelión más resuelto, duro y pertinaz. No se contentaron con defender su libertad, sino que intentaron subyugar a sus vecinos los vacceos, túrmogos y autrigones a quienes fatigaban con frecuentes incursiones. Teniendo noticias de que su levantamiento iba a mayores, César no envió una expedición, sino que se encargó él mismo de ella. Se presentó en persona en Segisama e instaló allí su campamento. Luego dividió al ejército en tres partes e hizo rodear toda Cantabria, encerrando a este pueblo feroz en una especie de red, como se hace con las fieras […]. Los astures por ese tiempo descendieron de sus nevadas montañas con un gran ejército […] y se prepararon a atacar simultáneamente los tres campamentos romanos. La lucha contra un enemigo tan fuerte, que se presentó de repente y con planes tan bien preparados, hubiera sido dudosa, cruenta y ciertamente una gran carnicería, si no hubieran hecho traición los brigicinos […]. Estas luchas fueron el final de las campañas de Augusto y el fin de la revuelta de Hispania. Desde entonces sus habitantes fueron fieles al Imperio y hubo una paz eterna, ya por el ánimo de los habitantes que se mostraban más incitados a la paz, ya por las medidas de César quien, temeroso del refugio seguro que les ofrecían las montañas, les obligó a vivir y a cultivar el terreno de su campamento, que estaba situado en la llanura. Allí debían tener la asamblea de su nación y aquella debía ser su capital. La naturaleza de la región favorecía estos planes, ya que toda ellas es una tierra aurífera y rica en borax, minio y otros colorantes. Allí les ordenó cultivar el suelo. Así, los astures trabajando la tierra, comenzaron a conocer sus propios recursos y riquezas mientras las buscaban para otros.  (Floro. Compendio de la Historia de Tito Livio)

Augusto interviene personalmente

La representación principal que subyace en el texto es el acontecimiento de las Guerras Cántabras. La guerra, tal como indicábamos, se va a extender entre el año 29 al 19 a.n.e. En el 27 llega Augusto a Tarraco, donde estará un año organizando el territorio. La magnitud de la contienda llega al extremo del que el propio Augusto va a intervenir personalmente.

La guerra se lleva a cabo en dos frentes. Augusto intervendrá en la guerra contra los cántabros teniendo su base de operaciones en Segisama (Sasamón), produciéndose también el desembarco de la flota romana en las costas cantábricas. Augusto había instalado su campamento en tres direcciones: el centro, al mando directo del princeps, penetró probablemente por el curso del Pisuerga, siguiendo después por el del Besaya, donde enlazaría con las tropas llegadas desde las Galias y desembarcadas en Portus Blendium (Suances). Hasta su llegada al mar, hubieron de someter Peña Amaya, Vellica (Monte Cildá), el mons Vindius (Peña Ubiña); y finalmente, Aracillum (Aradillos), último punto de la resistencia cántabra. Mientras tanto, la flota romana de Aquitania prestaba su apoyo en diversos lugares de la costa.

Paralelamente a esta guerra se produce la guerra con los Astures dirigida por Publio Carisio, que será el encargado de organizar y crear la nueva ciudad de Emerita Augusta (25 a.n.e), como lugar de asentamiento de los veteranos legionarios y como una especie de puerto urgía sobre las poblaciones recién sometidas. Veámoslo en los relatos de Floro y Orosio recogido en el libro de José Manuel Roldán y Fernando Wuff:

Por este mismo tiempo los austures habían descendido con un gran ejército de sus nevados montes. Y no parecía que los bárbaros hubieran decidido su ataque a la ligera porque, asentados en sus campamentos junto al río Astura y dividido su ejército en tres partes, decidieron lanzarse al mismo tiempo contra tres campamentos romanos. El combate hubiera sido de resultado dudoso, y ojalá que con pérdidas para ambas partes, debido a haberse presentado con tantas fuerzas, tan de improviso y con tal premeditación, si no hubiera sido por la traición de los brigecinos, por quienes advertido Carisio pudo acudir con su ejército. El desbaratar este plan ya se consideró una victoria, aunque así y todo no fue una batalla sin sangre. La poderosa ciudad de Lancia recibió a los restos del ejército huido y allí se luchó con tal encarnizamiento que, una vez tomada la ciudad, se pedía su incendio, cosa que el general a duras penas pudo impedir, pidiendo gracia para la ciudad mediante el razonamiento de que podía ser mejor monumento de la victoria romana quedando en pie que incendiada”. (Floro, 2,33, 53 ss.)

Por su parte los astures, levantados sus campamentos junto al río Astura, hubieran abatido a los romanos con sus grandes proyectos y fuerzas si no hubiesen sido traicionados y descubiertos. Dispuestos a irrumpir de improviso contra tres legados que con sus legiones estaban establecidos en tres campamentos, divididos en tres ejércitos semejantes en efectivos, fueron descubiertos por la traición de los suyos. Después, con pequeñas pérdidas para los romanos. Parte de ellos, que escaparon de la batalla, se refugiaron en Lancia. Rodeada la ciudad y dispuestos los soldados a entregarla a las llamas, el general Carisio pidió a los suyos que desistiesen del incendio y obligó a los bárbaros a entregarse por su propia voluntad. La razón es que trataba con empeño de mantenerla íntegra e incólume como testigo de su victoria”. (Orosio, adv. pp. 6, 21,9-10).

En el año 25 a.n.e Augusto creyó que la guerra había terminado y regresó a Roma. Sin embargo,  nos encontramos con nuevos enfrentamientos en el año 24, 22 hasta que nos encontramos con Agripa en el 19 a.n.e. Con lo cual podemos decir que la guerra no había hecho más que comenzar.  En el 22 a.n.e Roma llevó una fuerte represión y se vendió parte de la población como esclava.

Con Agripa al frente es cuando se produce un último enfrentamiento con los cántabros que terminará con la victoria romana. Éste sometió definitivamente a cántabros y astures. Tras esta última sublevación del 19 a.n.e, todos los levantamientos serán más sangrientos, puesto que ahora manda a matar y no a venderla como esclavos. Pero Roma se encuentra con una gran dificultad a nivel topográfico, ya que son zonas llenas de montañas.

Para esta guerra, Augusto había empleado cinco legiones y cuando finaliza se reduce a tres: VI Victrix, X Germina y IV Macedónica. Todas ellas integradas en el territorio de la Tarraconense que se había formado con parte del territorio de la Citerior. Estas tres legiones estaban formadas por población autóctona. Es necesario resaltar que estas legiones obedecen, no solo a la doblegación del territorio, sino también a la actuación de la actividad que se le da a los soldados y ayudar en las actividades como la explotaciones mineras, no a la explotación minera directamente, sino más bien, a la construcción de vías de comunicación, labores administrativas, etcétera.

Como consecuencia de la guerra los nuevos territorios fueron considerados, unos años más tarde, parte de la Citerior. Gran parte de los indígenas fueron ejecutados, y otros vendidos en los mercados de esclavos. Los demás fueron obligados a trabajar para Roma en las explotaciones mineras y todas las poblaciones fueron sometidas a pagar regularmente un tributo. Algunos núcleos urbanísticos tuvieron que ser abandonados y su población fue asentada en los valles. Los romanos mantuvieron aquí destacamentos de tropas hasta fines del Imperio, como lo hicieron en las demás fronteras. Asturica Augusta (Astorga), fundada inicialmente como campamento romano, se convirtió más tarde en el centro administrativo de los astures.

A modo de conclusión podemos decir que con esta guerra hubo una representación hacia la culminación de la larga conquista de la península ibérica.

Félix de Azara y la Primera Teoría de las Especies

Por Álvaro González Díaz para revistadehistoria.es

La figura, desconocida de Félix de Azara es sorprendente tanto para la historia de España como para la historia universal debido a que fue el primer hombre, antes que Charles Darwin, en desarrollar la Teoría de las Especies.

Militar, explorador, ingeniero, cartógrafo, antropólogo y naturalista español, nacido en Huesca en 1742, Félix de Azara desarrolló en torno a 1800 la primera teoría de las especies, cincuenta años antes que Darwin (Esparza, 2021).

Realizó sus estudios en la Universidad de Huesca y después se licenció como cadete en Barcelona en 1764. Obtuvo el grado de lugarteniente en Galicia en 1775 y fue herido en la expedición contra Argel. Su cariz liberal le hizo rechazar la Orden de Isabel la Católica en 1815, en contraposición al absolutismo que ya se había impuesto en España. Félix de Azara, sin embargo, a pesar de tener una vida ajetreada, se va a convertir en una figura clave para las exploraciones en América, tras definirse las fronteras de América del Sur entre España y Portugal a través del tratado de San Ildefonso en 1777, siendo a partir de este momento cuando se elige a Félix de Azara para que formara parte de las comisiones encargadas de la delimitación precisa de dichas fronteras entre ambos reinos.  La expedición que parte el año 1781 y que duraría unos meses, se tornó en 20 años, tiempo que  permitirá a Félix de Azara realizar muchísimas investigaciones tanto de la flora como de la fauna que existía en América y que derivaría en la teoría de las especies.

Una vez en América, Azara se dirigió a Asunción (Paraguay) para la realización de los preparativos necesarios de la expedición donde debía esperar al comisionado portugués. Este, sin embargo, tardó en llegar y Azara, entonces, decidió emprender el viaje por su cuenta mientras realizaba un mapa de las regiones por donde pasaba.

Es durante sus viajes cuando Azara se interesa por los animales y plantas de los sitios que iba visitando mientras iba anotando sus observaciones, a la espera de terminar el trabajo y publicarlas. Sus estudios, sobre todo, se orientaron a las aves y mamíferos que iba encontrando en América, conociendo solamente las traducciones al español de las obras del naturalista, biólogo, botánico y escritor francés Georges-Louis Leclerc de Buffon. Así, desprovisto de conocimientos científicos, ya que él no era científico, y con la traducción de Buffon se dispone a anotar cuanto ve en sus viajes, convencido, así mismo, que los animales que él estudia son los descritos por el francés. Sin embargo, a medida que estudia y analiza los animales, en la misma medida, va observando errores con los descritos por el francés a quien critica rigurosamente. A pesar de ello, los expertos reconocen errores también en Azara debido a su falta de conocimientos naturalistas, como por ejemplo confundir aves como las bataras de Paraguay.

En estos 20 años de investigaciones y exploraciones para la corona de España, Azara describe unas 450 especies, más de 200 nuevas, y sugiere la existencia de mecanismos de adaptación de los animales al medio, así como que las especies podían extinguirse, algo inédito para la época, como bien establece Alberto G. Ibáñez (2019).

Tras 20 años de peligros y sufrimiento en sus viajes por América, en 1801 es llamado por la corona de España, donde alcanzó en grado de brigadier de la Real Armada, como refleja Goya en un cuadro de 1805.

Su teoría se resume en sus obras manuscritas, publicadas a partir de 1802, en las cuales plantea la posibilidad de la evolución de las especies, antes que Darwin, quien conoció los estudios de Félix de Azara antes de publicar su obra, en la que le menciona varias veces, “El origen de las especies”. Debido a estas coincidencias, los expertos creen que Darwin viajaba con un ejemplar de “Viajes por la América meridional” del propio Félix de Azara, publicado a principios del siglo XIX. Sin embargo, donde más se le cita y, por consiguiente, se reconoce la figura de Félix de Azara es en la obra del propio Darwin “Diario de viaje de un naturalista alrededor del mundo”, en la que se hace alusión a él muchísimas veces.

Finalmente, Azara delimitó las fronteras entre España y Portugal en la Banda Oriental (entre Uruguay y el Imperio de Brasil) en colaboración con José Artigas. En estas misiones de la Banda Oriental, Félix de Azara fundó Batoví, actual São Gabriel, o San Gabriel de Batoví, en 1801, baluarte del virreinato del rio de la Plata.

Entre sus innumerables aportaciones destacan las obras Viajes por la América meridional (1800), Apuntamientos para la historia natural de los Cuadrúpedos del Paraguay y rio de la Plata (1805), Diario de un reconocimiento de la guardia y fortines (1821), Correspondencia oficial e inédita sobre la demarcación de límites entre el Paraguay y el Brasil (1836), Informes de D. Félix de Azara, sobre varios proyectos de colonizar el Chaco (1836), Memorias sobre el estado rural del Rio de la Plata en 1801 (1847) o Descripción e historia del Paraguay y del rio de la Plata (1943), en las que se pone de manifiesto la primera teoría de las especies y el desprecio de las autoridades de este país para con sus héroes, científicos, descubridores, exploradores… llevándose la fama otros.

Joaquín de Fiore

Por José Oscar Frigeiro para revistadehistoria.es

En la vida de Joaquín de Fiore pueden distinguirse tres períodos:

El joven señor, que habiendo nacido en Celico, Calabria, Italia, entre 1130/1135 d. C., hace un peregrinaje a Tierra Santa donde adquirió su vocación monástica;

El fraile que hacia 1155 fue aceptado en el monasterio cisterciense de Sambucina, y después en el de Corazzo, donde tomó los hábitos y en 1177, fue electo abad, cargo que ejerció hasta 1187, cuando fue eximido de sus deberes por el Papa Clemente III para poder cursar libremente sus estudios. Retirado en meditación, reunió seguidores construyendo el monasterio de San Juan en Fiore (San Giovanni in Fiori), estableciendo la orden llamada Florense (1191).

El reformador que puso en acción una parte de sus ideas, fundando una orden religiosa más severa que la cisterciense, siendo reconocida por Celestino III (1196). Combatido por los cistercienses, pero apoyado por el emperador Enrique VI Hohenstaufen (1165-1197), y por su esposa Constanza de Altavilla (o de Sicilia), pudo dedicar sus energías a la edición de sus obras y a la consolidación de la orden.

Joaquín de Fiore acometió un estudio intenso de la Biblia; estando dotado de sabiduría e inteligencia, se consideraba a sí mismo como un exégeta inspirado. Fue considerado profeta aunque no tuvo fantasías con visiones anticipatorias del futuro; se contentaba con interpretar las profecías de otros. Su interpretación de la Biblia, estaba llena de sutiles razonamientos que influyeron sobre los intelectos de su tiempo.

Sólo tres obras son reconocidas como auténticas: Concordia dell’autentico e nuovo Testamento, Commento all’Apocalisse”, y Salterio delle dieci corde. Son falsos libros que se le atribuyeron, como los Vaticinia Pontificum, célebres en la Edad Media, y los comentarios a las profecías de Cirilo, Merlín y la Sibila Eritrea.

En la “Concordia… habiendo comparado a Jesucristo con Salomón, hijo predilecto de David, equipara a Federico II Hohenstaufen con Absalón, hijo rebelde de David. Para todos los joaquinitas, Federico II era tenido como el Anticristo, pues Joaquín habría profetizado su nacimiento de Constanza de Sicilia, esposa de Enrique VI, quien sería el más peligroso enemigo de la Iglesia.

Federico II fue objeto de sorprendentes esperanzas escatológicas: al morir Federico I Barbarroja (1190), aparecieron profecías alemanas hablando del futuro Federico, emperador de los últimos días, que liberaría el Santo Sepulcro preparando el retorno de Jesucristo, siendo visto como mesías, cuya misión abarcaba el castigo de la iglesia.

En cambio, en el pseudo joaquinita Comentario sobre los últimos días (1240), se pronosticaba que Federico II perseguiría a la Iglesia, hasta que en 1260 quedaría totalmente destruida. Para los franciscanos espirituales, el emperador era el anticristo, y su reino, la nueva Babilonia. Aunque para sorpresa general, Federico II murió en el año 1250, diez años antes del pronosticado fin del mundo sin cumplir su misión escatológica.

Las tres edades

Cohn sostiene que la teoría y sentido histórico de Joaquín de Fiore, es la que más influyó en Occidente hasta la aparición del marxismo.

Joaquín elaboró una interpretación de la historia como un ascenso en tres edades sucesivas, cada una de ellas presidida por una de las personas de la Trinidad. la primera edad era la del Padre o de la Ley, la segunda la del Hijo o del Evangelio, la tercera, la del Espíritu. La primera había sido de temor y servidumbre, la segunda de fe y sumisión filial, la tercera sería de amor, alegría y libertad.

Cada edad había sido precedida de un período de incubación: la primera edad abarcaba desde Adán hasta Abraham, la segunda desde Elías hasta Jesucristo, y la tercera, desde San Benito y estaba cerca a su final cuando Joaquín compuso sus obras. Según San Mateo, entre Cristo y Abraham se contaban 42 generaciones, por lo tanto, el período entre Cristo y el cumplimiento de la tercera edad también debería ser de 42 generaciones. Considerando cada generación como un lapso de 30 años, situó la culminación de la historia humana entre los años 1200 y 1260.

El joaquinismo de los franciscanos espirituales

Joaquín de Fiore falleció en 1202, pero sus enseñanzas no serían olvidadas. Su espíritu profético fue recordado por Dante Alighieri, quien en el Canto XII del Paraíso de La Divina Comedia, hace proclamar a San Buenaventura:

…y aquí a mi lado / el abad calabrés Joaquín / de espíritu profético dotado…

Joaquín de Fiore poseyó puntos comunes con Francisco de Asís: espíritu de penitencia, fortaleza de carácter, amor a la soledad, don profético, alejamiento de las cosas mundanas, oposición a los poderosos y opresores de los pueblos.

Ya en vida de Francisco de Asís, se habían manifestado dos tendencias en su orden: una quería practicar la pobreza absoluta (como Jesucristo) viviendo únicamente de la mendicidad y el trabajo manual; la segunda apuntaba a una pobreza relativa.

Por una bula de 1230, el Papa Gregorio IX declaró que el testamento de Francisco de Asís no obligaba a los integrantes de su orden; que el dinero podía ser aceptado y administrado para sus necesidades. Inocencio IV en 1245, dispuso que sus bienes fueran propiedad de la Santa Sede.

La corriente franciscana más rígida no aceptaría esas disposiciones. Siendo minoría se denominaron “espirituales”, encabezados por los frailes Angel Clareno, Ubertino da Casale, y Juan de Parma. Entonces tomaron las profecías de Joaquín, las editaron y comentaron, atribuyéndole otras que adquirieron más notoriedad que las auténticas. Adaptaron su escatología, para ser considerados la nueva orden que debía conducir la humanidad hacia las glorias de la edad del Espíritu.

Alejandro IV, en carta al obispo de París (1255) condenó “L’introduttorio all’Evangelo eterno” de fray Gerardo de Borgo Sandonnino, afirmando que Joaquín predicaba que el evangelio eterno, anunciador de la tercera edad de la humanidad, sería proclamado por el ángel del sexto sello del Apocalipsis, el cual era Francisco de Asís, quien portaba los estigmas de Jesucristo. Por eso, la orden franciscana sería la encargada de predicar el fin del mundo y de la iglesia, siendo fijado como límite el año 1260.

Archiduque Carlos de Habsburgo

 

El austriacismo después de la Guerra de Sucesión española

Por Juan José Plasencia Peña en revistadehistoria.es

El término “austriacismo”, escrito también a menudo como “austracismo”, tiene su origen en la Guerra de Sucesión Española, que desde 1701 a 1714 enfrentó a quienes se alzaron por la dinastía Habsburgo y proclamaron como su rey legítimo a Carlos III de Austria, frente al bando que reconoció y dio su apoyo al primer Borbón en el trono español, aclamado por su partido como rey Felipe V.

Terminada la contienda con la victoria borbónica en la Península, el austriacismo desapareció como movimiento de masas, pero, de una u otra manera, persistió y mantuvo su influencia, aunque cada vez de forma más indirecta, hasta la actualidad.

A lo largo de gran parte del siglo XVIII, y tras la terrible derrota de 1714, se materializó de dos formas: 1º, A través de lo que Ernest Lluch ha llamado “ el austriacismo persistente” en los antiguos reinos de la Corona de Aragón, sobre todo en Cataluña y Valencia, donde las partidas austriacistas, una figura intermedia entre guerrilla y bandolerismo, inquietaron y atemorizaron durante varias décadas a los prepotentes próceres borbónicos. 2º, En el exilio, y con el apoyo del que había sido pretendiente al trono español Carlos de Austria, ahora convertido en emperador Carlos VI, un grupo influyente de austriacistas formaron en Viena el llamado Partido Español, círculo que se esforzó, por cierto con notable éxito, en llevar la política austriaca contra los intereses  borbónicos en Francia y España, y en mantener viva la llama de un posible retorno de la corona española a la familia Habsburgo.

En el siglo XIX, se produjo lo que podríamos llamar una alianza entre Carlismo y Austriacismo, al parecer porque Viena, en su política exterior, prefería la opción carlista a la isabelina, además de las coincidencias ideológicas y de modelo territorial entre austriacistas y carlistas, en cuanto a la defensa de una España confederal, apoyada por los antiguos reinos periféricos, frente al centralismo castellano, puesto que en los dos casos propugnaban el mantenimiento de los fueros y derechos tradicionales de estos antiguos reinos. Por otra parte, se dieron varios enlaces matrimoniales entre miembros de la familia Habsburgo y de la rama carlista de los Borbones, los cuales reforzaron esta unión. Hubo incluso algunos pretendientes carlistas que también llevaban sangre austriaca en sus venas.

Ante esto, el ministro Cánovas del Castillo, artífice de la Restauración de la monarquía tras el fracaso de la Primera República, trajo a España a la princesa austriaca María Cristina de Habsburgo-Lorena, sobrina del emperador Francisco José, para proponerla como segunda esposa de Alfonso XII, que había quedado viudo en 1878, poco después de llegar al trono. Fue una paradoja de la Historia que una Habsburgo fuese reina de España ( y regente, tras la muerte del rey en 1885 ) para cimentar la Restauración borbónica que Cánovas había propiciado y para evitar la conjunción carlista-austriacista a que me he referido antes. Debido a ello, el rey Alfonso XIII, hijo de Alfonso XII y María Cristina, era austriaco por parte de madre y Habsburgo de segundo apellido.

La posibilidad de una  restauración de la familia Habsburgo en el trono español se abrió de nuevo poco después del fin de la Guerra Civil. Por una parte, el general Franco, entabló conversaciones con Otto de Habsburgo, hijo del último emperador austriaco y descendiente directo de Carlos V. Por otra, el nuevo régimen hizo aprobar, en 1947, la llamada Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado. Ésta, con rango de Ley Fundamental, establecía que la sucesión de Franco, a título de rey, debería recaer en una persona que, entre otras varias condiciones, habría de pertenecer a alguna de las familias que habían reinado en nuestro país a lo largo de la Historia, con lo cual la opción Habsburgo quedaba abierta. Pero el archiduque Otto, decidido anti-fascista y que  había empuñado las armas contra los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, rechazó  las lisonjeras propuestas del dictador, provocando en cierto modo con su actitud que éste y su entorno empezasen a preparar una nueva restauración de la familia Borbón en el trono, que culminó con el nombramiento del príncipe Juan Carlos como heredero de Franco en 1969.

En las primeras décadas del siglo XXI, el Austriacismo ha reaparecido con sorprendente fuerza como base histórica del nacionalismo catalán conservador. Buen ejemplo de ello es la elección del lazo amarillo, emblema de los antiguos austriacistas, en honor de algunos líderes nacionalistas catalanes. También se han puesto de moda cánticos como el famoso Himno de los Maulets, guerrilleros anti-borbónicos de la Guerra de Sucesión. Fue significativo hasta el extremo el acto que, hace sólo tres años, llevó a cabo el president Torra para conmemorar la batalla de Talamanca, última victoria austriacista en la Guerra, y honrar la memoria de aquellos voluntarios catalanes de la Casa de Austria que, pese a estar en clara inferioridad numérica,  fueron capaces de derrotar, en un alarde de esfuerzo, coraje y  honor, a las tropas borbónicas, que huyeron en cobarde desbandada hasta refugiarse en Sabadell. No olvidemos tampoco que Rafael Casanova, considerado hoy emblema del nacionalismo catalán, tras la guerra fue perseguido por la implacable saña y el brutal revanchismo de los vencedores, viéndose obligado a exiliarse en Viena, bajo la generosa protección del emperador Carlos VI, el mismo a quien había jurado fidelidad unos años antes, como su señor natural y rey Carlos III, único e indiscutible soberano legítimo de España y de todo el Imperio español.

Historia

Una cordobesa en la Armada

Por Juan Álvarez-Nava García en revistadehistoria.es

Este artículo está dedicado a la memoria de una de las primeras mujeres que formó parte de la Armada española, Ana María de Soto y Alhama.

Corría el año 1793, y sin saber a ciencia cierta el motivo, una jovencísima cordobesa se alista en la Infantería de Marina, haciéndose pasar por un hombre llamado Antonio María de Soto. Hasta que se descubrió su verdadera identidad, intervino en diferentes batallas navales, como la defensa de Cádiz, el ataque a Bañuls o la batalla del Cabo de San Vicente, y embarcó en fragatas tan importantes como Nuestra Señora de la Mercedes, la Santa Balbina, la Matilde o la Santa Dorotea.

En el Archivo General de la Armada de Ciudad Real, se encuentran distintos documentos que avalan los numerosos embarques de Ana María de Soto. También en el Museo Naval de la Armada Española, autentifican la historia de la primera mujer en su formación, así como una variada documentación entre la que se incluyen sus certificados de bautismo y defunción.

Raro es que, durante cinco largos años, nadie se percatase de su identidad real. Puede que algunos miembros de la Armada si lo supiesen y ante la escasez de personal, lo dejaran pasar. Pero ya en 1798, se destapó todo el engaño y fue cuando le tramitaron la licencia de retiro con el grado y sueldo de sargento primero, otorgado por el rey Carlos IV, una pensión de 730 reales anuales y la autorización para emplear los colores de los batallones de la Marina, así como los galones de sargento en sus ropas de mujer. Lo cierto es que nunca cobró dicho sueldo vitalicio, según recogen distintas cartas y documentos dirigidos al rey.

Sus últimos años de vida los dedicó en dirigir su pequeño estanco en una localidad de la provincia de Córdoba, falleciendo a los 58 años.

La historia de Ana María de Soto no es la única que ocurrió en la Armada española. Antes que ella, otras mujeres también se alistaron en el Ejército y en la Armada, suplantando su identidad con nombres de varón. Es el caso de Isabel Barreto de Castro, la primera mujer que ostentó el cargo de almirante en la historia de la navegación. O de Catalina de Erauso, popularmente conocida como la Monja Alférez. Fue una militar, monja y escritora. Uno de los personajes más legendarios y controvertidos del Siglo de Oro español, embarcándose rumbo a América y alistándose al Ejército español.

Durante siglos, sus vidas, éxitos y hazañas fueron ocultados por los cronistas de la época, y no fue hasta finales del siglo pasado, cuando comenzaron a relucir sus historias, pese a no tener gran cantidad de documentación y fuentes bibliográficas sobre ellas. Por eso, y para que su memoria no quede en el olvido, es de vital importancia que se siga investigando el pasado, recopilando y contrastando la información para así poder divulgar, aunque sea con siglos de retraso, las vivencias, curiosidades, penas y glorias de las mujeres que formaron parte de la historia de nuestro país.

Las luchas sociales en la Inglaterra del siglo XIV

Por Luciano Andrés Valencia para revistadehistoria.es

La Guerra de los Cien Años –desatada en 1339- y la pandemia de peste negra –que asoló Europa entre 1348-1350- desencadenaron graves consecuencias en el mundo laboral. Ante la carencia de mano de obra, los trabajadores manuales y los campesinos comenzaron a reclamar salarios más elevados, conscientes de su importancia para la economía.

En el campo, los terratenientes hacían explotar una parte de sus tierras por campesinos sujetos a cargas feudales, y otra era arrendada a trabajadores libres. Con la crisis del siglo XIV ambos sectores subordinados del campo se levantaron en reclamo de más libertad y mejores condiciones de arrendamiento.

En 1351 el Parlamento inglés aprobó el Statute of Labourers, en virtud del cual todo trabajador menor de 60 años debía contentarse con el salario vigente en 1346 –antes de la peste-, condenando a prisión a quién reclamase salarios mayores y multando duramente a los patrones que pagaran salarios elevados, e imponiendo “precios razonables” a los bienes de primera necesidad. La ley desató protestas en todo el país.

Un informe del Parlamento de 1376 nos dice:

“Procuran evadirse de las leyes, con gran daño para todo el país. En cuanto sus Señores les hacen el menor reproche e intentan pagarles según la ley, abandonan bruscamente talleres y casas, errando de una ciudad a otra, sin que sus dueños sepan siquiera donde se encuentran. La mayoría de los trabajadores se han pervertido así y han acabado convirtiéndose en salteadores de caminos; por doquier se desarrolla la criminalidad, con gran detrimento para el reino”.

Ante la imposibilidad de contar con mano de obra para la agricultura, muchos terratenientes convirtieron sus tierras de cultivo en pastizales para la cría de ovejas. Otros transgredieron la ley y pagaron salarios más elevados. Informes de 1360-1370 muestran que aumentó entre las clases trabajadoras el consumo de pan de trigo –en lugar de avena y habas-, leche, queso y vestimenta.

Muchos autores sostienen que los levantamientos que se dieron tanto en Inglaterra como en Francia –el otro país en pugna en la Guerra de los Cien Años- no eran resultado de la miseria exacerbada, sino de la reacción de los campesinos que habían comenzado a mejorar y no querían perder esas conquistas. La situación de fondo –crisis del Estado y las finanzas nacionales- no era tema de preocupación del sector más bajo, aunque sí del campesinado medio. La crisis del siglo XIV es el reflejo de las transformaciones que se estaban dando en la estructura social.

Este periodo fue una breve muestra de poder de las clases laboriosas en contra de sus explotadores. En 1377 los Señores feudales se presentaron ante el Parlamento para quejarse de la fuerte organización del movimiento campesino, ya que cuando un sector reclamaba mejores condiciones laborales, todo el campesinado se movilizaba en solidaridad.

Entre 1377 y 1381 el Parlamento votó tres nuevos impuestos para costear la guerra contra Francia, que ya era bastante impopular. En Essex hubo motines, en donde sectores populares tomaron de rehenes a recaudadores de impuestos y ejecutaron a Magistrados reales. En Kent hubo levantamientos comandados por Walter Tyler, soldado veterano que participó en las batallas de Crécy y Poitiers. El 10 de junio los amotinados interrumpieron una misa en la Catedral de Canterbury y exigieron la destitución del Arzobispo Simon Sudbury, canciller del rey, por ser un traidor al pueblo. Luego incendiaron los castillos de varios nobles, que debieron huir al bosque para no ser linchados como sucedió en Francia.

Los campesinos rebeldes marcharon a Londres para entregar sus reclamos al joven rey Richard II: completa libertad individual, derecho de caza –reservado a la nobleza-, y abolición de los trabajos forzados y las cargas feudales. El reclamo campesino era progresista y expresaba el espíritu de la época, en donde se estaban dando en la economía inglesa las condiciones que favorecerían una transición hacia el capitalismo. También estaba influenciado por el sermón de miembros del Bajo Clero, que postulaban que “todos los hombres fueron creados iguales ante Dios”, por lo que no había justificación para la monarquía, la nobleza y los privilegios eclesiásticos.

En Londres quemaron el Palacio del duque de Aquitania y Lancaster John of Gaunt, odiado por ser uno de los promotores del aumento de impuestos, pero no lo saquearon ya no se consideraban ladrones sino revolucionarios. El monarca –de solo 14 años- decidió con sus asesores que lo mejor era negociar con los movilizados, ya que no poseían fuerzas para aplastar la rebelión. El 14 de junio se reunieron en Mile´s End (nordeste de Londres) y acordaron firmar un acta en donde concedía la libertad individual y la reducción de los costos de arrendamiento. Pero esto no solucionó el conflicto, ya que otro sector campesino tomó la Torre de Londres dando muerte al odiado Arzobispo Sudbury y al tesorero real Robert Hale.

Una nueva reunión se acordó para el día 15 en Smithfield. El líder Walter Tyler se acercó a parlamentar con el rey sin saber que se dirigía a una trampa. Al llegar, el alcalde de Londres William Walworth lo bajó de su caballo y apuñaló en el cuello. Inmediatamente los campesinos apuntaron sus arcos contra el rey y su séquito. Las crónicas señalan que el joven monarca montó en su caballo y se aproximó a los rebeldes al grito de “I am your captain, follow me!”. Sin saber qué hacer y a punto de ser rodeados por las tropas de Walworth, bajaron las armas y aceptaron que el rey se ocupara de sus reclamos. El mismo monarca dirigió el cortejo campesino hacia las afueras de la capital.

Esto fue un error por parte de un movimiento que había demostrado su fuerza para imponer reclamos a las clases dominantes. Ni el rey ni los Señores feudales cumplieron los acuerdos alcanzados. Al contrario, reprimieron duramente el movimiento hasta ahogar en sangre toda rebelión. Los campos volvieron a ser dirigidos por la férrea autoridad de los terratenientes y la monarquía pudo continuar su guerra de conquista en Francia.

Pero las luchas populares de la segunda mitad del siglo XIV no fueron en vano. Para evitar futuros conflictos, se modificaron algunos artículos del Statute de 1351, y el temor de los terratenientes a nuevos levantamientos sería un arma que utilizarían las clases populares para negociar en los próximos años.

El capitán Lagier, héroe revolucionario y espiritista

Por Luis Pueyo para revistadehistoria.es

El capitán de la marina mercante Ramón Lagier fue un personaje de leyenda, de esos que podría servir para escribir una buena novela romántica o protagonizar una fabulosa película y no solo porque tuvo un papel destacado durante los preparativos de la Revolución Gloriosa de 1868 al servicio del que consideraba su amigo, el general Prim, y el resto de revolucionarios, sino por otros avatares de su existencia que lo llevaron a ser reconocido por su valentía y arrojo por el gobierno francés, al socorrer al buque Victor Henriette, obteniendo una medalla de plata con la efigie del emperador Napoleón III con la siguiente dedicatoria :

«A Raymond Lagier, capitán de navío español de Alicante. Servicios a la marina mercante francesa. 1859».

También fue recompensado por otros actos de heroísmo al salvar a la tripulación del bergantín Salvador y el vapor Marsella. Tanta fama obtuvo en labores humanitarias  que llegó a ser distinguido por el mismísimo monarca de Prusia, Guillermo I, y hasta por la misma reina Isabel II a la que después desplazó del poder junto al resto de revolucionarios.

Pero no queda ahí la cosa: escritor, político de ideología republicana y…espiritista. Lagier fue el introductor en España de El libro de los espíritus, de Allan Kardec, la denominada biblia del espiritismo, por su acercamiento a esta doctrina espiritual a raíz de las trágicas y dolorosas experiencias familiares que le llevaron a pasar por un exacerbado anticlericalismo.

Hijo de un comerciante liberal de origen francés encarcelado por Fernando VII durante la década absolutista, pasó su infancia con su familia materna en Elche mostrando pronto interés por el mar y la náutica, logrando con tan solo 19 años, en 1840, capitanear un laúd llamado “La Esperanza”. Las desgracias personales fueron decisivas en su vida. La primera derivada de una epidemia de cólera de 1854 en la que fallecieron su mujer y gran parte de su familia.  Tras la desgraciada desventura sería nombrado capitán del “Hamburgo” el primer vapor mercante con el que contó España. El marqués de Comillas, enriquecido con el tráfico de esclavos en Cuba, lo contrató para su compañía, realizando trayectos entre Marsella y Alicante.

Fue en la ciudad francesa dónde sufrió una de sus peores tragedias personales. Dejando a sus cuatro hijos al cargo de un depravado personaje vinculado a los jesuitas abusó este de los chicos, falleciendo de resultas su único hijo varón, Vicente Lagier, en el interior del seminario y otras dos de sus hijas tras sufrir también violaciones. Desesperado tras estos sucesos encontró en una librería marsellesa el “libro de los espíritus” de Allan Kardec que le sedujo, siendo a partir de entonces seguidor del movimiento espiritista e introduciéndolo posteriormente de manera ilegal en España a bordo del nuevo vapor que capitaneó llamado “Le Monarch”.

Revolucionario, republicano y anticlerical

Debido a su trayectoria anticlerical y revolucionaria, utilizó el vapor “Le Monarch” al servicio de la subversión política. Amigo de Emilio Castelar, al que sacó de un grave apuro económico y ya al servicio de los antimonárquicos, trabó una sincera amistad con el general Prim, ofreciéndole su vapor para la conspiración que desembocó en la Revolución Gloriosa de 1868 que acabó con los borbones expulsados del país.

Entonces comandaba el “Buenaventura”, barco mejor dotado, anteriormente llamado Harrier que aparece junto a su capitán en varios momentos de la novela “La de los tristes destinos” de los episodios nacionales de Benito Pérez Galdós. Con él liberó desde Canarias al general Serrano, trasladándolo el 18 de septiembre de 1869 hasta Cádiz justo cuando Prim había iniciado la revuelta antiborbónica. A pesar de su apuesta republicana aceptó la decisión de su amigo Prim de sentar en el trono al hijo del rey de Italia Amadeo de Saboya, hecho que había desencadenado la guerra franco-prusiana que condujo a la unificación del II Reich de Alemania. A las órdenes del general Prim viajó a Nueva York para negociar con el líder independentista cubano Carlos Manuel de Céspedes pero el asesinato del líder progresista echó por tierra toda solución pactada.

En las elecciones a cortes constituyentes denuncia la manipulación electoral desde el diario “La discusión” de Madrid de enero de 1869. Asegura lo siguiente:

Según las noticias que se reciben de los pueblos de esta provincia sobre el resultado de los escrutinios parciales, ha triunfado la candidatura republicana por una considerable mayoría. En Elche, no hemos tenido más que una insignificante oposición. Nos  han hecho un juego de cubiletes en el campo y pueblo de Orihuela. Parece imposible que haya ministros que se rodeen de gentes tan despreciables como yo veo en el mundo.

 Según el citado diario parece que:

los monárquicos de Alicante se han despachado a gusto(…). La candidatura republicana había obtenido 14.000 votos en Alicante y en la mayor parte de  los pueblos de la provincia (…) y la monárquica solo 8.000 votos. Pues bien, faltando solo la votación de Orihuela, la candidatura monárquica ha sobrepujado a la republicana llegando a 26.000 votos. ¿De dónde han salido 18.000 sufragios, diferencia entre los ocho mil y los veintiséismil?

Se evidenciaba así el fraude electoral que privó al capitán Lagier de su elección como diputado por Orihuela y las maniobras políticas que alteraron las votaciones. Entonces, aunque siguió apoyando al Partido Republicano de Manuel Ruiz Zorrilla, al que consideraba el mejor líder republicano posible para España, dejó definitivamente la política y se retiró a su finca rural de Elche con su segunda esposa.

En 1890 aparece como representante electo de la concentración republicana por el distrito de Santa Pola. Todavía tuvo tiempo Lagier de tener un papel destacado en la vida local ilicitana, escribiendo innumerables artículos en prensa y falleciendo en octubre de 1897, siendo su entierro en el cementerio viejo ilicitano una gran manifestación popular de dolor en la ciudad.

Una calle de Elche y otra en Alicante tomaron su nombre. Durante el franquismo desapareció para regresar en democracia en la ciudad ilicitana. Todo un personaje digno de película nuestro Capitán Lagier.